Los Lunes de El Imparcial

Varios autores: El debate constitucional en el siglo XIX

ENSAYO

Domingo 06 de diciembre de 2015

Edición de José Antonio Caballero López, José Miguel Delgado Idarrieta y Rebeca Viguera Ruiz. Marcial Pons-Fundación Práxedes Mateo-Sagasta. Madrid, 2015. 264 páginas. 25 €

Por Jordi Canal



En los últimos años los estudiosos del constitucionalismo han hecho aportaciones muy importantes al conocimiento de la historia del siglo XIX español. La Constitución de 1812 constituye, sin lugar a dudas, el tema más abordado. Pero resulta posible y necesario continuar profundizando en estas cuestiones, en especial desde una perspectiva interdisciplinar y a partir de aspectos no siempre considerados fundamentales. Ambos elementos se encuentran en el libro El debate constitucional en el siglo XIX. Ideología, oratoria y opinión pública, que agrupa un total de once trabajos, divididos en dos partes: una dedicada a la ideología y otra a la oratoria y la opinión pública. Los autores son mayoritariamente historiadores, aunque también encontramos a juristas y filólogos. Media docena imparten o han impartido cursos en la Universidad de la Rioja, mientras que el resto pertenecen a otros centros universitarios españoles como Cantabria, Valladolid, Oviedo y Huelva.

La primera parte se abre con un artículo de Ignacio Fernández Sarasola, que aborda la proyección y repercusiones en distintas partes de Europa de la Constitución de 1812, sin duda la más influyente y discutida, entre las españolas, fuera de nuestras fronteras. El autor lleva a cabo un análisis de las reacciones de los distintos movimientos políticos de la época: absolutistas –la soberanía nacional les inquietaba profundamente-, liberales anglófilos, liberales revolucionarios y liberales utilitaristas, como Bentham, que consideraba la Constitución de 1812 como una mezcla de azúcar y arsénico. José María Martínez de Pisón Cavero trata la figura de José María Blanco White y sus críticas profundas a la constitución gaditana. Manuel Suárez Cortina contribuye al volumen con un trabajo titulado “La ideología liberal en la historia del constitucionalismo español del siglo XIX: la cuestión religiosa”, en el que muestra que dicho tema constituyó un elemento básico en la definición de España como comunidad política y uno de los más recurrentes a lo largo del siglo XIX en el debate constitucional.

María Antonia Peña Guerrero se ocupa, en un detallado estudio, de la influencia del orleanismo –tanto la Carta Constitucional de 1830 como la ley electoral francesa del año siguiente- en la legislación electoral de la España liberal, en especial en los proyectos de 1837 y 1846. Complementaria de esta aportación es la siguiente, elaborada por Germán Rueda Hernanz, sobre la Constitución de 1845, los moderados y la llamada “doctrina” europea, en esencia francesa. Cierra la primera parte del libro el trabajo de José Luis Ollero Vallés, dedicado a analizar el papel del político Práxedes Mateo-Sagasta y el progresismo en las discusiones sobre las Constituciones de 1854 y 1869.

La segunda parte del volumen se abre con un artículo panorámico de Celso Almuiña Fernández sobre la libertad de prensa en la España del siglo XIX y el nacimiento, en el Sexenio democrático, del denominado cuarto poder. Rebeca Viguera Ruiz trata de la intervención de los diputados riojanos en las discusiones de las Cortes de Cádiz, mientras que José Antonio Caballero López y María Ángeles Díaz Coronado abordan, en sus respectivos y sugerentes trabajos, la figura de Salustiano de Olózaga como orador político. Firma el último texto José Miguel Delgado Idarreta (“El debate constitucional en la prensa liberal y el Parlamento”), en el que se hace un seguimiento de las discusiones en torno a la libertad de expresión a lo largo de la historia constitucional española del siglo XIX.

Firma el prólogo Gonzalo Capellán de Miguel, que intenta meritoriamente introducir algo de unidad y coherencia al conjunto del libro. Este es, a mi parecer, el problema principal del volumen: la falta de una introducción, por parte de los editores, en la que se expliciten los propósitos, las razones y los resultados de esta empresa colectiva. No constituye esta una crítica a la calidad de los textos -muy interesantes, aunque formalmente asaz distintos-, sino al resultado como producto final. Una colección de textos no es necesariamente un libro -más allá de un objeto-libro- si no se hace un esfuerzo decidido por darle coherencia. Es una auténtica lástima que los editores no lo hayan hecho, puesto que tanto el tema, como los estimulantes enfoques interdisciplinarios y las notables aportaciones de los distintos artículos, sin duda lo ameritan.