TRIBUNA
Rafael Narbona | Sábado 31 de octubre de 2015
Se acaba el año teresiano y echo de menos más textos que celebren el genio espiritual y literario de la reformadora del Carmelo. Teresa de Jesús no es tan sólo santa y doctora de la Iglesia Católica, sino un personaje fascinante que ha cautivado a filósofos sin una brizna de fe, como Emil Cioran. “Santa Teresa”, escribe el pensador rumano, “era una esposa de la canción, un corazón traspasado… ¿Cómo no sentirse cercano a Santa Teresa, que tras habérsele aparecido Jesús un día, salió de su celda corriendo y se puso a bailar en medio del convento, en un arrebato frenético, batiendo el tambor para llamar a sus hermanas a fin de que compartieran su alegría?”. Solitario, apasionado, indiferente a las glorias de este mundo, Cioran se sentía muy cerca de la carmelita descalza. Ambos menospreciaban los bienes materiales, la existencia cómoda y regalada, los agasajos y los privilegios. La joven Teresa de Cepeda y Ahumada se retiró al Monasterio de la Encarnación para llevar una existencia ascética, sin otra preocupación que acercarse a Dios. Cioran, que se definió a sí mismo como “un místico que se resiste a serlo”, se refugió en una buhardilla de París, con el retrete en el exterior y unas ventanas que apenas encajaban. Sus escasos metros de vivienda no eran más confortables que la celda de una monja. Escogió vivir en una relativa pobreza para ser libre y poder dedicarse a leer, escribir y pasear. Hijo de un sacerdote ortodoxo, se declaró ateo muy temprano, pero nunca dejó de meditar sobre Dios, expresando sentimientos ambivalentes: “Imposible amar a Dios de otra manera que odiándolo. Quien no ha experimentado la emoción de lo absoluto con un puñal en la mano, no sospecha lo que significa el terror metafísico de la conciencia”. A pesar del tono desgarrado de sus reflexiones, Cioran admitió que había sido feliz, pues había vivido como un paria, sin ejercer ningún oficio y sin hacerse ilusiones sobre el porvenir. Su sentido del humor sugiere que no mentía: “Mi misión es matar el tiempo y la de éste matarme a su vez. Se está bien entre asesinos”. Santa Teresa tampoco se caracterizó por un carácter sombrío: “Tristeza y melancolía no las quiero en casa mía”. Y jamás ocultó la motivación más honda de sus actos: “He cometido el peor de los pecados, quise ser feliz”.
Cioran desemboca en el ateísmo a causa de un insomnio feroz, que le mantiene durante semanas en un estado de fatiga, angustia y excitación: “La desaparición del sueño crea como una continuidad funesta. Cuando estás en vela, estás solo… ¿con quién? Con nadie. Estás solo con la idea de la Nada. No es una intuición o una sospecha, sino una evidencia. Lo sientes casi físicamente”. Santa Teresa profundiza su viaje hacia Dios gracias a una larga enfermedad que casi acaba con su vida: “El extremo de flaqueza no se puede decir, que solos los huesos tenía. Digo que estar así me duró más de ocho meses; el estar tullida, casi tres años. Quedome deseo de soledad; amiga de tratar y hablar de Dios”. Cioran piensa obsesivamente en el suicidio. Cree que la vida es un penoso exilio, una dolorosa irrupción en el ser que sólo se aplacará con la muerte. Santa Teresa no esconde su impaciencia por finalizar su tránsito por el mundo, pero le mueven otras razones: “Querría ya esta alma verse libre: el comer la mata, el dormir la congoja, que nada ya la puede regalar fuera de Vos; que parece vivir contra natura, pues ya no querría vivir en sí, sino en Vos”. La carmelita descalza habla de los últimos instantes de un moribundo como la inminencia de la mayor dicha posible: “…está gozando en aquella agonía con el mayor deleite que se puede decir. No me parece que otra cosa sino morir casi del todo a todas las cosas del mundo y estar gozando de Dios”. Se puede decir que Cioran y Teresa de Jesús cortejaron a la eternidad, pues su conciencia se rebelaba contra la finitud. Los dos amaban la vida hasta el extremo de sentir que algo debía sostenerla. Si no es así, nada tiene demasiada importancia, pues el olvido sepultará indistintamente lo trivial y lo sublime. Cioran admiraba profundamente la música de Bach. Creía que representaba la realización más alta del espíritu humano, pero opinaba que el tiempo destruiría hasta la última nota. En un universo donde todo nace y muere, Bach sólo es la efímera espuma de una ola. El ser y la nada se confunden en la misma insignificancia. Cioran cree que la Nada le espera. Teresa de Jesús cree firmemente en su encuentro con Dios. Cada uno traza su propio camino de perfección, legándonos su biografía espiritual en forma de libros excepcionales. Es difícil no amarlos, pese a sus profundas diferencias, pues ambos escriben con el corazón en la mano.
El año teresiano entra en su último tramo y quizás nadie haya profundizado tanto en los libros de la carmelita descalza como el filósofo rumano, ferozmente nihilista, pero sin ninguna confianza en la razón, incapaz de apreciar el asombro de existir, la perplejidad de no ser, el hambre de inmortalidad. “Toda mi vida merodearé en las inmediaciones de los santos…”, escribió Cioran. Quizás la mejor forma de despedir el quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa consista en acercarse a Ávila y pasear por sus calles, con su piedra cenicienta, sus iglesias en penumbra y un cielo que parece humo dormido. Yo lo hice hace unos meses y sentí que la ciudad despertaba en mi interior la necesidad de seguir preguntándome si es posible ir más allá de nuestros sueños.
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