Este domingo 6 de diciembre de 2015 se realizaron elecciones para elegir a los miembros de la Asamblea Nacional en Venezuela, que desde hace más de dieciséis años es gobernada por el régimen chavista. Se trata de un caso complejo en la política contemporánea, que mezcla aspectos derechamente dictatoriales con otros de naturaleza populista, elementos han permitido constituir un régimen en sí mismo, el régimen chavista o bolivariano. Y, ciertamente, cuenta también con algunas aperturas democráticas, que en esta ocasión han permitido a los detractores de Nicolás Maduro propinarle una histórica derrota a su gobierno.
Hace solo unos días un grupo de destacadas figuras internacionales decidieron publicar un vibrante llamado: “Venezuela grita libertad”, lo titularon. Los firmantes eran Mariano Rajoy, presidente del gobierno de España; Felipe González, ex gobernante del mismo país, Ricardo Lagos, ex Presidente de Chile; David Cameron, Primer Ministro del Reino Unido; Thorbjorn Jagland, secretario general del Consejo de Europa. En su documento exigían la liberación inmediata de los presos detenidos arbitrariamente, así como también denunciaban el clima en el cual se estaba desarrollando el proceso electoral, “dominado por la violencia, las amenazas y la intimidación de la oposición”.
Los líderes concluían con un llamado y una definición fundamental: “No podemos ser indiferentes ante las legítimas reclamaciones de la oposición democrática venezolana. No decir nada también es tomar partido. Reclamar la libertad, la democracia y el respeto de los derechos humanos en Venezuela no es injerencia: es nuestra obligación como demócratas. Se trata de valores universales que defendemos para todo el mundo, no solo para nosotros”.
Finalmente, las elecciones se desarrollaron en un clima bastante más normal de lo esperado, y con un resultado que si bien se preveía, considerando el desgaste y la mala gestión del gobierno de Maduro, también se había presentado como una ilusión difícil de cumplir desde hace bastantes años. La victoria opositora es contundente, según ha informado el CNE, el Poder Electoral de Venezuela. La oposición alcanzó un 64,07%, logrando elegir 107 diputados, contra un 32,93% del gobierno, y sus 55 diputados. Nicolás Maduro culpó a “la guerra económica” de su derrota, advirtiendo que había triunfado “una contrarrevolución”. ¿Qué hay de cierto en esto?
Lo primero es bastante obvio, aunque en un sentido distinto al que le da el líder venezolano. Es tal la guerra que el propio gobierno ha dado a las reglas básicas de la economía que es muy difícil que no ocurriera la debacle económica en un país que, por otro lado, es tan rico. En algún minuto debían volverse contra el pueblo venezolano las consecuencias de una administración que, además de desastrosa resulta un despilfarro económico y genera un tremendo daño social. Lo segundo resulta también interesante, porque si lo que se llevaba a cabo era la revolución bolivariana, efectivamente este domingo triunfó una “contrarrevolución”, de un pueblo que no quiere la violencia física y verbal de los últimos años, sino que anhela algo que hoy resulta épico pero, que es la regla general en los países occidentales: simplemente un régimen democrático, con alternancia en el poder, elecciones cada cierto tiempo, división de poderes del Estado, libertades sociales y políticas. En palabras de Carlos Malamud, “la fuerza de los votos pavimenta el camino a la razón”. Es decir, todo aquello que primero Chávez y luego Maduro habían amenazado con fuerza en los últimos años. No cabe duda que habrá cambios internos en Venezuela.
Por otro lado, el panorama latinoamericano también experimenta una nueva etapa, limitando los efectos del populismo en la región. Hace unas pocas semanas comenzó el cambio en Argentina, con el triunfo de Mauricio Macri sobre la postura de continuidad a Cristina Fernández, poniendo fin a la “era Kirchner”. El propio nuevo Presidente trasandino había señalado que invocaría la cláusula democrática contra el gobierno venezolano, en lo que ya se manifestaba como un primer gran cambio conceptual y político, y que ciertamente puede tener efectos sobre el comportamiento de Maduro después de las elecciones. No cabe duda que el 2016 comenzará de una manera distinta en el continente. Queda pendiente la gran tarea, que es lograr la libertad de Cuba, cuyas dictaduras de Fidel y Raúl se extienden ya casi por seis décadas. Es de esperar que los líderes que exigieron democracia en Venezuela, junto a otras figuras relevantes, pongan su talento y esfuerzo en lograr la libertad de la isla.
Adicionalmente, estas elecciones tienen un gran efecto de pedagogía política, al menos en dos sentidos. El primero, es revitalizar la política como una actividad crucial para el desarrollo de los pueblos, cuestión que muchas veces se ha olvidado, generando un espacio fértil para los populismos y las dictaduras. Los pueblos, sus partidos y dirigentes, deben tener la capacidad de proponer, actuar, organizarse y, eventualmente, triunfar sobre los males que pueda tener un país en un momento dado. Lo segundo, es la necesidad de contar con coaliciones amplias cuando se quieren producir cambios históricos, donde no caben los mesianismos exclusivistas, ni tampoco las posturas que privilegien el interés personal o grupal por sobre las grandes aspiraciones nacionales. Los ejemplos de Macri en Argentina y de la oposición en Venezuela son ejemplos claros al respecto.
Finalmente, queda una última enseñanza que es bueno tengan en mente tanto los argentinos como los venezolanos, también la gente que ha sufrido y esperado y que hoy se levanta contenta con el cambio, así como se manifiesta esperanzada con el futuro. Hay un gran riesgo presente que no conviene olvidar: las cosas no mejorarán de la noche a la mañana, habrá que superar muchas limitaciones institucionales para cambiar algunos problemas enraizados en el Estado y para revertir ciertos males sociales. Un gobernante responsable nunca ofrece resultados rápidos e imposibles, como tampoco regala ni gasta lo que no tiene. Incluso llega a ofrecer cuestiones que pueden ser poco populares en un momento, pero que sin duda son mejores para el futuro y para el progreso social de los pueblos: trabajo bien hecho, administración eficiente de los recursos públicos, focalización del gasto hacia los que más lo necesitan, austeridad, orden, respeto a las instituciones, libertad. O, como resumía Churchill en la hora dura de Inglaterra, “sangre, sudor, lágrimas y fatiga”. Para muchos esto podría ser algo obvio, para otros significa un gran avance. Más todavía cuando saben que ese esfuerzo tiene resultados en el mediano y largo plazo, como el crecimiento económico, estabilidad institucional, mejores condiciones de vida para la población, una mayor justicia en la sociedad.
Pero para lograrlo no basta con quererlo, hay que hacerlo bien, muy bien, más todavía cuando las posibilidades de errar han quedado tan seriamente disminuidas tras años de populismo y régimen dictatorial.