Hay cosas, como la muerte, que en general llegan de manera inesperada. Nadie sale de su casa a presenciar un juego de fútbol pensando en la posibilidad de que justo ese día a un grupo de extremistas se le ocurrirá lanzar un atentado de gran escala en las calles de París con un saldo de 160 muertos y un montón de heridos. A uno no le queda más remedio que convencerse de que, en efecto, en este momento en el que vivimos, la humanidad se encuentra transitando por la Marcha de la Locura.
Yo creo que nos encontramos atrapados en la complejidad de los tiempos que nos ha tocado en suerte vivir. No solo se trata de una confrontación cultural y militar que da al traste con la ilusión de que vivimos en una dinámica cosmopolita y civilizada, sino que además nos encontramos ante una lógica que hace referencia al quiebre fundamental de los valores de la humanidad. Esto de asesinar sin compasión a alguien simplemente porque profesa una religión distinta, porque tiene otro sistema de valores es abominable, de alguna manera, desdice de la condición humana.
Ciertamente era espantoso ver a la gente de ISIS destrozar estatuas a martillazos, destruir reliquias antiquísimas, arrasar con todo aquello que considerar opuesto a sus ideas y a sus creencias. Se trata de un modo de actuar que se fundamenta en una mirada simplista, alienada y primitiva del mundo complejo en el que vivimos y de sus múltiples diversidades. Se trata, por supuesto, de la construcción del odio como un mecanismo de cohesión y de movilización política a partir de la diferencia. Se odia todo aquello que se considera diferente y que crea disonancia a un determinado sistema de valores y creencias.
Se mira desde la irracionalidad desbordada al otro como un agente del mal que debe ser destruido. Se trata de la misma mirada desde la cual se destruyeron las Torres Gemelas, o desde las que se atacó a la revista Charlie Hebdo. La vida civilizada solo es posible allí donde prevalece la tolerancia, se acepta la diferencia, se respeta el derecho del otro a pensar de la manera como lo hace, profesar la fe que le plazca o no profesar ninguna. Nadie puede abrogarse el derecho de decirle al otro como debe pensar o como debe rezarle a Dios. Nadie puede abrogarse el monopolio de la Verdad.
Quienes lo han hecho en la historia de la humanidad han justificado el asesinato masivo, la desaparición de los contrarios, la imposición de la fe, la supresión de las diferencias y la imposición del miedo. Se trata de un intento por establecer el silencio como mecanismo de control social, del intento por establecer la presencia de una sola voz desde la cual se dirige a los acólitos y se castiga a los infieles. Se trata de una muestra de esa sinrazón que produce monstruos.
El ataque a París ha sido catalogado como el peor de los que ha recibido la vieja Europa en los últimos 40 años. Ha sido un ataque sangriento en contra de población civil, no combatiente, de gente que andaba en lo suyo, atendiendo sus asuntos privados. Estamos ante una muestra cruenta de ausencia del sentido de humanidad. Se trata de la búsqueda por desestabilizar la lógica civilizatoria de occidente. Se trata de una afrenta en contra de la lógica de la modernidad, del encuentro cívico, se trata de la imposición de la guerra.
Vivimos tiempos difíciles, caracterizados por la intransigencia propia del fanatismo desmedido. Ahora resulta que es pecaminoso ser diferente, pensar diferente o profesar una fe diferente. Ciertamente lo que cuestionan estos grupos fundamentalistas no es otra cosa que la cultura misma de la humanidad., el derecho a convivir en paz, la posibilidad humana del encuentro civil, la aspiración de resolver los asuntos civiles desde una lógica civilizatoria.
Bauman nos habla de una modernidad líquida y de los miedos asociados a un momento que nos coloca frente a la pérdida de las certezas, al cuestionamiento permanente, a la búsqueda de nuevas respuestas para problemas que son en extremo complejos. Asusta pensar que los ataques terroristas que enfrenta la humanidad, la imposición de nuevas formas de autoritarismo, la práctica del fanatismo ciego, la utilización de la religión como justificación del odio, de la exclusión, del ataque artero y traicionero.
Quizás estemos, permítaseme pensarlo de esa manera, ante una nueva época de tiempos oscuros, en los cuales nuestra seguridad se encuentre permanentemente en riesgo sin importar cuales sean las latitudes en las cuales nos encontremos en un momento determinado. Se trata de la aparición de formas del juego político que recuerdan las dinámicas del mundo medieval, en la cual la sociedad se encuentra bajo un asedio permanente que se estructura desde sus enemigos externos tanto como de aquellos que la habitan internamente.
De manera que habitamos un mundo dual en el cual lo global que nos conecta, que nos dimensiona allende las fronteras del Estado Nacional y nos redefine a través de la virtualidad, convive con una dinámica en la que privan formas de funcionamiento pre- políticas y por tanto primitivas. Es necesario hacer frente a la amenaza que nos pone en riesgo como miembros de la sociedad humana, como sujetos de derecho, como ciudadanos del mundo. Es necesario construir para la paz y para la seguridad, aun cuando será un juego difícil y dolorosamente costoso. Enfrentamos a fin de cuentas el juego perverso de la intolerancia y el odio.