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Estocada final de Lorenzo a Rossi para conquistar el Mundial

EL ESPAÑOL LOGRÓ SU TERCER MUNDIAL DE MOTO GP TRAS GANAR EN CHESTE

Diego García | Domingo 08 de noviembre de 2015
El español se impuso en Cheste y el italiano llegó a la cuarta plaza. Por Diego García

Resultaría demasiado intrincado imaginar un escorzo de la fortuna semejante al que ha configurado el epílogo del Mundial de motociclismo de 2015. Con el puntiagudo trazado y el aroma pasional característicos del circuito Ricardo Tormo de Cheste ejerciendo de atmósfera, la tensión parecería alcanzar su grado sumo en las últimas 30 vueltas y 120 kilómetros del calendario. El trayecto que desarrollaba el sendero desde el apagón del semáforo y hasta la bandera a cuadros representó la deliciosa intensidad contenida en pos de la deflagración postrera. Y, en pleno ardor, Jorge Lorenzo reconquistó su trono en la cima de la categoría reina, de la élite de las motos que se ha visto homenajeada por una receta sistematizada de bailes y cuerpo a cuerpos que no han resultado sino una oda al pilotaje esteticista de cuchillo entre maxilares. La apnea deportiva, desplegada tras el combate de Sepang y prologada por la árida rueda de prensa posterior, arrinconó su exigencia de protagonismo para tomar asiento en tribuna y disfrutar de una hoja de ruta que marcaba dos líneas argumentales principales salpicadas de complementos variopintos a la trama.

El piloto balear, que dibujó “la mejor vuelta” de su vida en la clasificación, con el regusto endógeno que conlleva elevar el propio listón en el instante que susurraría la precisión cirujana, buscaba en su horizonte exprimir su Yamaha de salida. Escaparse repuntaba como obsesión. Valentino Rossi, que desembarcó en la Comunidad Valenciana relativizando lo factible de la épica empresa que afrontaba, abrió el apetito el sábado con una caída mientras Lorenzo volaba -escenario que quizá murmuraba los rangos de concentración de cada cual- y se afanó por conseguir que tomara cuerpo la ofensiva remontada de defensa –lo tangible manifestaba que atesoraba siete puntos de arrope- que debía galopar entre la cautela y astucia propias y el paraguas eufórico del país que envuelve la renovada fe en su mesías y dottore de las dos ruedas. No resultaría sencilla, en ningún caso, la consecución del objetivo. El paso inexorable del curveo, en tal tesitura de exigencia, denotaba la resbaladiza mezcla de precaución para conservar frescas las opciones -el poseedor de la pole debía cerrar espacios en este particular para remontar en el cómputo global y el llamado a la autoría del paroxismo motociclista habría de encender un pilotaje agresivo y templado, para avanzar en allegro y no quedar fuera de eje- y la amalgama de incógnitas que se cernían sobre la red de actores secundarios que matizarían las perspectivas de los dos titanes en liza.

El maniqueísmo esclarecía dos frentes en carrera y contaminaba de desconfianza las hipótesis que señalaban a Iannone (que dio con sus huesos en el asfalto a las primeras de cambio) y compatriotas cierta beligerancia en el bloqueo y continuación para patrocinar pasillos de despegue a Valentino. Por el contrario, el péndulo transalpino apuntaba, con mantel, mesa y fraternidad andorrana mediantes, a la presunta merma competitiva de los ilustres jinetes de las Hondas, Dani Pedrosa y Marc Márquez, en pos del aplauso contemporáneo al campeón español en potencia. Teorías ambas que no contemplaban una variable de peso trascendental: el ego de estrellas de un deporte que proporciona y evoca enfrentamientos cara a cara en cada curva, en cada gran premio y en cada temporada.

Así, abrigado por el misticismo de la lírica -entendiendo este término como representación del cortejo Rossi-Márquez que escaló en varios circuitos hasta alcanzar su legendario cénit en Malasia, con o sin patada-, tocó tierra el metafísico dejo de imponente estampa que ha grabado este Mundial de 2015 en su último capítulo. Un intervalo que coronó el tercer entorchado en Moto Gp de Jorge Lorenzo, el gallardo silente de tan icónica recta final. Triunfó la mesura ganadora de un triunfador aquejado de irritada sed desde 2012, año de su último deguste de la gloria. Y lo hizo desde un estadio que le era ajeno en sus efervescentes inicios en la parrilla de los tótems: anestesiado en concentración y compromiso por la consecución del objetivo. Sin vacilar ni conducirse a situaciones fronterizas que pusieran en riesgo tal pedigree. Rossi, en cambio, descendió al piso por el que camina el vulgo después de haber arrancado el estatus extracorpóreo. Pero, como no puede ser de otro modo, hasta en su traspié más agrio, el que le privó de cerrar una suerte de renacimiento con el décimo título del mito al que veneraban todos aquellos que hoy le zancadillean de tú a tú, el pelaje histórico de su estela le llevó a disparar la repercusión del motociclismo, como si del nombre franquicia se tratara, y ofrecer al aficionado la distinguida sensación de haber asistido a un hecho que trasciende el contexto. Porque su ensimismamiento en el tango con Márquez, que le ha asestado el pliegue de sus manejos nerviosos triunfantes ante Biaggi, Gibernau y Stoner, ha cosechado la siembra de los trances que revierten la relación de fuerzas y se graban en el imaginario colectivo empequeñeciendo el brillo del campeón. Como el ramillete de divina mano y huida hacia la eternidad del 10 de dieces que sepultó la unicidad del Mundial argentino en México`86.

Vino a poner el colofón este último día, la oportunidad definitiva de engancharse al magnetismo que desprenden los gigantes sobre dos ruedas en su fricción, a un cruce particular de inercias que han recuperado para el motociclismo el frenético apasionamiento que, en cierto modo, había cedido vatios durante la monolítica pasada temporada, aquella en que Márquez monopolizó el himno (13 victorias con una irresistible cadena de 10 triunfos consecutivos en las primeras diez citas, una relación que asoló el presagiado florido, en su igualdad, panorama). El piloto catalán paga ahora el relevo tomado a actitudes tan simétricas como reflejas en irreverencia de su actual némesis, Rossi, y del interesado sujeto pasivo de la refriega, Lorenzo. Rompió esquemas en 2013 un Marc que arrodilló a éste último contendiente en un esfuerzo de perfume prolongado -que culminó en triplete español final- y cultivó filias y fobias como en sus epílogos hicieron los homólogos que han disputado la cima. En su tercer ejercicio en la élite, la perla que no atisba nubarrones en su horizonte, ha experimentado la ganancia de bagaje siendo él el mirado por el retrovisor, con estruendosos episodios de talento natural. Esta cesión de focos entregó las atribuciones protagónicas al risorgimento de las Yamaha, de los viejos compañeros de reojo, autores particulares de escaladas en reinvención para recuperar el lustre aristócrata.

Eligió aventurarse en un romántico vuelo Rossi cuando eligió Ducati en busca de refrescar la motivación, alimentar su mito y abandonar el agotador regateo de espacio a su compañero de box, la ambiciosa, con toda la tarta por comer, e imparable mejor versión de Jorge Lorenzo. Así, Valentino se deshizo por amainar la abrasión que suponía plegarse al descenso de posiciones estructural hasta que el enamoramiento concluyó en espantada mutua y regreso al redil para, desde la humildad del descendiente que regresa a casa en el reverso de la independencia, volver a dotar de herramientas y confianza a un equipo de trabajo que necesitaba tiempo y constancia para reconstruir una máquina, siquiera en su condición más baja, coherente con la exquisitez técnica del piloto que la iba a modular. El proceso incluyó la gris labor de sótano, la reconfortante primera etapa de ascenso en la performance, el afiance de los progresos en el esbozo de los peldaños superiores y el presente arribo a la conquista de cuatro carreras y 15 podios. Al fin había completado Rossi el encendido de la llama que incendia su clase, con 36 años, para volver a competir por probar el champán y pelear por lo que ninguno de los púgiles que le rodean lucha: pintar la escena final adecuada a un irrepetible currículum que viene ahora aderezado por el reclamo del estatus cedido antes de aparcar la moto. Como intenta su ‘enemigo’ Francesco Totti -Valentino es tifosso interista y amigo personal de Marco Matrix Materazzi, que algo sabe de las costuras de la concentración ante la máxima exigencia- con la Roma y la perenne ensoñación del Scudetto postrero. Dos mitos abanderados del Bel Paese en llorada extinción.

Esta edición de Cheste llegó para Jorge Lorenzo después del erosivo ejercicio de asimilación que supuso ver cortada su progresión, en considerable superioridad inter pares, por el advenimiento de Márquez. La anunciada etapa de transición entre la cerrada y repartida competencia y la irrupción de otro monopolio hierático, para mayor gloria del balear, quedó cercenada de manera abrupta y el escenario viró, con fugacidad, hacia un paisaje similar en su aspecto monopolístico pero con un tipo más joven, agresivo y revolucionario en lo alto. Se vio obligado Jorge a tragar el indigesto plato y transitar por la travesía ciega de aceptación del ganador que se sabe apeado de tal condición. El primer subcampeonato ante el compatriota rebelde ejerció de tétrico espejismo. La Honda no admitiría otras voces en la discusión y tocaba rebajar la cresta y desnudarse del traje de gallo para, desde el silencio, trabajar con el fin de regresara y acceder a situaciones de relumbrón. Cazó sólo dos grandes premios en 2014. Sin embargo, desde enero del presente ejercicio, las sensaciones se iban transformando en réditos y el buqué competitivo del bicampeón recobraba sentido en el discurso. Hubo de esperar hasta mayo, en Jérez, para estrenar la pisada en el cajón. Y lo hizo en un primer puesto del que no bajaría en las siguientes tres carreras. Tan sólo tres circuitos no le verían hablar a la prensa en el redil de los tres mejores. Si bien no lucía su mejor aspecto imaginable de despliegue mecánico y de conducción, despojado del halo dominador, el otrora púgil nacional referencial regresó a tiempo para inscribir en el recuerdo el marco que circundó la exuberante temporada que este domingo ha asistido a su último suspiro.

La honrosa actitud de Rossi con respecto a este desafío le colocó, finalmente, en la lógica cuarta plaza, por detrás de las Honda y de aquel que supo no jugar para terminar ganando. La legible última oportunidad de tocar techo para el astro italiano, quizá, ha quedado diluida en la pragmática resolución. Es probable que la aprehensión de este punto condujera a Valentino a tildar de "vergonzosa" la actuación de Márc como protector de los intereses nacionales desde Phillip Island. Dani Pedrosa, torturado por problemas físicos que alumbraron aires de retirada prematura, bajó el telón tercero. Márquez, víctima y verdugo en la revuelta que, sobre el asfalto adquirió el tinte legendario, y fuera de escena actuó como gasolina para esta especialidad, concluyó este paréntesis de 2015 segundo, castigado por la inestabilidad de su máquina. Plantó bandera Lorenzo con una exhibición de concentración y finura en el manejo. Con la resaca disparando ya la amargura del fundido a negro, sólo queda contemporizar y congelar el ansia por comprobar que, en 2016, la magnitud energética de las interacciones entre estos escurridizos titanes permanezca intacta, por el bien de la lírica en estos tiempos de automatismos. El inesperado devenir autografió otro pergamino dorado que centellea en la mochila de laureles del deporte español.




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