Se ha confirmado que en el complejo y brillante asalto de las fuerzas especiales francesas al inmueble de la calle Corbillon en Saint-Denis, uno de los terroristas abatidos fue el presunto organizador y cabecilla de los brutales atentados del 13-N en París. La muerte del terrorista, y la de sus hermanos de sangre yihadistas que estaban con él, no va, desgraciadamente, a devolver la vida a las víctimas inocentes del 13-N, pero ha conseguido evitar un nuevo ataque, pues su guarida del barrio parisino era un auténtico arsenal y estaban listos para cometer otra salvajada. Pero la amenaza, por supuesto, continúa. El Estado Islámico (EI) ha declarado la guerra a todo Occidente y debemos prepararnos para hacerle frente. Y vencerle.
No será esta una tarea fácil ni que no exija sacrificio, coraje e inteligencia. Y hablando de inteligencia, los servicios policiales de varios países europeos debenexplicarnos cómo es posible que este terrorista, más que fichado, se pasease desde Siria, vía Turquía, hasta Francia sin ser detectado y, cuando menos, retenido e interrogado. Porque la guerra que ha declarado el yihadismo asesino tiene unas características tan especiales como inquietantes. Empezando por el hecho de que el enemigo está en casa. Y ya no solo con los lobos solitarios. Los yihadistas están organizados y puede haber células por doquier. Así se ha corroborado con Abdelhamid Abbaoud, el cerebro del 13-N, ahora abatido. El yihadista belga pertenecía a una familia acomodada, y no en absoluto en situación precaria, y aparentemente integrada. Pero Abdelhamid Abbaoud ha resultado impermeable a la educación recibida, a los valores del país donde nació y que generosamente acogió a su familia. Estos días la prensa gala ha difundido un vídeo del EI en el que un Abdelhamid Abbaoud feliz y sonriente transporta y entierra a civiles asesinados en Alepo.
Algo tremendamente desasosegador y que lleva a plantearse no pocos interrogantes y, en cualquier caso, a ser muy conscientes de ello. La batalla contra el EI tiene ya dos frentes: los territorios en los que se ha asentado, principalmente Irak y Siria, y Occidente amenazado, en estos momentos sobre todo Europa. El primer ministro francés, Manuel Valls, ha llegado a decir que no descarta el riesgo de armas químicas y bacteriológicas en venideros ataques terroristas. Y ante esos dos frentes y la certeza de que estamos en guerra habrá que tomar medidas para combatir al yihadismo en ambos escenarios de la batalla. Sin medias tintas ni tibieza o mera retórica, por muy difíciles y políticamente incorrectas que puedan resultar algunas decisiones. No es precisamente con diálogo ni cantos de paz, por mucho que sorprendentemente lo propugne Manuela Carmena -¿se habrá enterado la alcaldesa madrileña de con quién nos la jugamos?-, como vamos a terminar con la yihad criminal, con quienes, absolutamente fanatizados, secuestran, violan a las mujeres y las venden como esclavas, decapitan, asesinan, cometen masacres. Y muchos de ellos están en casa. Como ese Abdelhamid Abbaoud de siniestra sonrisa.