TRIBUNA
Alfonso Cuenca Miranda | Martes 08 de diciembre de 2015
Desde hace unos días nos hallamos inmersos de lleno en una campaña electoral de cara a elegir a nuestros representantes y, como resultado de ello, al gobierno de España para los próximos cuatro años. Muchos por estas fechas se preguntarán (y con buena parte de razón) cuál es el sentido de las campañas electorales.
En las democracias, en tanto el pueblo es el llamado a decidir sobre la composición del órgano representativo de la soberanía, un principio esencial es la toma de decisiones por parte de éste en las mejores condiciones posibles. En este aspecto, la información al electorado sobre las distintas opciones políticas disponibles se antoja un elemento esencial. En relación con ello, desde hace años se han señalado los paralelismos entre la elección del consumidor en los mercados y la realizada por el cuerpo electoral en la arena política, siendo muchos, por lo demás, los conceptos y nociones que han pasado desde la teoría y práctica del derecho de la competencia, publicidad, y, en general, la protección de los consumidores, al derecho electoral.
De hecho, la extensión del sufragio y su progresiva universalización fueron factores claves para explicar el surgimiento de las primeras campañas electorales en sentido más o menos moderno. Así, la ampliación del sufragio en Gran Bretaña (además de otros factores como la articulación de una red de ferrocarriles que hacía posibles desplazamientos rápidos por todo el país), como consecuencia de la reforma electoral de 1867, está detrás del origen de la que se considera primera campaña electoral, la realizada por William Gladstone (en su cuasimítico enfrentamiento con Benjamin Disraeli) en 1880, conocida como Midlothian Campaign. Gladstone será el primer político en llenar estadios y en visitar en tiempo record diversas ciudades y pueblos del país. Desde entonces las campañas se han configurado como uno de los elementos identificadores (y así aparecen en el imaginario colectivo) del proceso democrático.
La primera cuestión que debe plantearse es el objeto de las campañas, es decir, qué se expone al público. La respuesta canónica a ello no es otra sino la que señala como elemento principal el dar a conocer al electorado el programa político y de gobierno de un determinado partido, documento que implicaría un auténtico compromiso candidato-elector. El primer programa electoral considerado como tal es de nuevo de origen británico: el Manifiesto de Tamworth, elaborado por el tory Robert Peel en 1834, con el que ganaría los comicios del año siguiente. Cierto es que no puede pretenderse la lectura calmada y concienzuda por parte del elector de todos los programas concurrentes, pero sí que se conozcan con una mínima claridad los puntos principales de acción política que se pretende emprender en un futuro. La importancia de los programas o, si se quiere, de las propuestas políticas en las elecciones modernas ha ido menguando con los años, como consecuencia de la difuminación de las diferencias y la confrontación ideológica entre los partidos (el tan cacareado fin de las ideologías) y, sobre todo, de la creciente personalización y “espectacularización” de la lucha política. Con todo, no puede menospreciarse su influencia en los resultados. Baste recordar la célebre descripción realizada por Thatcher del programa electoral de su rival Michael Foot (vapuleado en las urnas en 1983) como “la más larga nota de suicidio jamás escrita”.
Examinado el qué, hay que realizar una referencia al cómo, esto es, al medio o canal utilizado para la difusión de la oferta. En un primer momento, como se ha referido, vino constituido por la presencia física y las alocuciones de los candidatos. Surgieron de este modo las denominadas “whistle-stop campaigns”, campañas marcadas por los grandes tours nacionales a bordo de trenes y, más tarde, de caravanas electorales. Son famosas al respecto las campañas de los candidatos norteamericanos de finales del XIX y primera mitad del XX, donde en muchos casos no se llegaban a bajar del tren, dando el discurso desde una plataforma del mismo. Como es obvio, el desarrollo de los medios de comunicación (primero la radio y, sobre todo, posteriormente la televisión) dio lugar a la progresiva sustitución de dicho método, ya que el efecto multiplicador de aquéllos no podía compararse con los anteriores canales. La televisión provocó, además, el surgimiento de los debates electorales, considerados durante mucho tiempo como el elemento más importante de la campaña. Cierto es que el debate electoral entre candidatos existía desde mucho antes (recuérdese al respecto, por ejemplo, la amplia resonancia que tuvieron, por muchas razones, los diversos protagonizados por Lincoln y Douglas en las elecciones al Senado en 1858), pero la aparición de la televisión pasó a convertirlos en decisivos, siendo ya un tópico citar los debates entre Nixon y Kennedy en 1960. Desde entonces la imagen ha impuesto una férrea dictadura, cuidándose casi más los gestos que el mensaje en un proceso por todos conocido. El último eslabón en la evolución descrita es Internet, auténtica ágora paralela, con visos de convertirse en un futuro de un foro virtual al único real (con todas las implicaciones que ello conlleva), como demostrara la campaña del “yes we can” de Obama en 2008.
Junto al qué y al cómo, existen otra serie de elementos prácticamente invariables en toda campaña electoral. La figura de los gurús o asesores es uno ellos. La introducción de las técnicas de mercadotecnia ha supuesto el encumbramiento de los conocidos como “arquitectos electorales”, auténticos Aníbales de los tiempos modernos, zahoríes capaces de detectar por dónde fluyen las verdaderas corrientes subterráneas de las tan codiciadas mayorías silenciosas (nombres como Rove o Arriola suelen citarse entre los mismos). Otro elemento que no puede faltar en toda campaña que se precie es el hallazgo “inopinado” de escándalos o elementos poco aleccionadores respecto al pasado o el presente de alguno de los candidatos. Elusiones de sus obligaciones cívicas (Bush junior) o comportamientos sexuales inapropiados en un determinado contexto social (Clinton) son algunos ejemplos de ello. La capacidad de reacción del candidato será decisiva para salir con vida. A este respecto, suele citarse como modelo de aquélla, la reacción del Nixon candidato vicepresidencial en la carrera de 1952, cuando ante las acusaciones de desvíos de fondos de su campaña en favor personal, en un discurso televisado se defendió con vehemencia de las mismas, con alusiones al viejo y gastado abrigo republicano de su mujer y a que la única apropiación “indebida” de fondos había sido la aceptación de un regalo: el de un cocker spaniel llamado Checkers (“a mis hijas les encanta y, sí, hemos decidido quedárnoslo”).
En relación con lo acabado de apuntar, cabe subrayar la importancia en las campañas de un elemento muchas veces decisivo: el dinero. La financiación es sin duda el elemento más oscuro de toda campaña, auténtica “fuentes del Nilo” de la corrupción política. Ante el crecimiento imparable de los gastos de las modernas campañas electorales, frecuentemente los partidos han sucumbido a la tentación de buscar contribuyentes por las vías más oblicuas, cuando no abiertamente criminales. Así, puede decirse que ninguno de los grandes partidos de las grandes democracias del mundo se ha visto ajeno, en algún momento, a estas prácticas. El deseo de ganar a cualquier precio (nunca mejor dicho) nubla la razón de los atletas del ágora. Finalmente, hay que mencionar las tan evocadas encuestas, auténticos cuadernos de bitácora de la política contemporánea y, más aun, de cualquier campaña electoral. Desde que aparecieran en la política estadounidense en la década de los 30 del siglo pasado han cambiado el comportamiento de los actores implicados. Imprescindibles en un escenario en el que se quiere conocer en tiempo real el presunto impacto y aceptación de una medida o propuesta, no dejan por ello de suscitar polémica en cuanto a las garantías en su confección y a la articulación o no de instrumentos de control. Oráculos de Delfos en todos los países (y en la mayoría de casos con razón, dado su índice de aciertos), también son célebres algunos fiascos: no pudieron ver la victoria de Truman en 1948 (célebre la portada con el titular de la victoria de Dewey a primeras horas de la mañana postelectoral) o la de Major en 1992.
Seguramente, todo lo dicho en estas líneas no responde a la pregunta inicial lanzada en su comienzo sobre el sentido o justificación de las campañas en la actualidad, debiendo reconocerse que muchos caracteres de los enumerados parecen de otra era. Con todo, desde un punto de vista jurídico-constitucional su existencia encuentra como apoyo, o incluso exigencia, la necesidad de articular un período acotado inmediatamente anterior al día de la votación (por cuanto que en el mismo es mayor la capacidad de influencia o manipulación) en donde se extremen las garantías de igualdad de armas, objetividad y neutralidad. De ahí la panoplia de límites establecidos en los ordenamientos para garantizar los mencionados objetivos. No obstante, ha de reconocerse que muchos de los elementos de las campañas deben ser sometidos a revisión para acompasarlos a los tiempos actuales. Así, si bien podría admitirse que los mítines son aún necesarios como plataformas para la difusión del mensaje “urbi et orbi”, se tratan, en cualquier caso, de coreografías demasiado costosas. Parecidas conclusiones cabe alcanzar en cuanto a necesidad de “aggiornamento” en relación con cuestiones como la prohibición de publicación de encuestas en los días anteriores a la elección (cinco días en España) o la propia existencia de la denominada jornada de reflexión. Sin embargo, con todas sus imperfecciones, hemos de celebrar ese pequeño gran milagro que se produce cada x tiempo, la actualización del viejo principio de que lo que a todos concierne por todos ha de ser decidido.