Traducción de Efrén del Valle. Crítica. Barcelona, 2015. 259 páginas. 21,90 €. Libro electrónico: 12,99 €
Por Alfredo Crespo Alcázar
Merced a un laborioso trabajo de investigación, Jonathan Walker nos acerca un episodio, ciertamente desconocido, que aconteció en la recta final de la Segunda Guerra Mundial, justo cuando la Alemania nazi había sido vencida. Para ello, analiza cómo eran las relaciones en el interior del bando aliado, cuya característica más sobresaliente radicaba en su carácter heterodoxo pues en el mismo convivían democracias consolidadas (Reino Unido y Estados Unidos) con regímenes dictatoriales (la URSS). Unos y otros se habían unido para derrotar a Hitler. Sin embargo, una vez conseguida esta empresa, aparecieron algunos interrogantes cuya resolución pudo haber provocado el enfrentamiento militar.
Uno de ellos, alrededor del cual Walker vertebra este libro, Operación “impensable”. 1945. Planes secretos para una tercera guerra mundial, tenía que ver con los deseos expansionistas de la URSS, en función de los cuales, Polonia se había convertido en objeto del deseo del dictador Stalin. Este fenómeno lo percibió Winston Churchill y para ello ideó la operación “impensable” destinada a erradicar la apetencia soviética.
A partir de ahí, el lector comprobará varios aspectos interrelacionados. En primer lugar, la combinación de rechazo y temor hacia el comunismo que caracterizó a Winston Churchill. Éste, al contrario que los presidentes norteamericanos Roosevelt y Truman, sí que entendió el carácter liberticida del régimen moscovita y trató de reducirlo, meta que no consiguió.
Jonathan Walker profundiza en las razones de esta suerte de fracaso del político británico, lo cual hace de la obra un referente para historiadores y politólogos. Así, el autor se detiene para explicar cómo el esfuerzo bélico y la necesidad de lograr apoyos frente al fascismo/nazismo provocó que en Reino Unido se proyectara, principalmente a través de la prensa, una imagen positiva (y en consecuencia alejada de la realidad) de Stalin. En esta idea insiste en numerosas ocasiones enfatizando las dificultades de convertir al antiguo aliado en enemigo, negando su carácter hostil de cara a la inmediata posguerra, pese a que el Ejecutivo laborista de Clement Attlee condenó los gobiernos títeres que Moscú estaba imponiendo en Europa del Este.
No obstante, el carácter visionario de Churchill fue en su contra, por ejemplo, en el escenario doméstico al perder las elecciones de 1945. Así, el político tory recibió la escarapela de ser “incapaz de librarse de la mentalidad de guerra, ni siquiera con la llegada de la paz. Sin embargo, para Churchill, Gran Bretaña y el mundo libre se enfrentaban ahora a un nuevo enemigo que había adoptado la forma del comunismo invasivo” (pág. 144).
Como consecuencia de no implementar las tesis de Churchill, Polonia resultó fagocitada por la URSS. Antes de que ello sucediera, podemos percibir una política exterior ciertamente relativista (incluso buenista) de Estados Unidos, en particular de su presidente Roosevelt, junto con otro factor que puede explicar el fracaso de los planes de Churchill: el declive paulatino del Imperio británico. Este último hecho impedía que Reino Unido pudiera por sí solo liderar cualquier enfrentamiento bélico contra el comunismo.
Finalmente, del escenario político británico pueden resaltarse dos aspectos interrelacionados. Por un lado, el atlantismo del ministro de Exteriores Ernest Bevin (Partido Laborista) que chocaba frontalmente con las aspiraciones de las bases laboristas, contrarias a prolongar la guerra una vez derrotada Alemania. Por otro lado, el carácter de referente en el plano de las relaciones internacionales que adquirió Churchill a partir de 1945 pese a no ser primer ministro, desarrollando un discurso cuyo punto central consistió en enumerar los riesgos que implicaba el comunismo para la seguridad y la libertad occidental, proponiendo diferentes fórmulas de resolución. Una de ellas, quizás la principal, la unidad europea.