A juzgar por diversos acontecimientos de la vida española hodierna, los horacianoslaudatores temporis acti volveríamos a estar de actualidad, tras un largo periodo de escarnio y descrédito por estimarnos la opinión pública dominante aliados naturales de reaccionarios e integristas de todo tipo.
El pensamiento progresista o radical nunca se distinguió, en efecto, por la reivindicación del pasado. Situado su desiderátum en el futuro, cuando la ideología ilustrada o utópica hubiese alcanzado sus postreras metas, el ayer solo se valoraba como espejo y camino opuesto a la deriva que debería seguir la Humanidad hasta alcanzar la felicidad universal. De ahí que, incluso, pese a la instintiva simpatía inicial cara al movimiento romántico, este no tardaría en ser ásperamente criticado por los ilustrados y sus herederos progresistas al comprobar el culto al pasado que sus obras y autores le profesaban ilimitadamente.
En la mutación generalizada del presente que algunos, de manera apresurada y errónea, ven como un cambio completo de paradigma axiológico de la Humanidad, las tornas semejan haber dado la vuelta otra vez, con la exaltación a troche y moche de la memoria en los países cuyo modelo cultural progresista-marxista se descubre firmemente arraigado, a la manera del de la inmensa mayoría de las naciones de Occidente, entre ellas, por supuesto, la nuestra. Como en Italia, Argentina – piedra miliar de su ayer reciente en el “Día Nacional de la Memoria por la Verdad y Justicia”- o Alemania –en proporción menor, Rusia…- en la España del presente se asiste en las esferas del poder y en porción sustancial del imaginario colectivo a una verdadera hipertrofia de la sensibilidad por el pasado y su custodia por los guardianes de la memoria, que no son casi nunca los profesionales de Clío, a fin de que los culpables de los crímenes y horrores que llenan la crónica del siglo XX no escapen a la justicia de los pueblos. En la auténtica industria cultural creada en torno al movimiento reparador círculos dinámicos e influyentes se afanan en la península italiana por no dejar sin sanción memorialística los atropellos del fascismo, con juicios penales sobre sus escasos supérstites y la destrucción de sus símbolos; e igual ocurre en el más italianizado de los países de Iberoamérica, Argentina, con la dictadura implantada en 1976, y en España con la franquista o en Francia con la de Pétain, sin olvidar, claro es, el Portugal salazarista, revistiendo el caso alemán unas características que desbordan las de los ejemplos precedentes, generando en torno a él una narrativa específica.
Los historiadores profesionales –no confundir con los burócratas o funcionarios de las mil parcelas gobernantes en que hoy se desparrama el poder central de los estados- son los primeros -¿qué duda puede caber?- en condenar los desmanes de toda suerte a cargo de los regímenes autoritarios o dictatoriales antecitados. Pero jamás pretenderán usurpar o reemplazar a jueces y magistrados. En su fuero interno, la indignación alcanzará cotas no inferiores a las de los “revisionistas” más alhacarientos: empero, sus estudios se centrarán en analizar y explicar las causas y el cómo de asesinatos y desafueros, dejando al lector las conclusiones pertinentes, incardinadas sin otra opción o alternativa que el rechazo más absoluto.
Sin ataraxia ni pasividad frente a tan pesaroso ayer, es, no obstante, llegada la hora de que tan importante tema se “profesionalice” con rigor extremo visiones llenas, a menudo, de recta intención y sugestivo talante, pero horras, de sólito, de una mínima acribia. La opinión pública ha de estar, por supuesto, con frecuencia informada del curso de las difíciles investigaciones en torno al trascendente asunto, mas las plumas que asuman el peliagudo e inesquivable cometido han de cumplir con todos los requisitos que Cicerón o Cervantes exigían a los verdaderos historiadores y las modernas propedéuticas y metodologías no han hecho otra cosa que revalidar.