“A falta vieja, vergüenza nueva”. Así reza un viejo proverbio castizo que viene como anillo al dedo para abordar el último y enésimo desvarío del aparato diplomático de la Unión Europea, un equipo que cada vez me merece menor consideración y respeto habida cuenta de su manifiesta torpeza e incapacidad, demostradas ambas en casi todas las latitudes del globo.
En una de tantas noticias que pasan de puntillas por las redacciones casi de manera subrepticia, de esas que sólo unos pocos se hacen eco más por lo que ponen de manifiesto que por los hechos en sí, Bruselas decidió el pasado jueves, en el marco de su infame realpolitik, levantar la inmensa mayoría de sanciones impuestas a la última dictadura de Europa: Bielorrusia.
Aleksandr Lukashenko, amo y señor del país desde 1994 y reelegido como presidente el pasado 11 de octubre con más del 80 por ciento de los votos entre acusaciones de amaño, es, junto con otras 170 personas que conforman la élite en el poder, el gran beneficiario de este guiño comunitario a un régimen orgulloso de su desprecio sistemático por la democracia, los derechos humanos y las libertades personales.
No pasaría de ser un patinazo más de la UE de no ser porque la suspensión de las sanciones evidencia la anemia moral que padecen los líderes comunitarios y que periódica e insistentemente se esfuerzan por demostrarnos: Siria, Libia, Ucrania, el Mediterráneo, Egipto, Palestina, Sudán, Somalia, Eritrea, Haití... Será por antecedentes.
El affaire bielorruso atiende a una “mejoría en las relaciones bilaterales”, según un comunicado de la propia Unión Europea, que da buena cuenta de cómo piensa y actúa la Comisión presidida por Jean Claude Juncker. Mejor cuidar a los palmeros de Putin, no vayamos a tener problemas con el suministro de gas de nuevo este invierno, pues Bielorrusia representa el tránsito del 7 por ciento del consumo de la UE. Un tránsito, todo sea dicho, que tiene como destino, principalmente, Alemania.
La suspensión de las sanciones a los gerifaltes bielorrusos, aunque sólo sea de manera temporal, tiene dos posibles lecturas, a cada cual más irritante. Por un lado, puede ser vista como un gesto de acercamiento al Kremlin, padrino protector de Lukashenko, ahora que la potencia de hielo ha recuperado su peso en el escenario internacional tras sacar músculo en Ucrania y romper el tablero sirio a bombazo limpio.
Por otro, los hay que no comulgan con esta versión y sostienen que Minsk, que nunca ha apoyado la campaña secesionista en Ucrania y se ha rebelado contra Putin en alguna cuestión menor, se está dejando embaucar por los cantos de sirena de Bruselas. El objetivo es que se aleje de la órbita de Moscú y se acerque a la luz comunitaria con promesas de ayudas e inversiones ahora que la economía rusa, su principal respaldo, no brilla precisamente.
Sea como fuere, señores de la Comisión, y por mucho maquillaje retórico con el que quieren pervertir el sentido común, la suspensión debe ser interpretada como connivencia con un tirano. Vamos, que no marida nada bien con ese Nobel de la Paz de 2012 que luce la Unión en sus vitrinas, aunque la suspensión no afecte a la venta de armas y sea "temporal y revisable".
Para ser un dictador, rechina ver la atención que se le dispensa a Lukashenko, que no olvidemos llegó a ser el anfitrión de Putin, Poroshenko, Merkel y Hollande en las negociaciones de alto el fuego para el conflicto en el este de Ucrania. Minsk como garante de la paz y el diálogo, ahí queda eso.
Una vez más, y la familia comunitaria se muestra como sospechosa y culpable habitual, la diplomacia de veleta prima sobre los principios fundacionales de la UE. A saber: “el respeto a la dignidad humana, libertad, democracia, igualdad, Estado de Derecho y respeto a los derechos humanos”.
De golpe y plumazo la Comisión ha logrado deslegitimar a Naciones Unidas, a su comité de derechos humanos, al propio Parlamento Europeo, a la OSCE, a Amnistía Internacional, a Human Rights Watch y a una docena de organismos y ONGs más. ¡Strike!
Creo que ya vale de tamaña hipocresía. Si nos va la censura, la represión o la pena de muerte (Bielorrusia es el último país del continente en aplicarla), digámoslo alto y claro. Sin dobleces ni ambigüedades. A cara descubierta y sin escudarse en intereses de quita y pon. ¡Viva Lukashenko! ¡Viva la “vergüenza nueva”! ¡Viva la dictadura!