Los Lunes de El Imparcial

Henning Mankell: Arenas movedizas

MEMORIAS

Domingo 18 de octubre de 2015
Traducción de Carmen Montes Cano. Tusquets. Barcelona, 2015. 374 páginas. 19’90 €. Libro electrónico: 11,99 €. El recientemente fallecido escritor sueco combina en un libro luminoso, pese a su asunto central -el cáncer que padecía-, la evocación de momentos de su vida con reflexiones de calado.

Por Carmen R. Santos


Este pasado 5 de octubre fallecía en Gotemburgo Henning Mankell a los sesenta y siete años. Fue el fatal desenlace de una muerte anunciada pues al escritor sueco le fue diagnosticado un cáncer, ya prácticamente irreversible, en 2013. Exactamente el 16 de diciembre es la fecha que Mankell, según nos confiesa él mismo, le pone a su cáncer: “Desde luego no tiene ninguna lógica. Los tumores y las metástasis deben de haber estado creciendo durante un periodo de tiempo prolongado. Tampoco noté ningún síntoma ni otras señales ese día precisamente. Fue más bien una especie de advertencia. Algo estaba pasando”. Ese día tiene un accidente de tráfico, que no le produce ni un rasguño, aunque el coche queda siniestro total. Poco después, comienza a notar fuertes dolores en el cuello. Piensa que es una simple tortícolis o, quizá, le dicen los médicos al principio, una hernia de disco cervical. Pero, por desgracia, no se trata de eso: “El dolor de cuello se transformó en un terrible diagnóstico de cáncer. En una pantalla pude ver un tumor cancerígeno de tres centímetros de longitud, alojado en el pulmón izquierdo. En la nuca tenía una metástasis. Esa era la causa del dolor”.

La aciaga noticia le sume en el desconcierto y la angustia, pero decide no estancarse ahí: “En el caos emocional en que me encontré inmerso de repente después de que la tortícolis se convirtiera en cáncer, me di cuenta de que la memoria me llevaba no pocas veces a la niñez. Sin embargo, tardé en darme cuenta de que la memoria me ayudaría a comprender, a crear un punto de partida para encontrar el modo de enfrentarse a la catástrofe que me había sobrevenido”. Sin duda, esta reacción es el primer elemento que hace de Arenas movedizas un libro luminoso. A pesar del sufrimiento, a pesar de que su lectura nos sitúe frente a la enfermedad, frente a la muerte, que muchas veces quiere obviarse, ocultarse, en la sociedad de hoy.

En Arenas movedizas, tesela de memorias y reflexión ensayística, se nos ofrece de primera mano un gran acercamiento a la vida y la personalidad de quien fue mucho más que el creador del inspector de policía Kurt Wallander, que ejerce su trabajo en el pequeño pueblo de Ystad, próximo a Malmö, en el sur de Suecia, y que nació en 1991 en la novela Asesinos sin rostro, a la que siguieron otras muchas, publicadas todas ellas en España por la editorial Tusquets. Con la serie Wallander, adaptada al cine y la televisión y que le hizo acreedor de numerosos galardones, como, en nuestro país, el Premio Pepe Carvalho, Mankell se convirtió en un nombre imprescindible del frondoso tronco de la novela policiaca, con millones de lectores en todo el mundo. Curiosamente, sin embargo, en Arenas movedizas no trata demasiado de su criatura, aunque sí nos da interesantes claves sobre su concepción de la novela negra: “He dedicado mucho tiempo de mi vida a los crímenes y a las investigaciones de los mismos. Mi planteamiento es que el mal siempre es fruto de las circunstancias, nunca es congénito. He escrito sobre crímenes porque ilustran mejor que ninguna otra cosa las contradicciones que constituyen la base de la vida humana. Todo lo que hacemos se basa en que existen fuerzas contrarias en nuestro interior. Entre sueño y realidad, entre conocimiento y espejismo, entre verdad y mentira, entre lo que quiero y lo que hago. Y también, naturalmente, entre mi yo y la sociedad en la que vivo”.

Precisamente, de la toma de conciencia de ese yo parten sus recuerdos, desde el momento decisivo en el que, con apenas nueve años, comprende: “Yo soy yo y ningún otro. Yo soy yo. En ese instante adquiero mi identidad. Antes, mis pensamientos eran tan infantiles como cabía esperar. Ahora se materializaba un estado totalmente distinto. La identidad presupone conciencia. Yo soy yo y ningún otro. No pueden sustituirme por nadie. La vida se torna de pronto una cuestión seria”.

La vida y, naturalmente, la muerte, su inevitable reverso. Porque también evoca Mankell cómo a los nueve años estuvo presente cuando sacaron el cadáver de una niña que se había ahogado al caerse por la fina capa de hielo del lago de Sandtjärn. O cómo, también a esa edad, le llevaron a un pequeño hospital de Sveg aquejado de un dolor de barriga. Pasó tres días ingresado en una sala común donde uno de los pacientes tenía cáncer. Un paciente que se pasaba horas y horas mirando por la ventana, lo que intriga al pequeño. Durante toda su existencia, Mankell se hizo preguntas. A veces se obtiene respuestas pero “las respuestas dan lugar invariablemente a otras preguntas”.

En un libro donde su autor comparte con los lectores su recta final, y su mirada al ayer en el repaso de momentos de su vida, -sus estancias en África, sus viajes, por lo que nos toca, fijémonos en su visita a Salamanca, lástima que no haga referencia a Unamuno…-, no es extraño, sino muy coherente, que el asunto del fin de las civilizaciones surque sus páginas, relacionándolo amargamente con la energía nuclear y sus residuos: “Ya hemos decidido cuál será el recuerdo más claro de nuestra civilización. No será Rubens. Ni Rembrandt. Ni Rafael. Tampoco Shakespeare, Botticelli, Beethoven, Bach o los Beatles. Dejamos tras nosotros algo muy distinto. Cuando todas las manifestaciones de nuestra civilización hayan desaparecido, quedarán dos cosas: la nave espacial Voyager, en su eterno viaje por el espacio exterior, y los residuos nucleares en el corazón de la roca. [….] Para manipular los residuos nucleares hemos construido un palacio para el olvido. Lo que quedará después de nuestra civilización será, pues, olvido y silencio”.

Muchos son los recuerdos y temas que Henning Mankell aborda en esta obra dura, pero revestida con la fría, y bella, dureza del diamante. Mankell consigue no caer en ningún tipo de desmelenamiento melodramático. No busca, ni mucho menos, la compasión y nos recuerda, también sin melodramatismo, que, ciertamente, todos vivimos en arenas movedizas. Un día u otro, más tarde o más temprano, nos engullirán. Pero no hay que facilitarles el trabajo. Hay que luchar. Como Mankell peleó ante la catástrofe y superó el impulso de rendirse: “La historia del hombre trata sobre todo de crear estrategias de supervivencia. En realidad, eso es lo único que importa […] La vida es el arte de sobrevivir”.