Opinión

Sobre la destrucción de Yugoslavia

ORIENT EXPRESS

Ricardo Ruiz de la Serna | Domingo 06 de diciembre de 2015

Robert Baer es un exagente de la CIA que actualmente trabaja como escritor. Entre 1991 y 1994 estuvo desplegado en la antigua Yugoslavia. Durante la promoción en Canadá de su libro “Secretos de la Casa Blanca”, ha concedido una entrevista a los digitales Web-tribune.com y Britic. Pueden leerla en inglés aquí y en serbocroata aquí.

Las afirmaciones de Baer son durísimas, pero traen de nuevo al debate algunas de las cuestiones recurrentes sobre el fin de Yugoslavia. Precisamente en el año en que se cumplen los 20 años de los tratados de Dayton, es desconcertante leer cómo un agente de la CIA narra las operaciones de inteligencia y guerra psicológica que condujeron a la voladura de Yugoslavia. Tal vez esto sea lo primero que se debe recordar cuando uno lee la entrevista: Yugoslavia no se descompuso ni se disolvió; Yugoslavia fue destruida.

Desde luego, el Estado surgido de la Segunda Guerra Mundial padecía graves problemas estructurales y atravesaba una profunda crisis económica a principios de los años 90, pero esto no la abocaba a la espiral de guerras civiles y terror que la azotaron durante la década que duró su desmembramiento. En realidad –al margen de las expresiones más o menos sensacionalistas que el entrevistado pueda utilizar- son ya muchos los indicios de que el sufrimiento de los eslavos del sur fue consecuencia de decisiones tomadas desde el extranjero y ejecutadas gracias a la corrupción, la propaganda, el terrorismo y la guerra.

Al cabo de veinte años, uno puede constatar hasta qué punto era errada la narración de buenos y malos que cada día llegaba a las pantallas de los europeos occidentales. Ahí encontrará las viejas explicaciones de la violencia secular de los eslavos, las aspiraciones de la pretendida Gran Serbia, los olvidos deliberados –por ejemplo, las heridas de la Segunda Guerra Mundial y la colaboración con los nazis de los ustasha- y las simples mentiras. Toda la propaganda, en fin, para afianzar un relato donde solo los serbios eran perversos y culpables.

Decía Peter Handke que había que hablar de la prehistoria del conflicto. Uno podría añadir que cada vez más habrá que hablar de quienes lo diseñaron y lo ejecutaron como quien derriba un edificio mediante una voladura cuyos efectos a nadie preocupan. Durante casi una década –o más tiempo si añadimos el conflicto de Kosovo- los pueblos de la antigua Yugoslavia sufrieron las atrocidades de unas guerras que otros decidían e imponían. Si uno se pregunta quién suministró las armas a los nacionalistas croatas o a los yihadistas que sembraron el terror en Bosnia, verá que es muy difícil eludir las responsabilidades de los países extranjeros que hicieron del descuartizamiento de Yugoslavia una apuesta política y un formidable negocio.

Veinte años después, Bosnia-Herzegovina es un territorio fracturado donde las heridas del conflicto distan de estar curadas. A Eslovenia y a Croacia les ha ido mejor –siempre gozaron de prestigio y de las simpatías de Europa- mientras que Montenegro, Serbia y Macedonia tratan de salir adelante y miran hacia la Unión Europea esperando que algún día se abran las puertas. Sin embargo, las organizaciones islamistas extienden su influencia por la región a través de Albania y el Kosovo autoproclamado independiente. Centenares de yihadistas han salido de la región, especialmente de Bosnia-Herzegovina, para unirse al DAESH en Siria.

La entrevista de Robert Baer abre la puerta a otras muchas preguntas que podrían formularse. Desde luego, habría que investigar mucho más sobre el papel que desempeñó la corrupción en todo el conflicto –a quién se pagó y quién se lucró durante las guerras y después de ellas- así como sobre los crímenes de guerra cometidos por todos los bandos durante el conflicto. Por desgracia, el prestigio del Tribunal Penal Internacional se ha empañado por una tendencia habitual a condenar a los serbios y absolver a los bosnios musulmanes y a los croatas. Seguramente es pronto para valorar el papel del Tribunal y de las Naciones Unidas pero, dada la situación actual, no parecen haber servido para hacer justicia ni haber contribuido a la superación del conflicto.

La entrevista a Rober Baer, en fin, permite volver sobre antiguas preguntas que aún esperan respuestas.

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