Opinión

A vueltas con la dignidad

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 06 de noviembre de 2015

Acaso sea el de la dignidad el mejor baremo para calibrar la salud moral de una sociedad; especialmente en tiempos de tan aguda crisis como la actual, en que la almoneda del patrimonio ético de las viejas generaciones progresa sin freno hacia un páramo que yerme cualquier brote de regeneración.

Hay, sin embargo, indicios que constatan a diario que la deriva quizás no sea tan ineluctable o que, en el peor de los supuestos, su ritmo no se descubra tan acelerado. Semana tras semana los medios de información notician o dejan ver con más o menos veladuras y eufemismos numerosos ejemplos de abdicación moral en las más altas esferas políticas, económicas y académicas del país, con travestismos en verdad notables y reluctantes; y en muchas ocasiones semeja que la colectividad nacional premie con honores y halagos la conducta de los protagonistas de esas espectaculares mudanzas de creencias ideológicas o filiaciones militantes. La crónica mensual de dichos cambios y transformaciones es hoy más densa y roborante que en cualquier otra etapa del pasado, no indigente ni mucho menos en escándalos, deturpaciones y mohatras. Tampoco, por añadidura, el panorama extranjero ofrece un aspecto radiante ni una atmósfera a salvo de la tabidez y la abyección de instituciones durante siglos ejemplares en su comportamiento, con excepción de lunares y manchas inseparables del hacer de mujeres y hombres.

Pero al lado de tanto infortunio, en la existencia cuotidiana de nuestra patria no dejan de recogerse a cada paso muestras y testimonios de la más noble dignidad, a cargo muy en particular de gentes humildes al margen de focos mediáticos y sólo visibles cuando los políticos y las gentes del poder quieren capitalizarlas a su servicio, como masa pastueña de su ideario o propaganda. En la vida urbana –por suerte o desgracia la incontestablemente hegemónica en las sociedades occidentales-, menos proclive tal vez al cultivo de la dignidad por su lejanía de la naturaleza y la decadencia del núcleo familiar –tendente siempre al enriquecimiento mutuo y una solidaridad primaria y, de sólito, inextinguible-, los ejemplos de elogiable dignidad que encuentra el ciudadano en sus relaciones habituales suelen ser numerosos. Los ancianos que, llegada la noche de los inviernos y recluidos solitariamente en sus hogares, se afanan por disipar los temores de sus allegados; los miles de personas recatadas que, en la penuria o el desamparo, no expresan su sentir sino muy rara y espaciadamente y huyendo como del diablo del tremendismo; los incontables convecinos aquejados de soledad o enfermedad en el grado extremo de ambas situaciones, suma o coriáceamente reservados ante los demás…; y centenares de ejemplos y tesituras de la misma fisonomía que reflejan, en fin, la inagotable y ancha imagen de la humanidad doliente. Cuánta dignidad en su infirmidad y dolor, preservados ante la mirada ajena por admirable estoicismo o envidiable cristianismo o, hecho el más ordinario, por una aleación de ambos, en la tierra del senequismo y del catolicismo más individualista. Sin saberlo en la mayor parte de los casos y sin exhibicionismo algunoproporcionan abundante material para la esperanza de las generaciones. En este mes de las bienaventuranzas, resulta muy ocasionado rendirle un entusiasta aplauso de admiración y reconocimiento.