Opinión

Solo la meteorología se alía con Putin

ENTRE ADOQUINES

Alicia Huerta | Miércoles 14 de octubre de 2015
Si hace unas semanas nos asombrábamos con retratos de Angela Merkel empuñados por los refugiados que querían agradecer a la canciller su generosa acogida, ahora toca hacer lo mismo, es decir abrir los ojos como platos, ante las exclamaciones de “Gracias Putin” que brotan de boca de quienes se enfrentan en primera línea de fuego al Estado Islámico. La paradoja es que en sus propios países, Alemania y Rusia, no se vea con tanta alegría lo que sus mandatarios se juegan tirándose a la piscina vestidos. Sobre todo en estos tiempos de triunfante inmovilismo, como clave para no pillarse los dedos en cualquier descalabro abruptamente sobrevenido. En el caso de Merkel, una parte de los alemanes no entendía a qué venía tanto altruismo cuando aún había claras diferencias de estatus entre alemanes del Este y del Oeste, mientras que en Rusia, quienes aún osan opinar libremente han empezado a preguntarse en voz alta por el coste financiero de la entusiasta intervención de su ejército en el hervidero de Siria. Para colmo, cuando todavía sigue abierto el frente, este no reconocido, del conflicto ucraniano.

Pero Vladimir Putin, el político recubierto de acero marca KGB, ya ha demostrado en más de una ocasión que lleva estupendamente eso de presentarse como un héroe, sacando literalmente pecho a las primeras de cambio. Se nota a la legua que disfruta haciéndolo. Adora que le adoren, de modo que estos días le deben de estar sonando a cantos celestiales los vítores llegados desde las machacadas carreteras sirias, y su principal ventaja con respecto a Merkel es que a él se atreven a toserle muy poquitos. Al menos, en lo que se refiere al interior de su país. Porque, a diferencia del problema que se refiere a los soldados rusos a quienes pudo haber tocado ir de “incógnito” al frente ucraniano, la intervención militar rusa en Siria se ha vendido desde el principio como toda una gesta en plan Rusia salva al mundo. Hasta la presentadora del pronóstico meteorológico aseguraba hace días en televisión que las condiciones climáticas de este mes de octubre estaban siendo magnificas para bombardear sin tregua al Daesh.

Entonces, ¿todos contentos? Pues no.

Por una parte, fuera de las fronteras de Rusia, Obama y la UE exigen a Putin que limite los ataques aéreos de su ejército exclusivamente a posiciones yihadistas y no aproveche para apuntalar a su aliado Bashar al Assad. Obama y Holland han mandado claros mensajes a Rusia, a pesar de que, a estas alturas, pueda haber llegado el momento de replantearse la prioridad de los objetivos. Es decir, quizás se debería acabar antes con el EI, al que no se esperaba en el momento de empezar la guerra civil en Siria, y luego volver a centrarse en la meta ideal, germen del actual conflicto, de terminar con la dictadura del contestado Bashar al Assad. Y no sería un paso atrás, visto que hacia adelante, por el momento, no hemos ido. Por otra parte, dentro de Rusia, los indicadores económicos no se muestran precisamente optimistas. Mucho menos, si estamos hablando de meterse en una guerra que como la de Afganistán podría largarse en el tiempo y exigir, incluso, mandar tropas al escabroso escenario sirio.

El descenso del precio de los carburantes ha hecho bastante daño a Rusia, principal exportador mundial de energía neta, y las sanciones impuestas por la anexión de Crimea y el conflicto de Ucrania han agravado una situación que, como es habitual, acaban padeciendo los más débiles. La viceprimera ministra rusa, Olga Golodets, ha admitido que en los meses que llevamos de 2015 el número de pobres ha aumentado en más de 3 millones de personas, alcanzándose la cifra de 23 millones sobre una población total de 143 millones. Por su parte, el ministro de economía también ha tenido que ofrecer datos que no auguran nada bueno para el común de los mortales rusos – los que han poblado las mejores zonas de Londres durante las última década no cuentan porque son de otra especie – y acaba de reconocer que el PIB del país caerá este año un 3,8%, dato que, además, corrobora el FMI. La propia directora del Banco Central de Rusia, Elvira Nabiúllina, ha declarado que el crecimiento de su economía a corto plazo “continuará siendo negativo”. Porque la realidad, esa que Putin no admite, es que en Rusia continúan descendiendo la extracción de materias primas, la producción industrial y el consumo. Malos tiempos para guerras tan inciertas como la de Siria, a pesar de que las condiciones meteorológicas sean tan magníficas.