Los Lunes de El Imparcial

Jonathan Franzen: Pureza

NOVELA

Domingo 25 de octubre de 2015

Traducción de Enrique de Hériz. Salamandra. Barcelona, 2015. 704 páginas. 24 €. Libro electrónico: 14,99 € Vuelve el "gran novelista americano", reafirmándose en su concepción narrativa con una monumental obra de cuño dickensiano, en torno a la peripecia de un personaje inolvidable: la joven Pip Tyler en busca de su padre.


Por Adrián Sanmartín



No era un desconocido. En 1996 la revista Granta lo había ya elegido como uno de los Mejores Jóvenes Novelistas Norteamericanos. Pero cuando en agosto de 2010 la revista Time dedicó su portada a Jonathan Franzen (Western Springs, Illinois, 1959) -hacía más de una década que no la ocupaba ningún escritor-, le consagró a nivel global, otorgándole el título de “gran novelista americano”. Y no solo eso. También le puso en el ojo del huracán de un debate, eterno -y quizá un tanto forzado, lo importante es la literatura de excelencia, más allá de etiquetas-, sobre el choque entre una novela más tradicional -para entendernos, en la vía de maestros del realismo como Tolstói o Dickens-, y aquella de perfiles vanguardistas y posmodernos. Dándose la circunstancia, además, de que Franzen representa y es adalid de la primera, mientras que David Forster Wallace encarnaba la segunda. Franzen y Forster Wallace, que se suicidó en 2008, eran amigos.

El primero le rindió un peculiar homenaje esparciendo parte de sus cenizas en la isla chilena Alejandro Selkirl, que forma parte del archipiélago Juan Fernández, al igual que la isla Robinson Crusoe. La isla Alejandro Selkirl se llamaba Más Afuera hasta 1966, y así es como Franzen titulará la colección de ensayos -publicada también por Salamandra, junto a sus dos emblemáticas novelas: Las correcciones y Libertad-, en la que se incluye el relato de su viaje y donde analiza Robinson Crusoe, y a su autor, Daniel Defoe, y explica su relación con Foster Wallace en una “amistad de comparaciones, contrastes y (fraternalmente) competencia”. La muerte de su amigo le dejó un vacío que, como el propio Franzen ha confesado, conjuró terminando Libertad, precisamente la novela que le valió la famosa portada de Times.

Convertido ya en un escritor mediático, se esperaba con impaciencia el regreso de Franzen a la narrativa. Y lo ha hecho, después de transcurridos cinco años, a lo grande, y con un lanzamiento perfectamente planificado. Pureza proporciona argumentos para seguir siguiéndole y admirándole y no menos para alimentar la polémica que despierta su postura ante elementos como internet o las redes sociales, que tienen amplia cabida en esta obra, en la que incrementa la abrumadora extensión de las dos anteriores y su raigambre de cuño decimonónico y, en especial, dickensiano. No es baladí, que a la protagonista de Pureza, la joven Purity Tyler, se la conozca como Pip, como al personaje principal de Grandes esperanzas de Dickens, en ese caso masculino. Una elección que no se limita al nombre, y a la concepción novelística del autor inglés, sino que se relaciona también en cuanto que Pureza tiene mucho de bildungsroman, de novela de aprendizaje, donde la Pip de Franzen pasará por diversas peripecias en busca de su padre, logrando en el trayecto una suerte de educación sentimental. El Pip de Dickens es huérfano, y la criatura de Franzen lo es también en un sentido simbólico, al negarse su madre a revelarle quién es su progenitor, fabulando sobre ello cuando se ve acorralada por las preguntas de su hija, con lo que le priva de sus raíces e identidad, que es borrosa, y así la siente Pureza Tyler, lo que le provoca desconcierto e infelicidad. Un acierto la portada de la novela con la borrosa fotografía de una muchacha de triste semblante.

Pip mantiene una tortuosa relación con su madre, que es “el enorme bloque de granito plantado en el centro de su vida, la fuente de toda su ira y de aquel sarcasmo que dirigía no sólo contra su madre sino también -últimamente de forma cada vez más perjudicial para ella misma- contra destinatarios mucho menos adecuados”, malvive con trabajos precarios, agobiada por la deuda de más de cien mil dólares que debe devolver a su universidad, una vez que se ha licenciado, y su “hogar” es una destartalada casa que comparte con varios okupas. Una de las habitantes de la casa, la pone en contacto con una organización, Sunligth Project, radicada en Bolivia y liderada por un extraño personaje, Andreas Wolf, que vivió en la extinta República Democrática Alemana (RDA), y presenta ecos de Julian Assange y su Wikileaks -aunque marcando distancias con este, sobre el que Wolf no tiene precisamente una opinión positiva-, pues su organización de virtuosos de internet se dedica a hacer públicos secretos de personas, entidades y gobiernos, lo que lleva a pensar a Pip que podrá ayudarla en la localización de su padre. Con este propósito, marcha a Bolivia, para después viajar a Denver, donde recalará en la empresa de Tom Aberant, responsable de una revista de investigación y amante de la periodista Leila Helou, casada con Charles, un novelista reconocido, aunque en horas bajas, del que Leila no se decide a divorciarse.

Sin duda, Jonathan Franzen vuelve a mostrar en Pureza que quizá su mayor habilidad resida en poner en pie personajes -y son numerosos los que desfilan por esta novela- más que sugerentes, cuyos destinos entrelaza en un cruce de intrincadas y complejas conexiones servido en un totalizador fresco de sentimientos, escenarios y situaciones -en Pureza hay hasta un asesinato-, que siempre da mucho juego. Un fresco donde la ironía no es ajena, incluso teniendo a sí mismo como blanco: “Hay muchos Jonathans. Una plaga de Jonathans literarios. Si solo leyeras el suplemento de libros de The New York Times, creerías que es el nombre masculino más común en Estados Unidos. Sinónimo de talento, grandeza. Ambición, vitalidad”, dirá el personaje de Charles.

Un fresco donde se plantean cuestiones hoy muy candentes como el cada vez mayor auge de la tecnología, internet y las redes sociales, de cuyo lado oscuro e inquietante advierte Franzen, en lo que podría ser una actualización del célebre ensayo de Umberto Eco, Apocalípticos e integrados, refiriéndonos ahora al omnívoro poder de la red, que, a juicio de Franzen, atenta contra la privacidad y la individualidad e incluso tiene connotaciones totalitarias. Así, el personaje de Andreas Wolf, señalará que en la RDA “podías cooperar con el sistema u oponerte a él, pero lo único que no podías hacer en ningún caso, tanto si disfrutabas de una vida agradable y protegida como si estabas en la cárcel, era no relacionarte con él. La respuesta a cualquier pregunta, importante o banal, era el socialismo. Si sustituías la palabra ‘socialismo’ por ‘redes’, tenías Internet”.

Postura en consonancia con afirmaciones, vertidas en entrevistas, en la línea de que las redes son un sistema “del que no es posible sustraerse. Si te sales, te conviertes automáticamente en un disidente. Además, los teléfonos inteligentes introducen el sistema en tu vida más íntima las 24 horas del día. La cosa empeora si eres un personaje público. Automáticamente desarrollas una personalidad online en cuya construcción estás obligado a participar. Si no lo haces, otros lo harán por ti, y te garantizo que el resultado no será precisamente halagador. Es un chantaje. O participas o serás castigado. En eso, el mundo actual se parece bastante a la vida en la RDA. O que “los teléfonos móviles, Facebook, Twitter, etcétera, francamente me parecen adicciones, tienen un efecto paliativo, pero no establecen conexiones reales, humanas. La novela es una buena oportunidad para liberar a la gente de esas adicciones”. Franzen no es políticamente correcto, pero pone el dedo en la llaga en un asunto capital del mundo de hoy, no poco entontecido con su culto al ciberespacio. No es que, creemos, este resulte en sí mismo negativo -encierra múltiples y beneficiosas posibilidades-, pero no están de más las advertencias para combatir la acrítica postración ante un nuevo becerro de oro.

A Pip su amigo Stephen le enseña a “meterse en los contenedores de basura con una demostración práctica de cómo entrar de un salto y removerlo todo para hurgar en busca del mejor material, y ahora Pip lo hacía sola a veces, si veía algún contenedor que prometía”. Jonathan Franzen hurga en las conciencias y en la sociedad actual y se encuentra con no poca basura moral, con muchos espejismos de libertad y felicidad que aplastan cualquier anhelo de pureza. Pero no por ello hay que rendirse. Pip, un gran personaje en una ambiciosa novela, no lo hace, no renuncia a las “grandes esperanzas”. ¿Se harán realidad en su intenso periplo físico y espiritual? La respuesta en Pureza.