La resaca de una exhibición semejante a la ofrecida al planeta en el Santiago Bernabéu el pasado sábado planteaba al Barcelona un desafío tangible: cómo mantener el hambre y la motivación en plena resaca. No ayudó a este menester el empate cedido por el Bayer Leverkusen en Borisov a las 19:45. El reparto de puntos clasificó de manera matemática a los líderes de la Liga española, que tan sólo adolecían de un empate para pasar, además, en cabeza del grupo E. La tribuna añadió su ingrediente político a un Camp Nou salpicado de esteladas que, además, pitó con alegría el himno que la UEFA ideó para su máxima competición. La lectura de éste punto atmosférico como merma en la pugna íntima por la concentración deportiva quedaría en tela de juicio con precocidad.
Luis Enrique no contempló espacio para probaturas o rotaciones exageradas y aceptó la directriz de proseguir la inercia alineando a Messi en el once inicial. Recuperaba el Barça su tridente, cortado de forma abrupta el 26 de septiembre. Para equilibrar la apuesta pobló el técnico asturiano de músculo la medular, sentando a Iniesta y entregando el abrigo de Busquets a Rakitic y Sergi Roberto. Alba y Alves se añadirían al centro del campo para continuar el ejercicio de posesión y presión que arruinó el temple merengue. La circulación de la pelota con ánimo ofensivo, el achique de espacios y la vigilancia a la transición italiana mantenían su vigencia para una zaga a la que regresaba Vermaelen. Imponer el pentagrama de exigencia técnica al oponente subrayaba la filosofía de este proyecto que luce automatismos y ferocidad a estas alturas de calendario.
Rudi García arribó a la ciudad condal sin Gervinho, Salah y Totti, tres piezas atacantes referenciales. Tampoco recuperó a tiempo al ancla equilibrador, Danielle de Rossi. No añadía optimismo al esquema esta baja, pues la Roma había encajado 24 goles en 17 partidos oficiales este curso. Quiso el preparador francés implementar el repliegue y salida como leitmotiv, colocando a Maicon y Digne en los laterales y a Florenzi y Falqué en el rol de carrileros. Nainngolan y Keita acompañarían a su única pieza creadora, Pjanic, y Dzeko habría de mostrar inteligencia para desahogar el horizonte como nueve. La teoría señalaba el cierre de filas y la velocidad para desestabilizar la calma posicional blaugrana. La eficacia en ambas fases del juego marcarían la distancia a recorrer en esta empresa de altura.
Arrancó el duelo con el despliegue del escenario que condicionaría el partido: la Roma no cedería metros, alzando la altura de su zaga, y el Barça dictaría un ritmo rápido repleto de verticalidad, desafiando el pulso táctico lanzado por los visitantes. Messi avisó con prontitud a través de un chut tenso desde la frontal que despejó Szczesny tras sentar con el resuello a Rudiger. El Barcelona amaestraba antes del 10 de juego a su oponente manteniendo la presión elevada, hecho que complicaba la precisión de la salida de pelota romanista, menos dotada técnicamente que Piqué y compañía, y provocando que el guión del Lucho tomara cuerpo a las primeras de cambio. La pelota y el mando eran catalanes. Los subcampeones del Scudetto debían adaptarse o mantener su arriesgada apuesta posicional.
Messi actuó en el inicio desde la banda y con libertad hacia el centro, con Rakitic y Sergi Roberto configurando una red de piezas que se movían entre líneas. Esta disposición, que añadía a los laterales en búsqueda del espacio dejado a la espalda de la defensa, provocó una tormenta de llegadas que contempló el gol anulado al 10 por fuera de juego de Alba y el remate desviado de La Pulga en el 9. El pase profundo, con precisión fina, de Busquets rompió las líneas y encontró el desmarque al espacio de Messi, que no se topó con el poste por poco en su intento cruzado. Mantendría García la valiente asunción de los riesgos y no tardaría demasiado en decantar el control local en réditos. La aridez del paisaje, patrocinado por las circulaciones que contaban con Neymar, Suárez y Leo como abridores de espacios, consistía en el prematuro encierro obligado por mor de posiciones escalonadas centrales como desengrasante y los cortes diagonales continuos de Alba y Alves, conjugando la simultaneidad de las amenazas interior y exterior. La trampa del fuera de juego quedaba como recurso principal de un sistema romanista constreñido a la espera sin atisbo de horizonte.
Sólo una jugada ensayada, con córner botado en corto por Pjanic, supondría el bagaje ofensivo transalpino en todo el primer acto. La elección del bosnio concretó el centro bombeado de Nainggolan que Dzeko, libre de marca y en posición legal, cabeceaba por encima del larguero, con Ter Stegen fuera de sitio, en el minuto 12. El balón parado constituía la única opción de generar peligro para el cuadro visitante, con la transición cortada por la presión tras pérdida local y la salida en estático taponada. Pero este oasis no significaría más que una suerte calma coyuntural antes de la tempestad.
Alves arrebató la espalda a Falqué en el enésimo intento, Neymar detectó el agujero tras la salida de sitio de Digne -para perseguir a Messi- y el brasileño cedió para que Suárez inaugurara el marcador a placer. Corría el minuto 15 y lo puntiagudo de la elaboración catalana había erosionado la estabilidad arriesgada del repliegue romano. Obtenía recompensa en este duelo de ajedrez con rapidez. Sin embargo, a pesar de lo resbaladizo de la escena planteada, Rudi García quiso sostener su movimiento de achique elevado y el carácter iluminado del frenesí combinativo barcelonés, cimentado en desmarques de ruptura continuos de los puntas y llegadores, sentenciaría sin piedad. Así, en tal tesitura, el técnico galo vio cómo la competitividad se deshacía ante sus ojos. En un suspiro de dos minutos. Messi prendió la deflagración trazando una serie de tres paredes encadenadas con Neymar y Suárez. El charrúa amplió la exigencia técnica y la ambición de la acción dibujando un pase aéreo de seda que La Pulga concibió como el prolegómeno de una vaselina de estética finura. Todo a una velocidad de ejecución que la Serie A ha acostumbrado a admitir como ajena.
No aflojó el pulso dominante el bloque de Luis Enrique. Parecería que extendió el cariz de su pelaje monopolístico del Clásico a este envite, en pleno reclamo de un estatus de superioridad internacional irrebatible, desquiciando la estructura romanista con una mezcla de posesión horizontal y vertical. Con carga del juego central, entre líneas y en superioridad por las bandas, con los laterales amenazando con llegar a línea de fondo sin ser detectados. La pretendida red de ayudas transalpina se sorprendía colapsada. Se conformaban dos líneas muy juntas de cuatro que concluían por encontrar a Florenzi y Falqué, teóricos extremos, colocados en la vigilancia exterior de Alves y Alba, y a Digne y Maicon saliendo a por Messi y Neymar. El resultado mostraba algún que otro fuera de juego ganado y la sensación de quedar a merced de un orden ya superado en dos ocasiones. No conseguía reaccionar posicionalmente la Roma, que no contaba con efectivos para lanzar el contraataque anhelado. Pjanic, cerebro absoluto, quedó maniatado sin pasillos ni pelota, ahogado, como el conjunto, por la presión tras pérdida local.
Congeló los vatios y la rapidez de llegada al área rival el Barça en el último cuarto de hora antes del intermedio. Messi descendió metros y centró su posición para negar la recuperación sistemática de balones de los giallorossi. La posesión quedó sellada de color blaugrana de manera definitiva con asociaciones horizontales que, además, cercenaban cualquier opción de salida y sorpresa romana, amaestrado este punto por la distancia forzada entre el repliegue visitante y la meta barcelonesa. La vigilancia excelsa de los zagueros y la mejor versión de Busquets en los últimos tiempos completaban la ecuación.
Se abrazó al balón parado de nuevo la Roma, huérfana de continuidad ni caminos por recorrer con balón, ya fuera en corto o en largo. Tan sólo un desborde por banda derecha, en un contragolpe más propio de un acto de fe que Ter Stegen envió a córner en el 41, figuró registrado como acercamiento. Pero quedaría otra gota de seducción futbolística disponible para el paladar exquisito antes del descanso. Una acción refleja de aquello que pretendía García, con saque de esquina botado por Neymar, condujo al despeje defectuoso de la zaga transalpina para la volea soberbia de Luis Suárez. El uruguayo calculó la coordinación necesaria para, sin dejar caer la trayectoria parabólica del rechace, ajustar al palo largo la línea dibujada con clarividencia técnica. El gol de alta escuela cerró el primer tiempo y todo atisbo de equilibrio en la relación de fuerzas.
La sombra tétrica del marcador, del 78% de posesión anotado por el Barcelona y la relación de 5 a 2 tiros (con 4 a 0 en intentos entre palos) reflejaba la rotundidad de la derrota del líder del banquillo, que había conquistado seis fueras de juego locales. Por ende, Rudi García decidió esbozar una huída hacia adelante, perdida la oportunidad de lucir más consistencia de la mostrada este curso. Iturbe, flecha para la transición, ocupó el lugar, que no las atribuciones, de un superado Nainggolan. Luis Enrique entendió, entonces, que era oportuno rotar y Busquets dejó su sitio a un Samper cumplidor.
La reanudación asistió a cierto viraje en la escena. El Barça tenía la pelota y cambiaba de ritmo a su antojo ante una Roma que quería dar un paso hacia adelante en la conversación por la vía de la superioridad en intensidad. Por el contrario, la falta de lucidez en la detección de las salidas menos pobladas cercenaba el movimiento italiano, que de nuevo veía cómo el tempo pertenecía, sin fisuras, a un bloque local que apostaba, ahora, por el juego control. Los romanistas descolgaban más piezas a posiciones ofensivas, abordando la subida de líneas a través de tímidas combinaciones que trataban de generar llegadas. De este modo encontró Falqué un remate claro tras la combinación fluida en la frontal entre Dzeko e Iturbe. Ter Stegen repelió el intento efectuado desde dentro del área, susurrando la transformación del paisaje. Pero, en la acción posterior quedaría penalizada la ambición de García con rotundidad: el sistema de Luis Enrique viró hacia el cierre y salida, de manera que dispuso –tras encontrar dos chuts de Messi y Neymar- de una transición conducida al galope de Neymar que terminó en saque de esquina. El lanzamiento, ejecutado en corto, brindó al carioca -sublime en la creación y desborde en asociación- la opción de iniciar una combinación efervescente entre Suárez y Messi que el argentino concluyó con pase para el remate, a puerta vacía, de Piqué.
El tanto del central dio paso a su suplencia y otra ráfaga de sustituciones. Bartra ocupó la plaza del 3, Vainqueur entró por Florenzi –cerrado en ataque y desbordado en defensa- y Adriano hizo lo propio por un lesionado Sergi Roberto –un jugador del Barça se ha lesionado en cada partido de esta Champions-. Trató la Roma de ejecutar un respingo a la contra, con Iturbe como referencia que buscó y ganó el cara a cara con Bartra y Alba, pero había acelerado el Barça y Messi, que no consiguió el gol a la primera tras otro pase sublime de Suárez entre líneas, cerró la manita en el 59. La velocidad combinativa mezcló con los espacios consiguientes al movimiento italiano y la fórmula se tradujo en otra deflagración de juego y goles. Neymar había encontrado repetidas opciones de encarar a un Maicon desprovisto de ayudas y el punta uruguayo mostraba un estado excelso de frescura en su lectura del juego. Todo ello redundaba en la distancia real entre estos dos púgiles.
Al tiempo que las contras italianas no encontraron remate claro por la falta de precisión en el último cuarto de cancha el ritmo se desarrollaba enterrado, con la Roma tratando de templar la dureza de la tormenta a través de combinaciones inocuas y contemporizadoras. Salió Pjanic del verde para dar entrada al proyecto turco, Salih Uçan y no tardó dos minutos este futbolista, propiedad del Fenerbahce, en derribar a Neymar en el área. El número de fintas del carioca tendió la trampa al otomano en el 75 de juego. Pero no obtendría premio ante la estirada de Szczesny y sí lo haría Adriano, que puso en la escuadra el rechace para el sexto de la jornada. El 11 catalán había buscado redondear su impecable producción altruista y creativa, desde la banda, con su gol, pero no alcanzaría la cosecha deseada.
Ter Stegen también gozaría de hueco para brillar al repeler el penalti cometido por Vermaelen a Dzeko en el 81. Antes del pitido final de un partido marcado por el desigual estado de forma de ambos púgiles, se vengaría el gigante bosnio con un testarazo a la cepa del poste en el descuento. El 6-1 describió la superioridad del proyecto de Luis Enrique en este mes de temporada. Tan sólo el Bayern muestra una fórmula similar con respecto a la combinación de las dos fases del juego y las variantes ofensivas. La calidad sigue imponiendo la pauta ante los rivales que encuentra el Barça, poniendo, además, la guinda al trabajo táctico que convierte al líder de la Liga española en el enemigo número uno de aquellos clubes que quieran ser candidatos a todo. Con estos tres puntos redondea el equipo catalán una primera fase resuelta a trompicones de fútbol, que cierra su participación con brillantez y en el delicioso cenit de rendimiento.