TRIBUNA
José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 30 de octubre de 2015
Pero, sin duda, al margen de los ya señalados en el artículo precedente al trazar el cursus honorum castrense de D. Marcelo Azcárraga, el hecho por el que principalmente se aquistó un lugar muy relevante en la historia del Ejército español fue por una hazaña organizativa no sólo en los anales de la institución militar sino del Estado español contemporáneo. Durante 1885, cuando la guerra en la Gran Antilla alcanzaba uno de sus fastigios, 120.000 hombres, en 20 navíos de la Compañía Transatlántica fueron transportados, en nueve expediciones, desde Barcelona, Valencia, Alicante, Málaga, Cádiz, La Coruña, Santander y otros puertos metropolitanos a los de Cuba. Todas las salvedades, rebajas y aporías que deban y quieran hacerse a suceso de tal entidad no borrarán nunca –introduciendo las necesarias correcciones- su ingente magnitud. Por muchos que fuesen sus fallos y deficiencias, su relevancia permanecerá como hito mayor en la andadura del país por los caminos de la contemporaneidad. Treinta años más tarde, cuando el antiguo mar hispano estaba a punto de pasar –como tantas otras cosas…- al dominio de los norteamericanos, éstos –en palabra de su jefe, el general Pershing- devolvieron la ayuda prestada por La Fayette en 1776, yendo a luchar en suelo galo contra los ejércitos del Kaiser Guillermo II, su expedición no rayó, en el plano logístico, a mucha mayor altura de la expedición implementada por el general español. Pese a los grandes inventos científicos en el periodo de la Paz Armada, la de Pershing adolecería, en ciertos extremos, de las mismas carencias de la hispana de un tercio de siglo atrás. E igual volvería a ocurrir –en menor medida, bien se entiende- en el otoño de 1942, en pleno tournant de la Segunda Guerra Mundial, con el ingente transporte y desembarco de las fuerzas norteamericanas en las playas marroquíes.
Mas, como siempre y como sabía muy bien D. Quijote, es el espíritu, el ánimo, lo que verdaderamente importa en todas las grande aventuras individuales y colectivas. Frente a la imagen negativa que iba a comenzar a dibujarse tras la gran crisis del 98, el estamento castrense gozaba en las fechas mencionadas de una simpatía generalizada en el seno del país. Elites y pueblo lo sentían como el mayor garante de la identidad y patrimonio nacionales. Vencedor del carlismo, abanderado de la igualdad y motor principal de un patriotismo irrefrenablemente ensanchado por todas las capas sociales. La infancia de los líderes republicanos nacidos en los hogares castrenses de cualquier status y condición durante los primeros años del sistema canovista estuvo invariablemente imbuida de afección profunda por la Milicia y sus hombres. La del cordobés Alejandro Lerroux fue una de las más significativas en la ilustración del fenómeno, pero escoltada por la inmensa mayoría de los futuros republicanos y grandes tribunos de la plebe venidos al mundo en cuarteles y mansiones militares del último tercio del siglo XIX. Entre los logros innegables de la Restauración se alzaprimaba la desaparición del viejo pretorianismo, con la consiguiente inserción de las fuerzas armadas en la sociedad civil. Tras medio siglo de protagonismo estelar en los destinos de la nación sus ejércitos se mostraban acezantes de profesionalidad…
Empero todo ello pertenece a otros tiempos y, sobre todo, a otra situación anímica y talante. Desnortado y engolfado en mil pequeñas historias de baja ambición y grisácea trama, quizá ni siquiera quepa pedirle al Ejército actual que haga acopios de energías y entusiasmo y tribute con pulso esperanzado un tributo siquiera modesto a la memoria de uno de sus miembros.
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