Rayo Verde. Barcelona, 2015. 231 páginas. 19 €
Por Verónica Meo Laos
“La verdad tiene estructura de ficción” sostiene Freud. Por cuestiones de tiempos es imposible que el padre del psicoanálisis haya leído al escritor argentino Juan José Saer, sin embargo, es harto posible que el autor de Glosa conozca en profundidad qué es eso de la concepción discursiva de lo social y el psicoanálisis lacaniano. Recordemos que para una concepción discursiva de la realidad toda acción portadora de sentido puede ser tratada de manera discursiva. Aunque los discursos no están hechos solo de lenguaje sino que toda acción portadora de sentido, puede ser tratada como un discurso.
Un día cualquiera, entre el 14 y el 26 de octubre que puede ser de noviembre, octubre o diciembre, se encuentran por casualidad los dos protagonistas de Glosa: Leto y el Matemático, dos jóvenes de capas sociales antagónicas. El primero, un muchacho hijo de un matrimonio de trabajadores que se muda a la ciudad con su madre viuda y, el segundo, una oveja negra descendiente de una familia que pertenece a la oligarquía terrateniente del interior de cuño conservadora. Por esas decisiones del azar, Leto se acababa de bajar del colectivo en la esquina del bulevar porque prefería caminar, porque sí, porque le asaltaron unas ganas repentinas de atravesar a pie San Martín y, en esta sucesión de causas y azares, se encuentra con el Matemático, hombre pulcro e impoluto de punta en blanco, y empiezan a caminar juntos una trayectoria de 21 cuadras que coincide con los tres capítulos del libro: “Las primeras siete cuadras”, “Las siete cuadras siguientes” y “Las últimas siete cuadras”.
En esa sucesión de veredas, cordones, bocacalles, automóviles estacionados, bocinazos y transeúntes, nuestros dos protagonistas hablan, hablan y hablan de temas deshilvanados solo en apariencia. Pero en esta charla centrada en una fiesta a la que ninguno de los dos asistió -el cumpleaños del sexagenario Washington-, uno porque no fue invitado y el otro porque estuvo de viaje por el Viejo Mundo recorriendo las principales capitales europeas, se ponen en juego los oscuros meandros de la condición humana. En efecto, los personajes que sí estuvieron presentes en la fiesta de cumpleaños pasan a ser una galería de celos, mezquindades, afectos y ángeles caídos empapados de alcohol en una fría noche santafecina llena de humedad y desamparos. Pero ellos no son más que una construcción discursiva, narrativas superpuestas cargadas de suposiciones y prejuicios muy humanos. Pero, ¿acaso es posible describir la realidad sin los filtros de los prejuicios y las creencias personales? ¿De qué objetividad hablamos? ¿Hasta qué punto la realidad no es más que la yuxtaposición de discursos contradictorios?
Estas y otras nimiedades tiñen las discusiones retóricas de nuestros protagonistas hasta que uno de los personajes evocados se presenta por casualidad y de cuerpo entero en una calle cualquiera: Tomatis, el enigmático autor de una coplilla que aparece en las primeras páginas del libro y que orienta uno de los posibles sentidos de la novela: “En uno que se moría / mi propia muerte no vi, / pero en fiebre y geometría / se me fue pasando el día/ y ahora me velan a mí”.
Sí, tan solo uno de los infinitos otros sentidos posibles porque, si la realidad es una construcción discursiva que se entrama en una universalidad incomensurable de otras significaciones alternativas que no tiene un principio determinado, no es una creatio ex nihilo sino que se trata de un mero desplazamiento retórico que requiere de un discurso como terreno donde afirmarse, eso sí, de manera resbaladiza y con riesgo de caerse en cualquier momento.
Porque convengamos que la prosa magistral de Juan José Saer nos sitúa en el terreno de las incertidumbres, apunta a interpelar al lector acerca del (sin) sentido de nuestras certezas. Y, ¿qué si la vida transcurre de verdad o es apenas una trampa que nos tienden los juegos del lenguaje? En fin, bienvenido sea el arte que horada la nada y, al mismo tiempo, nos recuerda que existe porque nos pone frente a frente con ella. Bienvenida sea la narrativa de Juan José Saer que, como cruzar la calle, está llena de riesgos y, a pesar de eso, nos levantamos todos los días para asumir el desafío.