Winston Churchill dio una curiosa definición del laborismo. Cierto día, un periodista formuló al líder conservador británico una pregunta impertinente. Conocedor de la tendencia izquierdista del reportero, el interrogado eludió la contestación respondiendo con otro interrogante: ¿Sabe usted quién fue el primer laborista? Ante la falta de respuesta, Churchill afirmó que fue Cristobal Colón, ya que se subió a un barco sin saber a dónde iba. Llegó a un lugar que no sabía cuál era. Y todo lo hizo con el dinero de otros. En eso consiste el laborismo.
Tras la II Guerra Mundial, el Partido Laborista gobernó Gran Bretaña intentado que el país progresara económicamente. No lo consiguió. A veces manejaba principios de buena administración sobre realidades que necesitaban de justicia social, pero al imponer un exagerado gasto público y una carga fiscal asfixiante, todo desembocaba en un derroche. Transcurrieron los años para el laborismo, algunos en el gobierno y otros en la oposición. Pero siempre con ese empecinamiento en una dirección planificada de la economía a base de nacionalizaciones y monopolios. Hasta que en 1997 llegaron Anthony Giddens y Tony Blair con su Tercera Vía. Supieron reconocer el fracaso de la socialdemocracia de la última mitad del siglo XX, heredera del marxismo revolucionario. Se convencieron de que un comisario del pueblo resulta mil veces más perjudicial que un patrono. Arrinconaron los viejos trastos del intervencionismo y del colectivismo, eliminaron la burocracia de la planificación e impulsaron la creación de riqueza a través del mercado y de la libre iniciativa. Y la economía británica funcionó hasta 2007 con laboristas en el número 10 de Downing Street.
Hoy el laborismo en Reino Unido está dirigido por Jeremy Corbyn, un experimentado líder radical, que aupado por el malestar social y por seguidores rezagados de la vieja izquierda revolucionaria, ha cancelado la Tercera Vía. Con nostalgia e insistencia en el error, Corbyn adopta aquella actitud propia de los intelectuales y políticos marxistas tras el derribo del muro de Berlín, que en opinión de Ralph Dharendorf, venía caracterizada por tres rasgos: alienación (el mundo capitalista está podrido), utopía (el mundo socialista es el mejor) y dogmatismo (certeza absoluta de lo anterior). La llegada del nuevo dirigente ha agitado a su propio partido e inquieta con su beligerante anticapitalismo la vida política británica. Como era de esperar, Iglesias, paladín del populismo español, ha recibido a Corbyn con el mismo entusiasmo con que celebró la llegada de Tsipras al gobierno de Grecia. Tres camaradas para quienes aun es posible la instauración del paraíso comunista. Ejemplos de un cavernicolismo tan descomunal que da risa. Al menos, Colón descubrió un Nuevo Continente.