Opinión

París, viernes 13

TRIBUNA

Juan José Vijuesca | Miércoles 18 de noviembre de 2015

Ustedes y yo podríamos haber estado allí, en la rue Charonne, en el Bar Le Carrillon, en el restaurante Le Petit Cambodge, en el Boulevard Voltaire o incluso en la sala de conciertos Bataclan; pero no. La pasada noche del día 13 no tuvimos tiempo de una quedada y por aquello del azar hoy, apenas cinco días después, nos escribimos y nos leemos como hacemos cada miércoles. Por desgracia otros no tuvieron la misma suerte.

De nuevo los que aún damos fe de nuevos amaneceres soportamos el peso de unas almas que vagan entre un viernes sin suerte y un París que dejó su romántica estética, porque esa noche el amor murió 129 veces (por el momento) en una libertad cada vez más prisionera de sí misma. Los asesinos no matan por pecado, no lo hacen por faltarle el respeto al universal mandato de “No matarás”, lo hacen porque el paraíso al que van tiene unas puertas giratorias que permiten dar la vuelta y regresar una y otra vez a lo mismo. París, Madrid, New York, Londres, etc., cualquier punto del planeta está condenado porque la factoría de la barbarie se alimenta gracias a quienes la financian y protegen. El monstruo crece y con él un odio homicida sin fronteras.

Algo está fallando cuando el ciudadano de orden tiende la mano y a cambio recibe una bala. No parece tarea fácil lo de fusionar libertad con seguridad, mientras la libre barbarie intente adueñarse a toda costa de una franquicia cuyas propiedades democráticas, por suerte, sirven igual para cualquier ciudadano sin distinción de raza, color, religión, condición sexual o diversidad idiomática; pero está claro que no existe equivalente reciprocidad.

La Europa de hoy en día se ha visto transmutada en Arcadia, ese lugar entre la utopía y la realidad. Casi toda la fortaleza que ostenta Occidente descansa sobre el basamento de las reformas estructurales, los ajustes y los recortes presupuestarios. Toda una gama financiera que centrifuga nuestro estado de bienestar pero que a la vez nos hace ser más débiles frente a un enemigo cada día más metido en su papel terrorista. Europa ha perdido músculo batallador porque las democracias es lo que tienen, gozan de la libertad, de la igualdad y la fraternidad que todo ser humano adquiere en derecho de connivencia con la paz y eso parece incomodar a quienes comulgan con otra clase de pan ácimo. Este nuevo atentado, al igual que otros anteriores, forma parte de un fanatismo abierto en canal. El Estado Islámico no juega de farol y matar a diestro y siniestro es la razón de su cruzada contra Occidente.

Resulta escalofriante, por tanto, esta espiral de muertes, como de igual manera poder entender como cientos de jóvenes occidentales se prestan al alistamiento yihadista con el claro objetivo de convertirse hoy en verdugos y mañana en mártires. Tal vez el desarraigo de valores sea la causa. Terrible advocación para quienes han gozado de los principios fundamentales de un sistema democrático con sus errores pero con la pacífica justicia como única arma arrojadiza frente al adversario.

El propio Papa Francisco está confundido. Se ha pronunciado al respecto de esta tragedia: “No hay justificación religiosa ni humana” Y usted que lo diga, Santidad, porque esta no es una guerra al uso, esta es una guerra santa que a nadie engaña cuando vemos a verdugos con sus blancas armas afiladas enseñando a niños y adolescentes la doctrina de cómo matar al infiel. No es una rivalidad de plegarias, es una guerra de reconquistas donde ajusticiar infames les reencarna califatos perdidos.

Son tiempos difíciles, por eso ahora es preciso estar más unidos que nunca para asumir juntos el rol de lo incierto, porque el odio, el fanatismo y la idolatría conceptual reglada son elementos que radicalizan al individuo, le dispersan y le apartan de la razón. Ser pacificadores es lo deseable, ignoro si a través de cordura contra cordura sería suficiente empeño, otra cosa bien diferente es que el islamismo radical deje de creer en sus propios paraísos y en su hambre justiciera. Difícil tarea se antoja, mas no por ello debe invadirnos el miedo, porque nunca se ha de tener miedo del día que aún no hemos visto.

En fin, esa noche pudimos estar allí ustedes y yo, pero no sucedió, y por eso hoy nos escribimos y nos seguimos leyendo, como les dije al principio. Otros no corrieron la misma suerte. Así pues, por ellos y para ellos, el mejor de los sentimientos siempre en libertad, en igualdad y en fraternidad.

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