España nunca ha aspirado a la felicidad, sino a complicarse la existencia. Y comienzo a dudar de que El País, con su peculiar “sentido de Estado”, siga aspirando a ser un periódico solvente, empeñado como parece estar en encontrar un lugar soleado a la sombra del membrillo, como el Pravda facha del rojerío más dogmático, revanchista y trabucoire.
Algunos desayunos resulta complicado averiguar si su esquizofrénica línea editorial responde a una estrategia comercial orquestada deliberadamente para cauterizar la hemorragia de lectores, o a su obsesiva fijación panfletaria, que el día después de la masacre del 11-S le llevó a titular a toda plana: «El mundo en vilo, a la espera de las represalias de Bush».
Como se empeñen en perseverar en los renglones torcidos de la demagogia, los chicos de Janli Cebrián van a lograr que el autodenominado ‘periódico global’ tenga más utilidad como papel para envolver pescado vietnamita del Mekong, que como libelo.
Ya no saben qué hacer para forzar a Mariano a que entre al trapo, quede en evidencia ante los parroquianos del solar patrio y proporcione a las hordas de wayominíes y bardenes la percha que están esperando para volver a agitar las calles vociferando el ¡No a la Guerra!
El newspaper prisaico que un día fue de Polanco, que en gloria esté, lleva una semana gloriosa, no se sabe muy bien si enarbolando la bandera blanca o exigiendo el envío, a no más tardar, de cazabombarderos y soldados del amor, con Marta Sánchez al frente del regimiento: «No se puede esperar» - «El Gobierno debe explicar sus planes contra el terrorismo del ISIS» - «El apoyo militar de Alemania y Francia deja en evidencia a Rajoy» - «Aznar: «No podemos cruzar los brazos».
Si tuvieran güevos y vergüenza los pancarteros que este finde volverán a hacer el mongui por las calles de Madrid de la yaya Carmena, deberían viajar a Siria y montar la mani delante de la choza de los del ISI-DISI.
Culpar a las democracias, por imperfectas que sean, de lo que acontece en las dictaduras, es una subversión perversa. El sectarismo de todos estos pacifistas de chichinabo, desertores de todos los frentes donde se está librando la batalla de la dignidad del hombre, provoca arcadas.
Claro que si España fuera un país serio, ningún político con mando en plaza tendría temor alguno a la hora de saltar al ruedo y decir con rotundidad que los militares del Ejército profesional irán allí donde sea preciso defender nuestras libertades.
Pero es lo que tienen las sociedades ignaras: que están expuestas a unos peligros de los que no son conscientes, estando como están expuestas a dejarse embaucar por ideologías infames, a la medida de cerebro vacíos, como los tangas personalizados de Heidi Klum.
Los chicos de la coleta, como era de esperar, se han desmarcado del pacto antiyihadista y en su lugar promueven la creación de un Consejo de la Paz, muy en la línea del Zapatero prodigioso. Mientras, el cofundador-desertor del invento podemita, un tal Monedero, vuelve a demostrar el sujeto de mirada esquiva, vengativa y redentora que se esconde detrás de sus gafas, al insinuar que Albert Rivera es un cocainómano. ¡Hay que ser un miserable!
Más valdría a todos estos individuos embarcarse en un avión rumbo a Venezuela, embutirse en un chándal de Adidas muy del gusto de Fidel, y acompañar a Nicolás Maduro en sus sentidas plegarias por el eterno descanso de Chávez, ante el sepulcro marmóreo del dictador golpista, mientras afuera, en las calles de Caracas y del polvorín caribeño, acribillan a tiros, en plena campaña electoral, a dirigentes de la oposición como Luis Manuel Díaz, que participaba en un mitin junto a Lilian Tintori, la mujer del opositor encarcelado Leopoldo López, tan guapa como valiente.
El presidente Obama cumplió con la costumbre de indultar en público un pavo en la víspera de Acción de Gracias. De paso, tendría que haber aprovechado para indultar a tanto gili como anda suelto, sin collar.
A quien alguien debería de haberle puesto un bozal es al segundo de Mas Colell, Alberto Carreras se llama el prenda, que ha tenido la desfachatez de recomendar a los farmacéuticos que «pongan una vela a su patrona de referencia» y recen a todos los santos del almanaque si quieren cobrar algún día los 330 millones de euros que les adeuda la Generalitat del Rey Arturo, el caudillo de Catalonia, donde La Vanguardia de Godó, conde, sigue practicando el periodismo cavernario, ejerciendo un propagandismo más rastrero que el que le significó en los tiempos aciagos del Generalísimo: «Farmacias y hospitales rehenes de la pugna entre Gobierno y Generalitat».
Suerte que antes de que los tataranietos de Mas puedan vivir en la arcadia independiente que pergeñó su tatarabuelo, Barcelona quedará sepultada bajo las aguas del mar como consecuencia del calentamiento global de los cojones, según el otro BOE del régimen naciente: El Periódico de Catalunya.
Al independentismo pastueño sólo le queda agarrarse como un náufrago al flotador del Barça, aprovechando que el Madrit florentino sigue a su bola, pidiendo la hora mientras Cristiano se regatea a sí mismo, ensimismado con sus bicicletas estáticas.
Entretanto, Cristóbal, uno de mis “héroes”, se ha venido arriba, y trata a los cantonalistas como si fueran borrachos: les avisa que sólo les seguirá extendiendo cheques al portador para que hagan frente a las multimillonarias deudas de la Generalitat, que tiene más acreedores que Abengoa, siempre y cuando no se lo gasten en vino. Con empeño, si se lo propone, el Montoro de las edades tardías acabará siendo más creíble como ministro que Carlos Sobera en el Teatro Infanta Isabel de la madrileña calle del Barquillo.
Lo más auténtico del episodio futbolero protagonizado por Mariano, Rey de las ondas, en la Cope, ejerciendo de comentarista deportivo, no fue su convencimiento de que «la mejor defensa es una buena defensa», sino la colleja que le arreó a Juanito, su niño, por decir una impertinencia propia de niños, que hubiera merecido un segundo pescozón cariñoso por parte de Manolo Lama.
Ni fue una erupción volcánica, ni tampoco una lluvia de meteoritos. Los dinosaurios acabaron con ellos mismos. Así que aplícate el cuento, España, porque nos va la vida en ello.
Sigue con la salud, compadre, que yo aprovechando el Black Friday de los cojones, me acabo de comprar un coche, por si acaso hubiera que salir pitando antes de que el enemigo llame al timbre de casa, jodiendo.