Opinión

El 12 de octubre

EN TRES TIEMPOS

Alejandro San Francisco | Martes 13 de octubre de 2015

Las fechas históricas tienen una relevancia en sí mismas, pero también adquieren una importancia de acuerdo a lo que significan en un momento dado en una determinada sociedad. Lo mismo ocurre con la representación de los sucesos: una liberación puede ser una invasión para quien la sufre, un desastre es también una victoria para el que goza del triunfo, un momento de alegría es también de dolor, según el lugar que ocupemos en una circunstancia específica. Así sucede con la historia y con sus veleidades, como es el caso del 12 de octubre de 1492, día significativo para la historia de España y de América, una de las fechas cumbres de la historia universal de todos los tiempos, signo que integra la esperanza y el dolor, el progreso y la destrucción, la unidad y la desintegración. Una fecha para recordar y para intentar comprender el pasado y, desde el presente, mirar el porvenir con intención de recoger la tradición y escribir nuestra propia historia.

Hace algunos años se conmemoraba cada 12 de octubre el Día de la Raza, que era el nombre informal con el que se conmemoraba el Descubrimiento de América, que era la fórmula más utilizada en los diversos países latinoamericanos durante el siglo XX. En España se celebraba el Día de la Hispanidad, que después se transformó en el Día Nacional de España, fecha que encontraba su motivación en el acontecimiento que había permitido “la proyección lingüística y cultural” de la península más allá de los límites europeos. En la última década del mismo, especialmente en 1992, en torno al Quinto Centenario de la llegada de Colón a América, la situación comenzó a cambiar en diferentes lugares, incluso en España.

Para entonces, producto de los procesos de estudios sobre el pasado y también del revisionismo histórico, los modos de comprender el proceso de descubrimiento y conquista de América comenzaron a cambiar de manera relevante, al punto de plantearse el asunto desde las más diversas formas. Desde luego, las denominaciones iban desde el Día de la Resistencia Indígena y de los Pueblos Originarios, desde la perspectiva de los pueblos precolombinos, hasta formas que contemplaban una visión más integradora y global, como la que se refería al Día de las Américas. El concepto que se privilegió a nivel comunicacional y también en el ámbito de las relaciones entre los países fue el de “encuentro de dos mundos”, que tenía la ventaja de reconocer el hecho de que europeos y los pueblos originarios del continente que después se conocería como América, pasaban a tener una vida común, con todas las proyecciones y dificultades que ello entraña.

Han pasado más de cinco siglos desde aquel lejano 1492 y, ciertamente -a nivel diplomático y cultural, así como en las tradiciones e historia del continente heredero de la llegada española- hoy tenemos una perspectiva distinta, precisamente porque estamos hablando de una entidad diferente. Hispanoamérica, o Latinoamérica, o Indoamérica, o Iberoamérica, o la denominación que se prefiera de acuerdo a los argumentos que cada uno tenga, no es simplemente una proyección europea o española, como tampoco es el conjunto de pueblos o culturas que preexistían al 12 de octubre. Hoy, América Latina, que es el nombre más utilizado al efecto, es una comunidad histórica y cultural que tiene características propias, que hunden sus raíces en las tierras ancestrales así como en las consecuencias de 1492.

Visto desde la distancia, hay muchas cosas en que la influencia española es particularmente notoria. Quizá el más importante es el idioma: con los matices y especificidades de cada país, lo cierto es que en América se habla la lengua de Cervantes y Quevedo. Es el idioma propio de una gran comunidad de naciones, que mostraron en su mayor belleza y esplendor aquellos grandes autores que fueron galardonados con el Premio Nobel de Literatura, tras escribir sus obras precisamente en lengua española: los chilenos Gabriela Mistral y Pablo Neruda, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias, el colombiano Gabriel García Márquez, el mexicano Octavio Paz y el peruano Mario Vargas Llosa. Todos ellos escritores que utilizaron una pluma talentosa y generosa en la lengua que -entre otros- recibieron en América de figuras como Alonso de Ercilla, Hernán Cortés o Bartolomé de las Casas.

Un segundo elemento es la religión católica, que llevó a decir a un Sumo Pontífice que la mayor cantidad de gente que le reza a Dios en el mundo católico lo hace en español, fruto de una tradición cultural que ha pervivido en gran medida, aunque con las transformaciones y manifestaciones populares propias de la región. Si el 12 de octubre se conmemora la fiesta del Pilar, en América Latina la patrona es la Virgen de Guadalupe, que se venera en México y que es visitada anualmente por miles de peregrinos. Los Papas que han visitado el continente han sido recibidos con cariño y en fiestas multitudinarias, si bien de acuerdo a los tiempos eso se produce en un mundo que acepta y valora la diversidad religiosa y la libertad de culto.

Finalmente, podríamos mencionar un tercer factor que no siempre es bien destacado. Se trata de concebir a la comunidad que conforman España y los países latinoamericanos, o Iberoamérica como se le denomina, como un factor que tiene vitalidad y proyección futura, que tiene una unidad histórica y también un lenguaje que los une, que por lo mismo puede mirar al mundo -respetando las legítimas soberanías y especificidades- de manera conjunta y una amistad que tiene lazos más fuertes de lo que podría ocurrir con otras naciones, precisamente por la relación familiar que las une.

Cada 12 de octubre es un buen momento para pensar la historia. Quienes tenemos una trayectoria mestiza de la cual somos herederos, podemos mirar al mundo con genuino y legítimo orgullo, sabiendo que lo recibido es parte de nuestra vida, pero que nos corresponde cimentar el futuro con las fuerzas y la cultura que nos han marcado durante siglos.