TRIBUNA
Juan José Solozábal | Martes 13 de octubre de 2015
Suelo visitar los periódicos, así llamados con algo de condescendencia, de provincias, que, de ordinario, ofrecen una opinión más templada y plural que la que se expresa en Madrid, tantas veces insoportablemente partisana y previsible. Cuando trato de buscar, como diría Goethe, la razón local, comienzo por El Correo de Bilbao o La Vanguardia de Barcelona, por cierto medio en el que quedan espacios de sensatez, respetados hasta ahora por la marea nacionalista. En la Vanguardia escribe semanalmente Juan José López Burniol, un notario que con benevolencia tiende a creer que la lógica del contrato, esto es, el acuerdo entre quienes tienen intereses distintos pero coinciden en el mismo propósito de llevar a cabo el negocio privado, es trasponible a la vida pública, donde las ventajas de la transacción superan a las cesiones que deben hacerse para alcanzarla. Con ocasión de su jubilación publicó hace meses un bello artículo en el que rememoraba los tiempos de su primera notaría en el País Vasco: describía el descenso por el puerto de Orduña en algún duro invierno, un paisaje bien conocido para mí, aunque yo lo frecuentase cuando era simple estudiante de doctorado. Ahora se hace eco de un artículo mío publicado aquí hace unas fechas en donde señalaba que el resultado de las elecciones catalanas, si bien indicaba el fracaso del plebiscito que Mas había propuesto como efecto latente, pero principal, de los comicios, al mismo tiempo interpelaba a los españoles que debían ofrecer un esfuerzo de integración superior de Cataluña en el plano constitucional. Yo entiendo que el pacto entre Cataluña y España que López Burniol plantea es razonable, aunque naturalmente pueda cuestionarse algún detalle.
Burniol pide al nacionalismo que renuncie a la independencia y al acuerdo bilateral económico fiscal con España, a cambio de que se acepten la singularidad nacional de Cataluña y determinadas garantías en relación con sus rasgos espirituales y lo que se ha dado en llamar el ordinalismo financiero. Este nuevo status debería ser refrendado por el pueblo de Cataluña. Me atrevo a apuntar que el acuerdo no sufre, si la protección de la identidad de Cataluña respeta la igualdad constitucional de todos y si la exigencia del referendum se cubre con un doble pronunciamiento popular, primero, de toda España para sancionar la reforma constitucional y, después, del cuerpo electoral de Cataluña, ratificando un nuevo Estatuto aprobado tras la modificación de la Norma Fundamental.
Antoni Puigverd es un admirado columnista de la Vanguardia: siempre leo sus columnas, construidas de modo sencillo pero impecables de fondo, pues es imposible discrepar de su moderación y equilibrio, y de forma, ya que con frecuencia adquieren una envidiable perfección. Todos los veranos refuerzo mi aprecio por Cataluña, sus paisajes y sus tipos, leyendo sus recuadros, y lamento que, pasado agosto, abandone la frecuencia diaria de sus colaboraciones. En su columna de ayer recurre a Plutarco para forzar una sugerente identificación de Mas con Pirro, pues sus victorias (amargas victorias) no logran nunca la suficiente contundencia para compensar su costo y liberarse de la carga de su provisionalidad. “Parece un retrato de Mas: años perdidos en batallas insomnes, presididas por el valor y resistencia, sí, pero con la gobernación de la Generalitat cada vez más insegura y abandonada, abocado a las volátiles ganancias de un futuro incierto que siempre debe renovarse de forma agónica.”
En fin, José Luis Zubizarreta, columnista, por cierto como Puigverd con una formación en las lenguas clásicas, y antiguo y muy influyente colaborador de José Antonio Ardanza, publica en el Correo de Bilbao sus leídos análisis de la política vasca. En esta ocasión le veo en El Diario Vasco de San Sebastián, precisamente junto a una información sobre el Concierto, en la que destaca la opinión, impecable, de Alberto López Basaguren. El comentario de Zubizarreta sobre el Concierto da en la diana: no se trata de finanzas sino de política (“Va de política, no de finanzas” es el rótulo del artículo), y tiene que ver con la capacidad del sistema constitucional para acoger el pluralismo en su seno. No se trata por tanto del cupo sino del fuero, y aclarada la cuestión de la constitucionalidad del régimen foral, el acuerdo sobre el monto de lo que la Comunidad Vasca aporte al estado ha de ser una cuestión técnica cuya averiguación no ofrecerá problema especial. Después de todo tanto el concierto como el convenio, como lo muestra su aceptación casi unánime entre los ciudadanos de Navarra y Euskadi, “suponen el vínculo más fuerte que pudo hallarse para insertar los territorios forales en el sistema constitucional”. Si funcionan correctamente, esto es, no generan desigualdades injustificadas, y se explican adecuadamente, serán, dice Zubizarreta, asumibles fuera de su ámbito territorial natural.