Comunicación

Cristina L. Schlichting: "Convivir en ciertos entornos permite adivinar cosas que jamás pensarías"

entrevista

Miércoles 04 de junio de 2008
Muchas de sus andanzas reporteriles las pudo hacer gracias al apoyo de su familia, que le ayudó a no caer en el whisky o en la locura…
Bueno, el whisky también ha sido muy importante para mí (risas). Cuando pasas una jornada de 14 ó 20 horas trufada de desgracias, muchas veces viendo muertos…, tomarse un whisky no tiene nada de malo y es francamente consolador y genera mucha patria entre quienes estamos allí. Pero sí que, emocionalmente, quien han soportado la parte más ardua de todo esto no soy forzosamente yo por estar en todos esos lugares, sino mis hijos por estar sin la madre y la circunstancia que ello conlleva.

El libro aborda el periodo histórico que va de la caída del Muro de Berlín a los atentados del 11 de septiembre. Como aquel libro de Gabilondo, usted también ha sido una privilegiada “testigo de la historia”.
Es un privilegio doble. Me acuerdo cuando Alfredo Semprún, mi jefe en Internacional en “ABC” me llamó y me dijo “Lee este teletipo, ¿qué pone?”. “The wall has fallen, el muro ha caído", le contesto y acto seguido nos pusimos todos histéricos. No podíamos creer que la época del Telón de Acero se desvanecía delante de nuestros ojos, fue un momento épico, que después tuvo su coda en Hungría, Checoslovaquia, Polonia… También fue fantástico contar con directores que tenían ganas y dinero para enviar a los reporteros a los lugares en los que acontecía la historia.

¿Ha cambiado esa forma de reporterismo, lo de meterse en un camión durante una semana, o hacerse pasar por prostituta, “vivir en un harén”, etc.?
Creo no sobra en los medios. Ahora, si me ofrecen el relato de una persona que se infiltra en una mafia de trata de blancas o que entra en una clínica donde se trituran los fetos, a mí me interesa mucho, por lo tanto cabría preguntarse por qué ha desaparecido esa figura, y puede haber una confluencia de razones económicas y no sé si vocacionales.


Luego está ese debate metaperiodístico de que si el reportero se hace pasar por un mendigo está alterando la realidad porque ya no es un mendigo real, sino un simulacro, y se incurre en cierta manipulación…
No hace falta que te hagas mendiga para estar con unos mendigos… Yo he estado en la boca del metro de Madrid toda una noche con los mendigos que me salpicaban la sangre con la que se estaban inyectando dosis de heroína y yo era periodista. El disfraz es un recurso extremo cuando no existe alternativa, cuando te ayuda a entrar en una ciudad ocupada (Valona). Y me refiero a entrar en una ciudad en la que se estaban produciendo asaltos gravísimos de la que el mundo no tenía noticia porque no había nadie dentro.

¿En su carrera hay muchos disfraces?
No, en las “herriko tabernas” he entrado diciendo “buenas tardes soy Cristina de ABC”, en los camiones he dicho “buenas tardes soy Cristina de ABC”, en la familia poligámica he dicho “soy Cristina vengo de 'El Mundo'”…

¿El momento de hacerse pasar por prostituta fue quizá el más extremo, el que más vocación periodística requería?
Fueron varios días de acercarse a una experiencia tan dramática, que te lleva a plantearte la pregunta de “cómo se siente esta mujer cuando alguien la aborda como si fuese un pedazo de carne”. No está de más ponerse frente a un cliente y experimentar esa mirada, y te hace solidarizarte con mucha gente que la padece diariamente. Solamente el convivir en entornos muy precisos te permite adivinar cosas que jamás pensarías, como que una señora de casi 60 años que va con un abrigo de astracán a la casa de campo trabaja, entre comillas, tres horas, deja a los niños en el cole y luego se va al bingo a jugarse el dinero, cosas inimaginables. O pensar que en el rincón más infecto de la Casa de Campo, prostitutas “yonkis” son visitadas por Mercedes y Audis de la cúpula dirigente española.

El libro se titula “Yo viví en un harén”. ¿Después de la experiencia de introducirse en una familia polígama en Yemen, qué cambió respecto a su visión sobre la mujer?
La pregunta o el debate no es tanto sobre la situación de la mujer, sino en qué medida es posible el relativismo. Yo he vivido en un pueblo en que se decía que todas las culturas son hermosas, todas son bellas, respetémoslas por igual… Me he medido con hombres y mujeres de muchos lugares y he llegado a la conclusión de que el corazón del hombre es universal, y que los deseos de justicia, de felicidad, son muy similares en una tribu indígena en Nicaragua o en una familia en Yemen. Cosas tan obvias como que se sienten celos o dolor también acontecen allí, y eso me hace pensar que la elección exclusiva, monógama, de un hombre hacia una mujer y viceversa es más adecuada.

Las esposas de aquella familia, ¿se llevaban bien entre ellas?
Sufrían mucho. Rivalizaban por los hijos, por la atención del varón, sufrían cuando él dormía con la otra… Pensamientos que uno cree que son sólo occidentales, por prejuicios, pues ahí se daban igualmente. Las personas no son tan diferentes, pero soportan sistemas políticos y culturales que les exigen situaciones a mi juicio inhumanas.



Otro reportaje famoso es el que la llevó hasta la valla de Ceuta, en el 99, por la que entonces pasaban cientos de inmigrantes sin control hacia Europa…
Es un asunto que se ha conseguido solucionar, pero en ese momento era un coladero. Se veían entrar 500 inmigrantes en una noche… Eran tantos kilómetros para vigilar que la dotación de la Guardia Civil no daba abasto. Se trataba de mostrar ese extremo, y también ponerse en el lugar de la gente que lo hace. Ponernos en el lugar de los otros ayuda a mejorar la mirada humana sobre los demás.

El libro recoge también el buen trabajo que desarrolló Valona (Albania), que luego propició que Pedro J. Ramírez la contratara para “El Mundo”. ¿Fue el reportaje de su vida?
La suerte desempeña un papel importante. El hecho de que yo estuviera en Valona cuando se produce el cierre del aeropuerto y se sacan los tanques a la calle era algo que no podía calcular, ya que yo estaba haciendo un reportaje sobre las piramidales. Ese reportaje tuvo tanta repercusión que fue portada de “ABC” y de muchos periódicos internacionales, con lo que supieron de mi existencia directores de otros diarios. Con el tiempo, bastante después, gracias a la fama que había adquirido Pedro J. llamó para contratarme.

¿Guarda algo de rencor hacia José Antonio Zarzalejos, que entonces dirigía “ABC”?
Fue un momento muy doloroso, porque yo llevaba 15 ó 16 años trabajando para “ABC”, había empezado en esa redacción, lo había hecho todo, y que se produjese una salida tan infamante es muy doloroso para una persona que quiere mucho a un medio de comunicación. No es sólo un despido laboral, sino que te dejas allí muchos años de sufrimiento, el comienzo de tu carrera, mucho afecto y realmente te duele.

¿Se lo ha dicho alguna vez al propio Zarzalejos?
Discutimos. Teníamos diferencias de fondo sobre el tratamiento de la sección de Religión, que era lo que yo hice en mis últimos tres meses, y discutimos. A raíz de esa discusión, me pidió que liquidase mi relación laboral. Obtuve una oferta de “El Mundo” y me despedí, pero no fue un despido voluntario, me tuve que ir, la relación laboral era ya imposible.


Volviendo a su carrera, narra en el libro su tensa visita a una herriko taberna el día antes del asesinato de Miguel Ángel Blanco. ¿La indignación le llevó a esa reacción?
He estado varias veces en las “herrikos”, porque no me gustan las prohibiciones, y máxime contra las que te puedes rebelar. El hecho de entrar en una “herriko taberna” es sólo una prohibición social, una estricta división social, con unas barreras invisibles que a mí me ponen de los nervios.

Dónde se sintió más incómoda, ¿paseando sola de noche por Yemen o por la noche en la “herriko taberna” de Ermua?
Más incómoda en la “herriko”, sobre todo porque se manifestaban con mucha violencia. Yo quería mantener una conversación de contenido político, porque me parecía pertinente, y ellos no conseguían mantener un tono de calma, lo que indica cómo determinadas ideas pueden mover a la agresividad.

No es descabellado pensar que el único motor de ETA es la agresividad…
Sí, pero incluso con los "skinheads" no mantuve discusiones violentas, mantenían el tono en las conversaciones.

Y para seguir con la violencia, la última etapa de su carrera como corresponsal de guerra es en Kosovo. ¿Se saturó de tanto conflicto?
Más que la violencia, que ya había visto muchas veces, fue la crueldad extrema, el “modus operandi” de los asesinatos. Utilizar el lanzallamas con críos era algo horrible, y ver constantemente los cadáveres muy desasosegante. Además, coincidió con un momento personal especial. Estar 15 años de reportera está bien, pero cuarenta años de reportera exige un corazón especial que yo no tenía. En determinado momento, me vi tan desplazada de mi mundo, de mi propia identidad, tan metida en las historias, tan excitada con el ruido de los morteros , que empecé a pensar que estaba perdiendo el contacto con la realidad y que era el momento de volver a casa.



TEMAS RELACIONADOS: