Opinión

Los Miserables

LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS

José Antonio Ruiz | Viernes 13 de noviembre de 2015

El abogado de Benzemá no ha podido ser más explícito: «En el mejor de los casos, mi cliente va a quedar como un imbécil y, en el peor, como un delincuente». (…) Digo yo que, de paso, el leguleyo podría asumir también la defensa de Mas & Company, a quienes aguarda un destino muy similar, pues yendo como han ido, de tropiezo en tropiezo, como Jennifer Lawrence, al final se les ha acabado viendo el trasero, como a la Gran Odalisca de Ingres, inquilina ilustre de El Prado, que oculta su hermoso culo con un abanico de plumas de pavo real, símbolo de la vanidad. La una, toda sensualidad; los otros, estúpidos con avaricia, como les adjetiva Financial Times: «The folly of Catalonia’s rush to Independence».

Tot o Res. España es la caña, fuera de contexto, como Elsa Pataky, toda ella sinceridad impostada, en El Hormiguero de Motos: «Pierdo muchas veces las bragas». Escuchando los gemidos que salen del Par-lamento de Catalonia, donde se viven días frenéticos como en el backstage de Victoria Secret’s, no es de extrañar que Barcelona sea el municipio con más cotorras argentinas, que la Agencia Antidopaje Mundial haya acusado a la Rusia de Putin de «dopaje de Estado», y que el moño postizo en los hombres esté marcando tendencia en los United States, donde manda el ‘negro’ de la Casa Blanca, que el otro día se pasó a desear suerte a Izpisua con los cerdos de la granja universitaria de Murcia, por el bien de la Humanidad.

Esto no lo arregla ni Margallo tocando la guitarra ni Montoro haciéndole las palmas y cantando por Camarón. Las multas de la UEFA las va a pagar el Barça; pero los incalculables destrozos de Arturo los vamos a pagar entre todos a escote.

Lo que va del delito en grado de tentativa al delito en grado consumado, nos lo explicó el profesor Landrove, con su brillante lucidez, hace ya más años que el último cumpleaños del tío Raimundo de Peñafort; y la institución de la legítima defensa, querido Gerardo, también. Pero, puestos en lo peor, a lo más que se exponen los desleales apercibidos por el Constitucional es a una regañina clemente de colegio de monjas.

Lo de menos es que Mas acabe convenciendo a los frikis de la CUP para que le permitan ser presidente florero o chica body painting mientras ultima la mudanza para largarse de Espanya, como la Gallina Blanca de Avecrem, antes de que un juez le retire el pasaporte o Mariano le envíe al motorista. A estas alturas de la charlotada, a lo único que puede aspirar el sujeto de la triste quijada es a protagonizar la performance de su martirio una vez investido, inmolándose a lo bonzo, si tuviera cojones, en lo alto del balcón del Palau de la Generalitat, con su maxilar inferior apuntando a Canadá, donde le aguarda un puesto de mancebo en la rebotica de la botica de la farmacéutica cantonalista.

No va a haber nuevas elecciones, sencillamente porque un tal Baños, el barbas del chaleco de su abuelo, que no es precisamente Churchill ni Adenauer, no se va a ver en otra. Y Arturo, al fin y al cabo, sólo aspira a salvar sus hemorroides a costa de perder su honra, que, dicho sea al paso, hace mucho que anda en paradero desconocido, junto con la dignidad ausente. Mas ya tiene redactado el discurso del adiós, adornado con el estribillo de Dyango («Me tengo que marchar aunque no quiera. La vida se ha burlado de los dos»). Lo único que está implorando a los anarquistas del flequillo al hacha es que le dejen pronunciarlo con golpes de epiglotis y sentidos golpes de pecho, para salir después corriendo como cualquier robagallinas perseguido por la Guardia Civil.

Cierto que aquí en Madrid tampoco nos privamos de nada con el mes de los callos, la M30 a 70, la ciudad sin coches y la boina de la polución jodiéndonos lo que viene siendo el systema respiratorium, dicho sea en latín. Pero puestos a buscar consuelo, nada comparable al patetismo de unos pobres ‘mataos’ y de una pobre Catalunya cautiva de tanto ‘jili’, pues contadas unas pocas salvedades, hay menos luces en el arsenal del Parque de la Ciudadela, donde sus señorías, que en la garita desde donde los ‘aceitunos’ custodiaban la morada de doña Esperanza Aguirre.

Día llegará a no más tardar en esta España bipolar nuestra, que comenzarán a salir de su madriguera los redentores de siempre, pidiendo clemencia con los derrotados y el perdón del ofendido para restañar las heridas sin humillar innecesariamente a los susodichos.

Pero los votantes fanatizados merecen lo que tienen y lo que les aguarda, no un episodio baboso de mamoneo, pues a la primera ocasión que se les presente volverán a las andadas y no es plan, o sea, pues con el permiso de los académicos de la RAE, la tontuna ‘antropogénica’ tiene menos remedio que los males del verso de Jorge Manrique.

A este cronista le interesa mucho más el Discurso sobre la miseria de Víctor Hugo («Vous n’avez rien fait!»… Y tal y tal), o ya puestos en la petulancia más exquisita, la secuenciación del genoma mitocondrial de la momia del Aconcagua, que las chorradas que puedan soltar individuos como Alberto Montañés, independentista de la pelota, que dice en Twitter que le dan ganas de vomitar cuando ve a Rajoy, que con todos sus defectos y visto lo visto, al final va a ser un bendito, aunque este cronista jamás le podrá perdonar que supedite la edificante lectura de un buen libro a su extraña querencia por el diario Marca.

A los doctores Guillén e Izpisua, queridos Pedro y Juan Carlos, que compensan con su talento inalcanzable y su bonhomía la mediocridad reinante en este mundo descabellado como el torito guapo de El Fary.

Y a España, con Cataluña dentro, oiga: Un respeto.

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