Opinión

Todos los hombres sueñan

TRIBUNA

Rafael Narbona | Sábado 17 de octubre de 2015

Nunca he practicado el alpinismo, pero siempre me he sentido atraído por la montaña. Sólo he coronado a pie algunos picos de la Sierra del Guadarrama, inspirado por las excursiones pedagógicas de la Institución Libre de Enseñanza, que a finales del siglo XIX comenzaron a recorrer esos parajes, con el propósito de estimular en sus alumnos el amor a la naturaleza. Durante varios años impartí filosofía en un bachillerato nocturno. Salvo excepciones, los matriculados habían cumplido los dieciocho años. Algunos eran adultos que deseaban ampliar sus conocimientos y mejorar sus oportunidades profesionales. En una clase, había un pequeño grupo con experiencia en escalada deportiva, que habían intentado subir hasta la cima del K2, pero el mal tiempo y la fatiga les obligaron a desistir a pocos metros de su objetivo. El K2 o la “montaña de la muerte” es famoso por ser un desafío potencialmente letal. Uno de cada cuatro alpinistas que atacan su cumbre muere durante el ascenso o la bajada. Con aspecto de pirámide, sus 8.611 metros se caracterizan por unas vertientes espeluznantes, casi verticales. El tramo final es particularmente difícil, pues un terreno de roca y hielo dibuja unas pendientes casi inaccesibles. A la cumbre del Everest se llega caminando, pero la del K2 exige escalar unas peligrosas paredes que sólo pueden sortearse con una impecable técnica. Conviene recordar que en la cordillera del Himalaya a los 7.500 metros de altitud comienza “la zona de la muerte”, donde sólo es posible pasar un tiempo limitado, pues la baja presión atmosférica afecta al sistema respiratorio, digestivo, pulmonar, circulatorio. Se dispara el consumo de energía metabólica hasta ocho o diez veces por encima de lo normal. La densidad del oxígeno es un tercio de lo habitual al nivel del mar. Son altísimas las posibilidades de sufrir un edema cerebral y pulmonar. Además, en la cima del K2 son frecuentes las tormentas extremas que pueden prolongarse durante días. En esos casos, es casi imposible retroceder y ponerse a salvo. En 1986, murieron cinco alpinistas entre el 6 y el 10 de agosto a causa de una fuerte tempestad de viento y nieve. Otros ocho habían muerto en las semanas anteriores. Unas cifras trágicas y sobrecogedoras.

Uno de los alumnos que participó en la fallida expedición al K2 me regaló a final de curso un enorme imperdible. Era un joven de algo más de veinte años, alto y corpulento, que deseaba ser maestro de educación especial. Me explicó que el imperdible se lo regaló su madre poco antes de partir. “Te dará suerte”, le aseguró con una mezcla de optimismo e inquietud. En un principio, no quise aceptar el regalo, pero insistió con la invencible obstinación de la juventud. Agradecido, lo guardé en la cartera. Actualmente, reposa en una vitrina. No tiene ningún valor como objeto material, pero posee un incuestionable valor emocional. Cuando me asalta el desaliento, lo contemplo como si fuera una reliquia o un amuleto, pues simboliza el afán de superación del ser humano y el afecto materno, quizás la forma más pura y desinteresada de amor. Entre mis alumnos, había un bombero que había sobrevivido a un dramático accidente en el Mont Blanc. El suelo se hundió bajo los pies de dos compañeros que le precedían. Una caída de algo más de 80 metros los mató en el acto. Me lo contaba con calma, aceptando que la muerte es un riesgo inevitable: “En la montaña y en la vida. No hay que cometer imprudencias, pero somos tan frágiles como un rama seca”. Yo le conté el caso de una amiga, una conocida pintora que perdió a su marido en el Nanga Parbat o “montaña desnuda”, otro pico famoso por haberse cobrado numerosas vidas. Aunque se había licenciado en filosofía, el marido también trabajaba como bombero y era un alpinista veterano, con infinidad de expediciones a sus espaldas. Publicó un libro, relatando sus experiencias como bombero de la Comunidad de Madrid, revelando ingenio, una exquisita humanidad y buena pluma. Nunca llegué a conocerle en persona, pero no he olvidado un encuentro en Aranjuez con su mujer, donde me confesó que su marido era muy friolero. “Antes de cada expedición, se queja del frío que pasa en la montaña, pero yo sé que le hace feliz escalar. Nunca le he dicho que no lo haga. Sería como si él me pidiera que abandonara la pintura”. Al escuchar la historia, mi alumno me contestó que le conocía: “Era una gran persona. Yo no participé en la fatídica expedición, pero me contaron lo sucedido. Se desprendió una piedra y le golpeó en un costado, causándole gravísimas lesiones internas. Se apagó poco a poco, mientras sus compañeros le bajaban con una mezcla de angustia e impotencia. En la montaña, se hace más evidente que el hombre no es casi nada sin los demás. Si un alpinista no socorre a otro, no merece ese nombre. Lo esencial no es llegar a la cima, sino superar tus miedos, sentir que eres libre, no doblegarse, ser humano, solidario. Lo que te mueve es algo espiritual, no material. Imagino que buscas la felicidad”.

“Todos los hombres sueñan, pero no todos los hacen del mismo modo”, escribió Lawrence de Arabia, que no se enfrentó a la montaña, sino al desierto, persiguiendo igualmente la felicidad. El ser humano no se conforma con la rutina biológica de subsistir. Su mente le exige ir más allá. La mayoría consigue aplacar ese impulso, pero otros no logran desprenderse de esa tensión, que se puede manifestar como hambre espiritual, sed de belleza, afán de conocimiento o exploración de los límites del cuerpo y la mente. Yo creo que no se debe renunciar a soñar, incluso cuando acarrea notables riesgos. Admiro a los alpinistas, recuerdo con afecto a mis alumnos y no puedo mirar el imperdible sin experimentar –aunque sea en la lejanía- la embriaguez de la aventura.