Opinión

La mirada de un constitucionalista

'TRIBUNA'

Juan José Solozábal | Martes 08 de diciembre de 2015
Me llama mi editor Antonio Roche de Biblioteca Nueva para decirme que acaba de salir Ideas y nombres. La mirada de un constitucionalista y que debería pensar en unas palabras de explicación a sus posibles lectores. Se trata de un libro que recoge una antología, 130 columnas, de las que he publicado en este diario, sin faltar nunca, todas las semanas desde finales del 2011. Mis columnas no consisten, debo de advertirlo, en una colaboración inocente, que sea mera reacción a lo que ocurre en la semana, esto es, un testimonio personal del tiempo que fluye. A veces pienso si no me sucede como a los personajes que evoca Jean Daniel en su libro Los míos, que dependían de la literatura, de modo que vivían pensando en lo que iban a escribir, adelantando el tratamiento que darían a lo que hacían o veían. Esas almas, dice de Jules Roy, si elegían “una mujer, una casa, una lectura, una caminata, lo hacían solo para anticipar la visión de los capítulos del libro que les dedicaría”. Un académico vive leyendo y por eso muchos recuadros son reseñas de libros y lo que uno ha leído le proporciona sin duda un filtro con el que entender lo que pasa y sobre todo lo que le pasa a quien escribe. Hay, así, mucho pensamiento político en el libro, pero diría, internalizado o utilizado, no expuesto solo de una manera objetiva e impersonal. Creo que esto es también lo que interesa al lector, que desea referencias ideológicas por decirlo así cordiales o tamizadas por su utilización concreta o singular, pues, según Goethe, amamos solamente lo individual, “de ahí la gran alegría por los retratos, las confesiones, las memorias, las cartas y las anécdotas de los difuntos, incluso de hombres insignificantes”.

Al lector le llega la columna o el recuadro, denominación que elijo en homenaje a Azorín que así nombraba sus breves colaboraciones en la prensa, y que normalmente consiste en la exposición del núcleo esencial o alguno de los detalles más llamativos de una cuestión concreta, evitando el riesgo de la elucubración abstracta en que suelen incurrir los académicos en el tratamiento de los problemas. Quiero decir, entonces, que escribir es callar y cortar, esto es, prescindir de lo accidental o superfluo, de lo que no significa nada y sobra: también las más de las veces me limito a sugerir o evocar, evitando la rudeza de la exposición frontal de lo que quiero o pienso, prefiriendo la invitación al diálogo a la imposición de lo evidente. Ahora cuando veo algunas de las columnas reparo que habría sido muy difícil aprovechar todo el material que las sustenta, a pesar de que por su extensión no puedan ser calificadas como breves según he hecho en alguna ocasión : los comentarios sobre el libro de Safransky acerca de Goethe, este año, como el año pasado los de Martutene , la novela de Saizarbitoria, o la monografía sobre constitucionalismo antiguo y moderno de Mac Illwain resumen unas lecturas que me han ocupado durante otros tantos veranos, y que necesariamente no pueden hacer justicia a los libros a que se refieren. Lo mismo debería decir acerca del recuadro dedicado a la Universidad que refleja harto condensadamente mi opinión sobre la situación en que se encuentra esta institución, y que contó para su verificación, además de múltiples conversaciones con colegas, de la respuesta a sendos comentarios enviados por los profesores Weber y Bon, y por Isabel Giménez, en relación, respectivamente, con el acceso y promoción de los profesores en Alemania y Francia, y la situación correspondiente de los jóvenes docentes en España. En realidad bastantes columnas deberían ser consideradas como una variación concreta sobre un tema, pero cabría formular otra versión, en diferente tono o con otro motivo próximo, pues el objeto de la reseña es inagotable: si releo el elogio de don Eduardo García de Enterría en este libro, siempre me quedan dudas sobre el acierto de las facetas del personaje que se destacan y lamento que otros aspectos hayan quedado apartados, quizás para no revelar la ocasión confidencial en que se mostraron.

Cuando se publicó el anterior libro con mis columnas Patxo Unzueta dijo que se trataba de un diario de ideas, con lo que quería señalar la dependencia de la teoría política y constitucional del volumen. Ocurre también en esta ocasión que es muy frecuente la invitación a revisitar a los clásicos de siempre, hablemos de Burke, Stuart Mill, el Federalista o Aristóteles, o los clásicos de ahora, esto es, Camus, Arendt, Dworkin o Habermas. ¿Por qué?. Si se trata de la justificación de la revisitación de los maestros intemporales, señalemos en primer lugar, el placer, esto es, el gusto por la lectura o la conversación con ellos. También, porque la historia del pensamiento político es una rama de la historia, de manera que a veces las construcciones mentales son ininteligibles sin pensar en su contexto. En tercer lugar, además y sobre todo, el atractivo de la historia de las ideas reside en su potencial legitimador, pues, al final, los humanos somos “animales históricos” que asociamos la longevidad con la legitimidad, buscando en los precedentes remedio contra la fragilidad temida de nuestras instituciones. Por lo que hace al recurso a los clásicos actuales, no puede ignorarse que su referencia, sin forzamiento o manipulación, incrementa la razonabilidad de las conductas o planteamientos que son capaces de ampararse en ellos.

En este libro con todo además de ideas hay sitios, lugares particulares en la vida del autor, y nombres, correspondientes a los clásicos ya aludidos, pero sobre todo de maestros, como ocurre con los miembros de la generación vasca de los cincuenta, no solo scholae sed vitae, o de compañeros de camino cuya andadura es paralela y superior a la del autor.

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