Los Lunes de El Imparcial

Norberto Fuentes: La autobiografía de Fidel Castro

BIOGRAFÍA

Domingo 08 de noviembre de 2015

Stella Maris. Barcelona, 2015. 665 páginas. 22 €


Por Alfredo Crespo Alcázar



Fidel Castro se ha convertido en uno de los personajes simbólicos del siglo XX y del siglo XXI, capaz de generar idéntico número de filias y de fobias. Difícilmente puede haber una suerte de “tercera vía” a la hora de referirse al octogenario dictador cubano, si bien apartado del poder por motivos de salud desde hace unos años.

A través de la obra de quien fuera uno de sus principales camaradas, Norberto Fuentes, descubrimos al Fidel Castro persona y político, aunque difícilmente pueden disociarse ambas esferas. Así, el autor nos ofrece una parte sustancial de la vida de Fidel Castro que cronológicamente se detiene en los años setenta, mediante el atractivo recurso a que sea el propio protagonista quien la relate en primera persona.

A lo largo de casi 700 páginas descubrimos que son varias las características que describen a Castro. En primer lugar, él mismo se arroga un carácter mesiánico. Relacionado con este atributo, la megalomanía aparece en todas sus acciones. En ocasiones, la propia imagen que el dictador cubano tiene de sí mismo ronda el delirio. A modo de ejemplo esta aseveración: Lo único realmente importante que ocurrió en todos esos treinta y tres años hasta el triunfo de la Revolución es que yo nací. Todo lo demás es la historia que los gusanos contrarrevolucionarios no se cansan de repetir y publicar en las editoriales de Miami”(pág. 260).

Igualmente, y nadie debería sorprenderse por ello, Castro muestra escaso respeto hacia sus semejantes, a los que se suele referir con expresiones despectivas, predominando las de carácter machista y homófobo. El aprecio que muestra por la vida de los demás resulta nulo. En este sentido, la venganza ha sido uno de los leit motiv que le han guiado.

Asimismo, resulta muy conveniente que lean esta obra todos aquellos que han elevado a Castro a la categoría de icono de la democracia. El respeto del comunista cubano por la democracia liberal y sus principales herramientas, como las elecciones, resulta nulo, a las que llega considerar un ejemplo de debilidad. Con sus mismas palabras: “Para hacer la revolución no se necesita saber de economía, solo dominar y guiar a las masas. La revolución suprime las elecciones como condición sine qua non de su existencia […] Convocar elecciones en el transcurso de una revolución es equivalente a entregarse” (pág. 411).

Esta es la gran virtud de la obra: Castro a través de sus expresiones y de sus acciones se define. Por ejemplo, no duda en secuestrar a su propio hijo, ni en justificar los asesinatos de determinadas personas, ni en considerar determinadas declaraciones de sus principales allegados, como el Che Guevara, ejemplo de traición. De forma indirecta, el lector comprobará como uno de los elementos que sirvió para que el castrismo se perpetuara se basó en convertir delación en sinónimo de fidelidad al régimen. Esta estrategia, en la práctica, implicó que el miedo permease en la sociedad, condicionando su comportamiento.

Parte destacada de la obra es aquella que podríamos definir como “el manual del perfecto revolucionario” (según Castro, claro está). Son los años previos al golpe de Estado que dio al Gobierno de Batista, tras el cual, se perpetuó en el poder. En sentido, se echan en falta más alusiones a las relaciones de Cuba con la URSS, verdadero sostenedor del régimen liberticida de La Habana, aunque el protagonista tiende a reducir la importancia del apoyo recibido por Moscú. Tampoco abundan las referencias a la extensión de la “revolución” por otros países en América Latina. En este sentido, predomina la narración de todo aquello que rodea a Castro, de quien, por otro lado, más allá de una admiración por el poder absoluto, no sobresale una doctrina política coherente. No obstante, su influencia ha sido real y ha tenido en el socialismo del siglo XXI su continuador.

En definitiva, una obra necesaria para entender una parte esencial del siglo XX, sin que por ello se deba otorgar a Castro una importancia mayor que la recibida por otros tiranos que como él, han sometido a sus pueblos intentando despojarlos de toda dignidad en nombre de conceptos abstractos. En el caso de Cuba, el de “revolución”.