El perfil de Abert Einstein y otras ocasiones en que la ciencia se ha convertido en cultura de masas. Por Laura Crespo
Que la carrera espacial se convirtiera en un hito de masas no es raro. En primer lugar, la hazaña de meter al ser humano en una nave espacial y colocarlo en la superficie de la Luna trasciende el ámbito científico para colarse en el terreno de la aventura:
adrenalina pura en historias que bien podían competir con la literatura y el cine. Además, y sin menospreciar los incuestionnables avances para la ciencia, la tecnología y el conocimiento humano en general, la batalla por poner al hombre en el espacio estaba precisamente diseñada para eso: implicar a la ciudadanía en los logros de su país en el contexto de la Guerra Fría. Cuando Armstrong y compañía se convirtieron en héroes nacionales arrastraron, de agún modo, a la ciencia a las primeras páginas de los periódicos. No es fácil, sin embargo, que la investigación científica más básica levante pasiones de masa.
Recientemente, quizás el único hito de la ciencia más pura -si cabe ese adjetivo- que ha levantado una considerable expectación en propios y extraños ha sido el
descubrimiento del Bosón de Higgs. Y, desde el punto de vista sociológico, no es tan fácil explicar el interés suscitado por el hallazgo de una partícula subatómica que viene ratificar una teoría física. Un indudable premio para el ansia de conocimiento innato al ser humano, pero desde luego que no tan excitante a priori para el común de los mortales. Puede que, además de una labor de comunicación y didáctica brillantemente desarrollada por el CERN, tenga algo o mucho que ver la espectacularidad del
LHC -el acelerador de partículas que albergó el descubrimiento- y la paraonia social en torno a su puesta en funcionamiento allá por 2008. Que hubiera voces que profetizaran entonces sobre que el encendido de la mastodóntica máquina traería el fin del mundo ha sido, al final, positivo para la divulgación científica, convirtiendo al LHC en algo mucho más cotidiano de lo que probablemente estaba llamado a ser.
Y luego está lo de Einstein. Dicen los entendidos de la materia que la
Teoría de la Relatividad General, que
cumple ahora 100 años, es uno de los enunciados científicos más bellos jamás planteados. La belleza puede ser un concepto extraño aplicada a la ciencia pero, a la vista de la filosofía y la personalidad de su formulador, uno se hace a la idea de a qué se refieren. Desde fuera del círculo de expertos, poca gente sabría
explicar la teoría de la Relatividad. Cuentan que el propio Einstein mantuvo esta conversación con un periodista hace un siglo:
-Sr. Einstein, ¿me puede explicar la Teoría de la Relatividad?
-¿Me puede explicar usted cómo se fríe un huevo?
-Sí claro, sí que puedo.
-Pues hágalo, pero imaginando que yo no sé lo que es un huevo, ni una sartén, ni el aceite, ni el fuego.
Y, sin embargo, Einstein
se ha convertido en parte de la cultura pop del siglo XX y su cara, esa que saca la lengua con descaro, se imprime en tazas, camisetas y hasta muñecos de esos que mueven la cabeza al ritmo de la carretera sobre el salpicadero el coche.
La ciencia de Einstein era la vida de Einstein -razón por la que su primera mujer terminó hasta la coronilla de quedarse sola en casa mientras su marido investigaba sobre la Relatividad del cosmos; típico-. Y eso, en el periodo de entreguerras, ayudó a que su figura trascendiera del ámbito científico. La obsesión del físico alemán era la de descifrar una
teoría unificada, una descripción única para explicar el conjunto del universo que englobara la totalidad de las ciencias y que se convirtió en un sueño tristemente incumplido para Einstein y para buena parte de los científicos desde su época hasta nuestros días, incluído -por ahora-
Stephen Hawking.
La unidad era un concepto que no pasaba desapercibido en un contexto en el que los pueblos del mundo se tiraban los trastos a la cabeza por cuestiones territoriales, y la filosofía científica de Einstein se convirtió también en su filosofía política. El físico dio las últimas puntadas a su Teoría General de la Relatividad devastado anímicamente por el primer año de la Gran Guerra, esa, en aquelo momento única,
Guerra Mundial que estalló apenas unos meses antes de su ahora celebrada conferencia en Berlín.
Einstein declaró la guerra a la Alemania en guerra desde poco después de la invasión de Bélgica. Entonces, un grupo de 93 intelectuales germanos prepararon un manifiesto en el que explicaban y justificaban las acciones bélicas de su país. Días más tarde, Einstein fue uno de las tres únicas personas del mundo del pensamiento, la cultura y la universidad que se adhirieron a la réplica a aquel escrito, oponiéndose públicamente a la expansión alemana.
Ya en la
década de los treinta, con el ascenso del nazismo, Einstein se marchó a Estados Unidos y renunció a la nacionalidad alemana. Lo demás, es de sobra conocido: un autoproclamado pacifista que terminó siendo considerado 'el padre' de la
bomba atómica. "Los físicos que participaron en la construcción del arma más tremenda y peligrosa de todos los tiempos, se ven abrumados por un similar sentimiento de responsabilidad, por no hablar de culpa; nosotros ayudamos a construir la nueva arma para impedir que los enemigos de la humanidad lo hicieran antes, puesto que dada la mentalidad de los nazis habrían consumado la destrucción y la esclavitud del resto del mundo", dijo en un discurso en Nueva York en 1945. Siete años después, y dos antes de su muerte declaró: "Condeno totalmente el recurso de la bomba atómica contra Japón, pero no pude hacer nada para impedirlo".