Opinión

¿Inconsecuencia, coherencia o cinismo?

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Jueves 26 de noviembre de 2015
Desde el talentudo Hegel es bien sabido que no hay nada más instructivo que la lectura del periódico mañanero. Aturdido un tanto quizá por lo madrugador de su despertar, el articulista lee en los tres diarios que le acompañan en su primera refacción que en su región natal se acaba de aprobar una Ley sobre el tan traído y llevado asunto –piedra de ásperas controversias entre varios de sus más acreditados colegas contemporaneístas- de la Memoria Histórica. Con la cesura de dos o tres páginas en los mismos periódicos, el articulista respinga ante la noticia de que en China, transcurridos casi exactamente 66 años de la proclamación oficial del régimen comunista de Mao, las clases medias son, a la fecha, las más potentes del mundo.

Al igual que muchas mujeres y hombres de su generación española, el cronista –y perdón por relato tan personal en tema tan trascedente y global- vio transcurrir su mocedad y parte de su edad adulta en el climax de la guerra fría y la plenitud de la dictadura franquista. Durante tal periodo, en las fábricas, en las redacciones y en las aulas de los centros de enseñanza secundaria y superior, eran objeto de permanente interlocución e interés los grandes avances conseguidos por el régimen chino en la aplicación de la lucha de clases como motor perfecto e ideal del progreso hacia una sociedad por completo igualitaria. Charlas, pasquines, conferencias, clases magistrales o tediosas, libros, semanarios y seminarios, películas y canciones traspasaban sin mayor esfuerzo las barreras de la tosca censura franquista y se convertían en reclamo y grito de guerra para muchachos y muchachas, varones y hembras talludos que cifraban su bienandanza individual y colectiva en la importación exitosa de los expeditivos métodos adoptados por Mao para hacer triunfar la sociedad sin clases y la victoria absoluta del proletariado.

No todo, empero, fue en este movimiento opositor cánticos, sentadas, carreras o sueños de impregnación becqueriana. Entre muchos de sus miembros –en especial, los vinculados de manera directa con el Partido Comunista de España, de gran ascendiente en los cuadros intelectuales y laborales- se contaron verdaderos héroes en un repudio antidictatorial, arrostrando penas y sufrimientos incontables por la represión, afanosa en diezmar y aniquilar sus incesablemente renovadas filas.

Por supuesto que la frivolidad compareció con fuerza en no pocas de las gentes hispanas que fueron testigos de vista en sus vacaciones estivales de los horrores de la revolución cultural y se erigieron, a su regreso a Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla o Bilbao, en apóstoles del comunismo chino, representante fiel, tras el ostensible declive mesiánico soviético, de los dogmas marxistas y seguidor fiel de su lucha sin cuartel contra el capitalismo y sus agentes. Extraña o, por el contrario, de modo muy lógico, que en dichas elites culturales y políticas, hoy firmemente asentadas en las centrales del poder social, económico y mediático de rasgos más sedicentemente progresistas, se reclutan los más ardidos defensores de las Leyes de Memoria Histórica, ante las que se han posicionado algunos de los más descollantes historiadores profesionales de nuestro país, por lo general de manera adversa, aunque, claro es, también matizada.

Al margen de disputas y lances del presente, tal vez quepa confiar en que noticias como las mencionadas más arriba, atañentes a la sorprendente deriva del actual comunismo chino, aminoren un tanto la unilateralidad y esquematismo de los enfoques historiográficos de gran parte de nuestra clase dirigente. La democracia exige consensos básicos y de extremada apertura hacia el porvenir, el único territorio en que habitarán las generaciones jóvenes, el sector preferente de nuestra colectividad.

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