Opinión

Halloween y el Jinete sin cabeza

ESCRITO AL RASO

David Felipe Arranz | Domingo 01 de noviembre de 2015

Ha llegado el festival de la cosecha de la noche del 31 de octubre. Todo Madrid es un huerto de cipreses y tumbas y nuestros difuntos nos hacen una visita para que no nos olvidemos de que la vida es una imaginativa suplantación de la verdad: la muerte que a todos nos espera. El florón espontáneo del demonio y la bruja nos sale al encuentro y nos envuelve con sus (entre) telas nuestra alma de araña. La Muerte siempre es buena consejera de ultratumba y nunca se equivoca, y el Amor, siempre vulnerable, errático y dubitativo, le disputa su imperio con poco éxito.

Fantasmas, aparecidos, muertos que regresan de sus tumbas… En la noche de Halloween, Día de Todos los Santos en el calendario cristiano, las calabazas se cosechan y se incorporan al tráfago vital de los vivos un puñado de fantasmas que nos piden cuentas. Nada nos ha de extrañar encontrarnos estos días con las personas que ya no están entre nosotros: en otoño, cuando se aproxima el filo gélido del puñal invernal, las cosas de la naturaleza mueren y todo se tiñe de un marrón de hoja caduca y escolástica, de tragedia donjuanesca en la que el amor de doña Inés apenas es capaz de redimir al Casanova que ha dado una patada a la calavera y la ha convidado a cenar.

Con música de Camille Saint-Saëns, la Danza macabra nos lleva a ennoviarnos con la Parca a ritmo de poema sinfónico mortuorio. La Muerte toca el violín a media noche, hasta el amanecer, cuando los muertos regresan a sus túmulos: cuán atractiva es, especialmente estas noches, en las que las calabazas que irradian esa luz amarilla y espectral nos miran sonriendo, anunciándonos su “aquí te espero, no tengo prisa”. Jack O’Lantern alza su calabaza y nos ilumina recordándonos que los males de la vida moderna no son nada al lado de las oscuridades que nos esperan detrás de los ojos vacíos y los dientes de su anaranjada cucurbitácea: “truco o trato” para tomar prestado un año más a cambio de un soborno, un pastelito de almas o un puñado de caramelos. Recordamos aquella noche, en 2011, cuando una horda de pequeños demonios recorrieron el pasillo y el descansillo de la casa reclamando sus dulces.

Es el momento del paso de la luz a la oscuridad, el Samhain celta, la Lemuria legendaria de los irlandeses primigenios, que la Modernidad anglosajona convirtió en la All Hallows Eve –Halloween–, cuatro días antes de la ejecución de Guy Fawkes –ya hablaremos de este fascinante personaje que mucho tiene que ver con esta fiesta aterradora y con William Shakespeare–. Nos fascina, de entre todos los relatos de estos días con sus noches la historia de Sleepy Hollow o Valle Soñoliento, a orillas del río Hudson, en el germen del Estado de Nueva York, en los albores de la historia de Norteamérica, donde se asentaron los primeros colonos holandeses. Ocurrió durante la Batalla de White Plans, en 1776, durante la Guerra de la Independencia de las colonias americanas. El espectro de un soldado alemán que sirvió en la caballería de Hesse –duque alemán que apoyó con tropas alemanas a los ingleses– se sigue paseando por las explanadas del valle, entre las altas colinas, todas las noches del 31 de octubre al 1 de noviembre, buscando su cabeza, arrancada de cuajo por una bala de cañón, según nos cuenta Washington Irving, el primero en recoger esta fascinante historia. Hasta los historiadores más reputados dan noticia del Jinete decapitado: cual aparecido campestre y militar, se interna por los grandes cementerios porque al muerto lo hacen vivir los vivos, y saben que queremos que nos aterrorice, para sentir esa sensación refrescante que lo recorre a uno la espina dorsal como un ofidio relampagueante y húmedo.

Las últimas investigaciones indican que el cuerpo de aquel soldado recibió sepultura en el camposanto de Sleepy Hollow, pero sin su testa, por lo que su fantasma vaga en pena en lo que fue el campo de batalla; y después del amanecer, como los bohemios o los enamorados errabundos y desdichados, ha de regresar a su tumba. Justo con los primeros albores, se le ve atravesar el valle al galope tendido. Irving no dudó un instante en trasladar este relato a The Sketch Book, diez volúmenes publicados entre 1819 y 1820, de cuyo magisterio se declararon abiertos deudores Edgar Allan Poe, Walt Whitman, Truman Capote y Norman Mailer. Y su amigo Nathaniel Hawthorne, con sus Cuentos contados dos veces nos enseñó que nuestras pesadillas no son sino una secreción espesa acompañada de remordimientos y nuestro eterno descontento: ¿Qué son nuestras rupturas sino el recuerdo de una amada muerta, de una novia cadáver? Mucho nos acordamos de Larra y corremos a releer una y otra vez su maravilloso artículo “Día de Difuntos de 1836”: “Una nube sombría lo envolvió todo. Era la noche. El frío de la noche helaba mis venas. Quise salir violentamente del horrible cementerio. Quise refugiarme en mi propio corazón, lleno no ha mucho de vida, de ilusiones, de deseos”. El corazón de Fígaro no era más que otro sepulcro: “Y el bronce herido que anunciaba con lamentable clamor la ausencia eterna de los que han sido, parecía vibrar más lúgubre que ningún año, como si presagiase su propia muerte. Ellas también, las campanas, han alcanzado su última hora, y sus tristes acentos son el estertor del moribundo”.

Halloween se ha hecho argumento suntuoso e infernal y ha concertado nuestras vidas alegres, querámoslo o no, el 1 de noviembre, para inficcionarnos de un sobresalto tan dulce como un hueso de santo, tan mórbido y colorido como una corona de muerto apoyada en una cruz de piedra: “Tus hijos no te olvidan”. Apenas nadie puede permanecer ajeno a su influjo: ayer, subiendo por la Gran Vía en un taxi, vimos asomados a la calzada centenares de monstruos, zombis y criaturas que levantaban sus brazos en busca de un transporte libre, porque los fantasmas también se cansan. Nuestro conductor bien parecía un esqueleto viviente: calvo, desdentado, pálido, enjuto, con los ojos prácticamente fuera de las órbitas, musitaba una espeluznante letanía de la que se podían entender algunos juramentos.

Entonces, la ensoñación mágica se apoderó de nosotros y, quién podrá negarlo, vimos al soldado germánico galopando hacia los montículos oscuros de Moncloa mientras busca una cabeza que le encaje entre los hombros. El miedo, como la clase política, ciertamente es cosa del demonio.

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