Martes 17 de noviembre de 2015
Tras el impasse por los atentados de París, ayer el nacionalismo catalán volvía a lo suyo con un nuevo intento de acuerdo desde Juntos por el Sí hacia la CUP. El encargado esta vez fue Francesc Homs, quien pedía a los antisistema “un compromiso inequívoco con los valores occidentales y europeos”. Todo un brindis al sol para un partido que ha declarado abiertamente querer salir del euro y no estar de acuerdo con el modelo de la UE.
Sin embargo, hay más puntos en común de los que algunos creen. A finales de la semana pasada, el Parlament rechazaba nuevamente investigar a Artur Mas por las tramas de corrupción que envuelven a Convergencia. La CUP le negaba su apoyo como presidente, pero sí en cambio le permitía seguir impune en la causa que investiga el saqueo sistemático de Cataluña durante décadas.
Coincidía en el tiempo con la calificación de “bono basura” -la más baja posible- dada por la agencia Fitch a la deuda catalana. Traducido, sólo España seguirá comprando títulos catalanes, aún a sabiendas de que la Generalidad no paga. Además, a principios de mes se descubría un nuevo agujero presupuestario de más de 1.000 millones de euros, lo que llevaba al consejero de economía en funciones a decir que el Govern tendrá que hacer “dolorosos recortes en áreas sensibles”.
Todo lo anterior pone de relieve dos de los pilares fundamentales del secesionismo: se usa para tapar el enorme entramado de corrupción que ha creado el nacionalismo catalán en su conjunto y para justificar su incapacidad en labores de gobierno. O de desgobierno, habría que decir. Así pues, si la CUP persigue realmente la regeneración de la vida pública catalana, que empiece por pedir responsabilidades a quienes las tienen; Mas el primero.
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