TRIBUNA
José María García-Luján | Jueves 29 de octubre de 2015
Hasta el más mortífero y terrible de los alcoholes destilado tomado en un efímero chupito resulta inofensivo para el organismo y estimulante para el ánimo. ¿O no? Pues claro que no, pero cualquier cosa dicha de forma contundente y sin resquicios a la réplica acaba por volverse una parte de la verdad. ¿O no? Pues seguro que no. ¿Entonces? ¿Les he dado que pensar? ¿Tiene esto que ver con el teatro amateur? Pues mucho. ¿Qué es el teatro aficionado sino vivir otras vidas sin pretender algo a cambio? En pequeñas pero contundentes dosis.
Podíamos preguntar qué busca alguien que quiere hacer teatro y las respuestas serían tan numerosas como dispares: vivir la experiencia de ser otro, aprender a moverse, practicar la dicción, ser capaz de hablar ante gente, disfrutar variados vestuarios, conectar con otras personas, vivir el pensamiento del autor desde dentro, sufrir el drama, gozar la comedia, reconocer estados de ánimo, valorar las épocas, considerar los contextos socioeconómicos y un etcétera tan largo como personas contesten a dicha pregunta. El actor aficionado, probablemente, suscribirá alguno de los anteriores y aportará dos o tres más a tan prolija lista. En realidad, no importa el por qué, simplemente el deseo arrebatador de hacerlo.
Porque es un sentimiento.
Cuando a alguien le llega la llamada del teatro ya está perdido. Aunque lo más frecuente es que dicha pasión anide desde siempre en su espíritu y tarde años en lograr salir. El caso es que todo el mundo puede y es saludable hacer teatro.
De un modo un poco más exigente diremos que es conveniente que sucumban a la mencionada “llamada” aquellos que tengan la intención de priorizar su ejercicio (el teatral) frente, al menos, a cualquier otra actividad lúdica o evasiva. Es frecuente el caso del actor aficionado que llega a una compañía en busca de un hobby, que inicia con entusiasmo el estudio y el ensayo y alcanzado un cierto grado de exigencia comienza a “descubrir” cuántas otras cosas tiene que hacer. No se requieren más cualidades que un poco de memoria –o ganas de adquirir la capacidad de memorizar-y deseos de expresar –con el cuerpo, con los gestos, con la palabra, con la pose, con los movimientos, con el estatismo, con la mirada, con la no mirada…– A lo dicho añadiría una mínima capacidad de disciplina personal porque, al fin y al cabo, hay que estudiar, hay que atender y hay que someterse a las directrices del director y del autor.
Después de unos cuantos años haciendo teatro aficionado concluyo que la característica más importante que debe poseer un actor aficionado es la motivación. Esta actividad es “abandonable”, por no obligatoria, y ello hace que sólo se sostenga por la pura voluntad del actor. De ahí la necesidad de la motivación. Especialmente para superar los momentos complicados que, como toda actividad de correlación humana, generará. No importa cuál sea esta motivación, pero sí importa que sea lo suficientemente fuerte como para detraer una parte del tiempo libre, siempre escaso, para una actividad exigente.
Al margen de la decisión personal y del plano humano que comportan el teatro amateur es difícil encontrar ayudas en los niveles de su ejercicio de forma colectiva. ¿Quién se ocupa y preocupa del teatro amateur en España? En realidad, nadie. Ni las administraciones públicas ni los grupos políticos. Siempre me sorprende la poca sensibilidad que manifiestan los partidos políticos hacia este colectivo, el mundo del teatro aficionado, pese a lo numeroso que es. Alguien podrá decir que hay subvenciones municipales y es cierto, pero éstas se ofrecen en cuanto colectivos organizados de personas del municipio, esto es, por ser asociaciones (y por tanto, votantes) pero con absoluta indiferencia a lo que dichos colectivos hacen, que es teatro.
Y no quiero que se interprete como una búsqueda de subvenciones, no se trata de eso. Sino de ayudar a que tenga lugar el hecho teatral, facilitando unas instalaciones que están pagadas con dinero de los ciudadanos a través de los impuestos pero que, por alguna extraña razón, los funcionarios y los políticos de turno, creen suyas y racanean de forma incomprensible a los grupos aficionados. Que se programe, que se difunda. Me pasma, además, que ningún grupo político tenga la visión de abanderar el movimiento teatral aficionado español, que es ingente y brillante.
Es el primer escalón de la cultura, una aproximación a la literatura y, por ende, a la civilización, al entendimiento, a la cordialidad, al trabajo colectivo.
Vivimos, en opinión de los pensadores que de esto saben, la época dorada del teatro en España. Argumenta Luis María Anson, uno de los máximos responsables de vivir esta época dorada, que la oferta semanal de teatro en Madrid (cuarta capital mundial del teatro) supera las 200 posibilidades. Y que el número de espectadores de teatro supera en Madrid a los de fútbol, con Madrid y Atleti llevando a sus estadios una media de 70.000 aficionados. Y eso pese a que los medios dedican en los informativos de televisión, más de 20 minutos diarios (en todas las cadenas) al futbol y menos de dos minutos a la quincena (en algunas) al teatro. Y tenemos éxitos teatrales que perduran en el tiempo: es fácil ver lo de tercera o cuarta y hasta quinta temporada. Nunca ha pasado esto antes. Y, todo lo dicho, relativo al teatro profesional puede trasladarse con proyección de perspectivista al teatro aficionado. Escenamateur, la confederación de teatro amateur española, reúne a más de 600 compañías, elevando hasta 8.000 los miembros de este movimiento. ¿Nadie quiere preguntar cómo se ayuda a este primer pulso de la vida cultural española? Y una aclaración, el teatro no tiene ideología.
En todo caso quedémonos con lo esencial: el teatro aficionado destila una magia inexplicable que impregna el alma del actor aficionado de tal forma que eso, ya solo, vale.
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