TRIBUNA
Nacho López | Sábado 28 de noviembre de 2015
“Riqueza: los ahorros de muchos en manos de una sola persona”. Eugene Debs
Desde hace unos años venimos escuchando sobre la gran desigualdad que existe entre ricos y pobres. En el 2016 el 1% más rico del planeta tendrá más del 50% de la riqueza mundial y parece que la tendencia continuará. En el 2014 también se estimó que el 80% de la población más pobre de Estados Unidos tenía tan solo el 7% de la riqueza total y el 1%, más del 40%.
Existe otra gran desigualdad en el mundo occidental de la que no se habla tanto: la diferencia que hay entre el patrimonio de los menores y mayores de 60 años, que sigue creciendo exponencialmente. Es difícil calcular la proporción pero es evidente: la mayor parte de la riqueza y activos de nuestro país están en manos de los mayores de 60 años, que son más de 11 de los 46.5 millones de españoles. Sin conocer los datos reales me atrevería a decir que este grupo de la población posee entre un 60 y un 70% de toda la riqueza de este país. Entre otros motivos, esta enorme brecha es consecuencia de la inflación de activos, tanto inmobiliarios como financieros, que está teniendo lugar desde hace más de 20 años. El precio de las viviendas, los bonos y la bolsa está por las nubes.
Los precios por los que nuestros padres compraron sus propiedades hace más de 30 años eran comparativamente mucho más bajos que los de ahora. En los años 70 y 80 el esfuerzo económico que hacía una familia para comprar una vivienda -en términos de precio de la propiedad/salario mensual- era una tercera parte del actual. Por ejemplo, en el año 1970 con un sueldo de 10.000 pesetas se compraban pisos de 500.000 pesetas en Madrid (50 sueldos) y en 1984 con un sueldo de 100.000 pesetas se compraban pisos de hasta 4 millones (40 sueldos). La cosa cambió con la entrada de España en la Comunidad Económica Europea en 1985 y la relación precio/salario pasó de 40-50 veces a 80-100 veces a finales de los 90 (al menos en las grandes ciudades). Hoy en día, gracias a lo que queda de la burbuja inmobiliaria y a la constante caída de los salarios, la proporción (precio piso-sueldo) sube hasta más de 130 veces (con 1.500 euros de sueldo se puede llegar a comprar un piso de 200.000 euros).
En estas décadas los tipos de interés y la inflación estaban por las nubes (más del 10%) pero los sueldos subían en paralelo. Ahora, sin embargo, no hay inflación pero los salarios no paran de bajar. En aquella época, la rentabilidad de los depósitos a plazo fijo y la de los bonos era muy alta y superaba también el 10-15%, el rentista alquilaba sus propiedades al 10% neto y el aventurado que entonces compró fondos de renta variable pudo ganar más de un 10% anual durante mucho tiempo. Con el permiso del efecto divisor de la inflación, si en 1984 nuestros padres hubieran invertido el equivalente a 10.000 euros (un poco más de 1 millón y medio de pesetas) en un depósito, un bono o un fondo de inversión de renta fija o variable que rentara un 10% al año, ahora tendrían 200.000 euros (si suman el capital y los intereses de cada año y se reinvierten, año tras año, a un interés compuesto del 10% anual, en 31 años la inversión inicial se multiplica casi por 20). Si además se compraron un par de pisos de 24.000 euros (4 millones de pesetas), ahora tendrían otros 400.000 euros en activos inmobiliarios. Puede que sus padres no invirtieran ni en fondos de inversión ni en activos financieros pero, ¿cuántas propiedades llegaron a comprar?
En la actualidad, en un entorno de tipos de interés al 0% y con la mayoría de los activos inflados, para sacar cierta rentabilidad hay que correr riesgos que podrían penalizar severamente su inversión si no son conscientes del alto precio del activo y los peligros que esconde. Si el dinero les quema en el bolsillo, no son capaces de tenerlo en su cuenta corriente (liquidez) y se ven empujados por el sistema a buscar una mayor rentabilidad, las posibilidades de perder aumentan cuanto más caros sean los activos elegidos y menos alternativas “de rentabilidad” haya. La ‘eutanasia del rentista’, lo llaman.
Esta gran desigualdad material sin querer está contagiando la forma de relacionarnos en nuestras familias, y pone en tela de juicio los conceptos básicos de la vivienda, la jubilación, el ahorro y la inversión. Aunque no lo tuvieron fácil, nuestros padres han visto y ven las cosas de una forma y nosotros, sobre todo los más jóvenes, empezamos poco a poco a verlas de otra. No nos queda más remedio. Por desgracia unos y otros estamos obligados a compartir la pensión del abuelo, el piso de los padres y la misma situación presente: gran inflación de activos, tremendas deudas soberanas, sueldos a la baja, gran desigualdad intergeneracional y mucha incertidumbre.
Imaginen que después de mucho pensar y analizar el tema, deciden hablar con sus padres y les dicen: “Papá, mamá, he decidido que no voy a comprar un piso porque no quiero endeudarme 40 años y además pienso que los precios están muy altos. Tampoco creo que vaya a tener una pensión pública cuando sea mayor así es que voy a guardar mis pocos ahorros hasta que encuentre el momento de invertir en algo verdaderamente barato, como hicisteis vosotros. Mientras tanto viviré al día y si en algún momento futuro una de vuestras propiedades pasa a ser mía, daré gracias por el esfuerzo que hicisteis y por la suerte que tuvimos como familia en conjunto, ya que ni mi generación ni la de mis hijos verá nunca tal crecimiento exponencial de activos”.
Si ustedes no tienen ahorros ni propiedad alguna que heredar, se aplica el mismo consejo: ahorren lo que puedan y no arriesguen su dinero, aunque le obliguen a hacerlo.
“Vale más la esperanza de los educados que la riqueza de los ignorantes”. Demócrito
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