MIRADA ESCOLÁSTICA
Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 20 de noviembre de 2015
En un pueblo precioso y, por tanto, casi perdido, de la noble provincia de Cuenca, una alcaldesa ha sufrido una invectiva machista en la que su culo ha sido el centro de los dardos mordaces. Aunque no podemos justificar ninguna injuria – ni tan siquiera contra los alcaldes y las alcaldesas -, llama la atención el aparato de cultura que presupone esta epilepsia injuriosa, esta opugnación afrentosa, pero con resonancias y cadencias de yambos horacianos, procaces versos fescenninos y gracejos quevedescos. La agresión verbal culta e ingeniosa hasta nos parece un ataque menos acerbo, y más entre la honda racialidad que fundamenta a los políticos españoles. Por lo demás, el culo olcade de una alcaldesa puede conllevar una importancia política de primer orden, desde luego mucho mayor que los asuntos políticos habituales que tanto nos aburren.
Desde luego un culo es un culo, y un “culo magnífico y mayestático”, como parece ser el de esa primera edil, no puede nunca ser objeto de detraimiento y deshonor. Difícilmente casa el encomio o panegírico de un culo celtibero – de mayor importancia que el que hiciese Isócrates, por supuesto - con la hiriente crítica a su portador. Un panegírico que invita a una parénesis clemente contra el injuriador y machista malhablado.
Porque se dice que el culo de la alcaldesa merece que sobre él se escriban sonetos, epicedios y elegías – se supone que epicedios y elegías de amor, more Romano, y no poemas fúnebres como los entendían los griegos -, de ello podría deducirse que es un culo hermoso. Pero un culo hermoso absolvería de cualquier tropelía política o administrativa; lo que nos lleva a que todo esto es una pura contradicción del machista injuriador.
Aunque este epodo de prosa recia y choricera no llega a la elegante brutalidad de aquel octavo epodo horaciano sobre aquel culazo de una vieja enemiga alcahueta (“hietque turpis inter aridas natis/ podex velut crudae bovis” ), la violencia verbal, sin embargo, es exagerada, y, desde luego, impropia no de un concejal español, pero sí de un ciudadano español que usa términos clásicos como “epicedio”. La cultura clásica no debería servir para echar leña más ígnea a la ya amplia hoguera de vuestra violencia patria, sino para buscar soluciones de entendimiento y convivencia. Los clásicos no traen al presente ordinarieces ni saña virulenta, sino humor humanista que nos increpa contra nuestra estúpida altivez de seres morideros, contra nuestra maldad necia y zafia, contra ese egoísmo nuestro ilimitado cuando somos tan frágiles y caducos como mariposas, contra la guerra, pero también contra cualquier tipo de dictadura mental, como la de “lo políticamente correcto”, contra la seriedad y gravedad plúmbeas, y también contra todo tipo de servilismo y abyección ignominiosas, así como contra el hipócrita puritanismo sempiterno de los más depravados. Ese concejal cultiparlante de mala uva y tan poco delicado con las señoras debería utilizar su erudición clásica para empresas, sin duda, más nobles y eficaces, como la de componer un panegírico sobre España de tipo parenético en la que se aluda a que Cataluña es España, por ejemplo, y dado que lo exige la acuciante actualidad.
El gran poeta bilbilitano Marco Valerio Marcial, contemporáneo de la dinastía Flavia, y padre del genio aragonés con sus epigramas picantes, ácidos y salados, discrepaba en uno de ellos de quienes pensaban que un fulano ensuciaba la piscina de unas termas porque en ella se limpiaba el culo, y explica su oposición con este genial epifonema: “Zoilo no ensucia las aguas de la piscina porque en ellas se lave el culo. Si queréis que las ensucie de verdad, que meta la cabeza (“merge caput”)”. Y es que el culo en sí es siempre inocente. Elocuente es la doctrina de los estoicos sobre este punto que nos transmite Cicerón, que partiendo de las antiguas sentencias “naturalia non sunt turpia” y “omnia munda mundis” defendía que no hay torpeza alguna en las cosas, y mucho menos en las palabras que las designan. La obscenidad no está en la palabra, tampoco en la cosa, sólo en la rijosidad del oyente, que oculta su lascivia con inveteradas gazmoñerías y torpes mojigaterías.
En fin, dejemos en paz el pobre culo de la alcaldesa conquense, que es el único que no tiene culpa de nada, y ha sido el argumento de una tonta logomaquia, y participemos en combates más verdaderamente políticos, como el de impedir que Cataluña deje de ser española.
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