Opinión

Rajoy, toma nota

POCO A POCO

Borja M. Herraiz | Lunes 09 de noviembre de 2015

Quien haya frecuentado esta columna en las últimas semanas habrá caído en la cuenta, no sin mucho esfuerzo, que tengo debilidad por disparar a las grandes figuras más que por ensalzar sus virtudes. Creo que una buena gestión no llama al aplauso ni al jabón, pues considero que va en la responsabilidad del cargo.

Sin embargo, no son pocos los lectores, conocidos y no conocidos, que me han pedido una tregua, un tiempo muerto después de haber lapidado a golpe de tecla, con (de)méritos de sobra para ello, no lo duden, a Barack Obama, a Vladimir Putin, a Cristina Fernández de Kirchner, a Recep Tayyip Erdogan, a Donald Trump o a la Unión Europea.

En unos tiempos en los que no debe ser fácil ni cómodo sentarse al frente de un Ejecutivo europeo, creo que es de recibo llamar la atención sobre la notable gestión que está llevando a cabo David Cameron en el número 10 de Downing Street.

Si bien muchos le acusan de arrimarse al fuego que más calienta, que por momentos es verdad, nada motivo de sorpresa en el gremio, considero que estos arranques se deben más a un astuto pragmatismo que a un oportunismo premeditado. En cualquier caso, Cameron aplica dos recetas a casi todo lo que se trae entre manos: sentido común y mesura.

El desafío independentista escocés del pasado año resultó ser un claro ejemplo. Desde un primer momento, y le llovieron palos por ello, afrontó el problema de cara y como lo que era: un reto a la soberanía de Reino Unido, a su unidad y a su futuro como entidad conciliadora de varias naciones. Un marrón de semejante importancia requería un enfoque y una respuesta a la altura.

Con postura firme, escuchó, verbo olvidado entre demasiados mandatarios ajenos a la realidad ciudadana que les puso ahí, a los escoceses, les concedió el referéndum y les ganó en su campo. Les venció con un discurso conciliador, tendiendo la mano y ofreciendo soluciones.

Poco o nada ha aprendido el Gobierno español de todo aquello, aunque Rajoy sigue a tiempo de tomar nota y aplicar algún truco de la democracia anglosajona, que, como casi todo lo que viene de esos lares, por cierto, nos da sopas con ondas.

La crisis del Sinaí, más recientemente, no es sino otro ejemplo de la responsable gestión del Gabinete británico. Con 20.000 compatriotas varados en sus hamacas egipcias por culpa del siniestro del Airbus ruso, Cameron ha hecho primar su seguridad y ha movilizado Roma con Santiago para hacerles llegar a casa sanos y salvos, sin alharacas ni medallas. Lo primero es lo primero, más si de por medio se intuye el hedor de la peste terrorista.

En los últimos cinco años y medio, Cameron ha lidiado con éxito con una crisis financiera mundial que ha dejado sus cadáveres también en las islas, pero el marmóreo sistema financiero británico ha soportado mejor que otros los envites. Lo mismo si hablamos de desempleo, que si bien tuvo un repunte en los peores años de la recesión, vuelve a caer por debajo del 5,5 por ciento, sus mejores guarismos desde 2008, y con perspectivas positivas.

Además, supo llevar a buen puerto durante su primera legislatura un Gobierno de coalición con los liberales, que sin embargo salieron escaldados de aquella alianza. Similar panorama ha manejado la oposición, que ha visto como Gordon Brown o los prometedores hermanos Miliband tomaban las de Villadiego. Queda por ver en qué queda el recién llegado Jeremy Corbyn.

Cameron también ha hecho valer el peso de Londres en esa “relación especial” que mantiene con Washington, que por momentos les ha tratado como esa novia a la que le puedes pedir sin que tú des en la misma proporción. Sofá seguro.

Quizás el único 'pero' que le pondría, en esos lógicos derrapes inherentes al puesto, es su dubitativa gestión del debate sobre el futuro de la Unión Europea, con la que admite no tener “un vínculo romántico”. Es posible que haya dado demasiadas alas a los escépticos y se haya aprovechado de ese oportunismo antes mencionado que le ha llevado a querer saltar, si no lo ha hecho ya, de un barco que se hunde.

En cualquier caso, me parece un gran político. Un primer ministro responsable, consecuente, prudente e implicado, adjetivos todos que no suelo ni siquiera vislumbrar en muchos de sus homólogos, empezando por el español.

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