Los Lunes de El Imparcial

Francisco Castaño: Una mirada que se compromete

POESÍA

Domingo 06 de diciembre de 2015

Hiperión. Madrid, 2015. 80 páginas. 10 €

Por Inmaculada Lergo Martín



“No hay más realidad que la que otorga / una mirada que se compromete”. Con estas palabras cierra Francisco Castaño (Salamanca, 1951) su nuevo poemario. Un libro que nos reconcilia con esa realidad, que muestra sin veladuras ni bálsamos. El compromiso y la sinceridad a cambio de nada, más bien a sabiendas de que no será bien recibida, es un bien escaso; por miedo quizá, por múltiples y bien engranados miedos invisibles e indefinidos que las sociedades urden para nutrirse de ellos, para conservar su pervivencia sin que nada cambie demasiado. Porque, hay que reconocerlo, muy pocos tenemos “la ocasión y el ánimo / de ser sansón de nuestro propio templo”.

O, tal vez, lo que resulta aún más desolador, su ejercicio doloroso de franqueza tan solo coseche la indiferencia: “Sé la inutilidad de lo que digo, / pero qué importa, hipócrita lector, / a ti quizá te sirva como aviso / y acaso a mí como cautela –o no–”. Porque vivimos en una sociedad que todo lo justifica: “Nunca, después de alguna tropelía / […] falta el equidistante. […] / Algo que justifique tanta sangre. // Ni tampoco el filósofo converso, / de vuelta a los rediles ancestrales, / que, con mala memoria y peor conciencia, / haga cuenta y razón del aquelarre”. Y porque también, quiérase o no, eludimos responsabilidades y nos justificamos continuamente a nosotros mismos: “Que otros decidan lo que es bueno o malo, / lo que es y no es, lo que conviene / saber como verdad, sin cuestionarlo, / […] Con tal de que le ahorren el esfuerzo / de pensar por sí mismo y busca amparo / bajo un piadoso yugo que le sirva / para sentirse a gusto en el engaño”.

Una mirada que se compromete, como advierten sus editores, procura no ser ajeno ni a lo que ocurre a su alrededor, a los asuntos públicos, ni tampoco al ámbito de lo privado, el que atañe a su vida cotidiana, los dos capítulos en que se ofrecen sus poemas, encuadrados por “Preludio”, “Interludio” y “Posludio”. Su mirada procura estar libre de símbolos, dioses o banderas; así como de adormecedoras fes o consoladores ideales: “No hay Arcadias que valgan, ni Utopías. / No se ha perdido nunca ni se encuentra / en un futuro próximo o remoto. / No existe como acción, ni como idea”.

Como el chorro continuo de una fuente son los versos de Francisco Castaño, alejados de la grandilocuencia de la retórica, pero también de prosaísmo. Mantiene intacta su fe en la poesía y en la palabra, de la que no puede desprenderse. De igual manera que se mantiene fiel a sus lecturas, a sus amigos y a sus afectos. Junto a su extensa producción poética, que se inició con Breve esplendor de mal distinta lumbre (1985), y que ha continuado con títulos como El fauno en cuarentena (1993) –que mereció el Premio Jaén de Poesía–, Dentro del corazón de la memoria (1997) o Corazón alfabético (2003), entre lo más destacados, está también su labor de traductor, especialmente del francés (Régis Debray, Mallarmé, Molière…), y de crítico literario, (Retrato de Gonzalo Torrente Ballester, 1989).

El poeta sabe que acaso el mayor desgaste para el hombre es mantener sus convicciones. “La inercia acaba por volverte inerte”, nos espeta, aunque sabe –sabemos– que “No seguir el dictado de la inercia / es acaso el más arduo de los gestos”. Pese a ello Francisco Castaño no quiere dejar deudas pendientes consigo mismo, ni tampoco exigirlas. Y pienso que no estaría mal apropiarse de la sabiduría antigua y de sabor popular de estos versos: “La vida no le debe nada a nadie / no dejes a deber nada a la muerte”.