MACGUFFIN
Laura Crespo | Martes 17 de noviembre de 2015
Nadie en su sano juicio es capaz de quedarse impasible ante la brutal matanza cometida el viernes en el centro de París. Desde las informaciones más pulcras a las más sensacionalistas, ninguna refleja otra cosa que el horror, la incomprensión y la desesperanza. Y desde aquí, punto y aparte. Los debates que se generan una vez contados los muertos y aclarada la autoría son tantos y con tal amplitud de matices que los más incendiarios llegan a remover esa primera e inamovible realidad. Y no. Plantear preguntas y abrir rutas alternativas no significa negar la evidencia de la barbarie.
Los bombardeos “quirúrgicos” de Francia sobre posiciones de Estado Islámico en Siria pueden estar justificados, incluso ser útiles si con ello se consigue mermar los recursos del grupo terrorista en el aquí y el ahora. Pero, ¿qué pasa con el mañana? Estado Islámico ha demostrado una capacidad abrumadora de captación. Conoce a la perfección cuál es el caldo de cultivo adecuado para el odio, el extremismo y la sinrazón y sabe, a pesar del Estado de corte medieval que predica, cómo utilizar las herramientas del siglo XXI para explotarlo. Contra esta táctica, la educación y la integración son armas clave, a pesar de que el dolor de la herida abierta impida digerir adecuadamente estos conceptos.
Parece que los líderes del autoproclamado Califato no tienen muchos problemas para sumar efectivos, tanto dentro como fuera de los territorios que controlan en Siria e Irak. A parte de un puñado de abducidos que perpetren actos macabros en pos de los intereses –como siempre- de poderosos apoltronados en sus mansiones, la otra gran necesidad de Estado
Islámico es la financiación. La procedencia del grueso de su riqueza está más que clara y contrastada: la venta de petróleo extraído de los nueve puntos estratégicos –la mayoría del país- que controlan en Siria. Con ella, ganan más de 1,5 millones de dólares diarios. Pero, ¿quién compra ese petróleo? ¿Quién financia a EI? Según algunos analistas, es difícil conocer la procedencia exacta de ciertas remesas de oro negro que se distribuyen a través de redes de contrabando afianzadas desde hace años, desde que el embargo, primero a Irak y luego a Siria obligara al empresario local –y a los clientes cercanos ávidos de ofertas- a buscarse la vida. Además, según documentos publicados recientemente por el Financial Times, son comerciantes independientes quienes compran el crudo de los yihadistas para su posterior reventa, una cadena que diluye el verdadero origen de la mercancía. Pero cuando se está en guerra efectiva y teniendo en cuenta las capacidades de los servicios de inteligencia de los que presume de cuando en cuando el mundo desarrollado, el supuesto desconocimiento no es excusa para que una parte de ese petróleo termine en los coches, las casas y las fábricas de los mismos Estados que lanzan bombas sobre Siria para frenar a los terroristas.
Este mismo lunes, tras el golpe del yihadismo al corazón de Occidente, Estados Unidos atacó por primera vez un convoy que transportaba petróleo de Estado Islámico. Un primer y tardío paso, quizás. Un parche, puede que también. Porque ya en septiembre del año pasado la embajadora de la UE en Irak, Jana Hybaskova, afirmó que Estados comunitarios compraban petróleo exportado por EI. Ninguna investigación al respecto. Otras fuentes no descartan que una parte de ese crudo termine en empresas estadounidenses. Tampoco se ha incidido en ello. Sólo se ha señalado a Turquía de manera más o menos explícita como principal cliente de las redes petroleras de los yihadistas, y aún así la UE se comprometió hace unas semanas a revisar a la baja sus exigencias para que Erdogan ingrese en el club de los Veintiocho a cambio de frenar la avalancha de refugiados en sus fronteras, manteniéndolos alejados de Europa. Esos refugiados que, por cierto, empiezan ya a pagar por la barbarie de la que huyen.
El tablero es complicado desde el primer y más básico análisis de los factores que tenemos a mano. Más, si se suma el trasfondo opaco y enmarañado de intereses políticos y económicos que subyace en cada conflicto bélico. Y mientras, pagan los mismos. Sufren los mismos. Aquí y allí. Con más o menos visibilidad. Esperando a una respuesta real y sincera al terrorismo. Aguardando a que los Estados, todos, y más allá de emotivos y necesarios homenajes, trabajen únicamente por y para los ciudadanos.
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