Después del Poder, el objetivo prioritario de Podemos es cambiar la mentalidad de la gente. Fiel seguidor de Antonio Gramsci, Errejón afirma en algún sitio (estoy harto de rebuscarle citas) que tras los gobiernos populistas en Latinoamérica nadie sostiene ya posiciones neoliberales. Estos regímenes habrían cambiado el discurso público e incluso la mentalidad de la gente.
En Podemos se entiende por neoliberalismo todo lo que no sea su peculiar visión del socialismo del siglo XXI, más o menos “aromatizado” por las exigencias electorales. Es decir: son contrarios a la economía de mercado, al éxito individual, a la primacía de lo privado frente a lo público y, por supuesto -no hay más que ver como los tratan en Madrid- a las inversiones del denominado Gran Capital (sea español o extranjero) y todo ello con independencia de las evidentes bondades que estas grandes operaciones conllevan en términos de empleo, renta y rehabilitación urbana.
Son contrarios a cualquier tipo de fiscalidad que no sea punitiva. Para ilustrar la carga fiscal que sufrimos en España, hay que decir que el español medio contribuye, desde principios de año hasta muy entrado el mes de mayo, con todos sus ingresos para sufragar al estado en sus distintas versiones. Nuestra carga fiscal está en la parte más alta de cualquier clasificación internacional y es además muy desequilibrada, pues quien paga lo hace de forma desproporcionada. Pablo Iglesias se va ir de esta campaña sin que nadie le pregunte hasta dónde quiere llevar la carga fiscal que se inflige a los españoles.
Una de las bestias negras del movimiento es la denuncia de las “puertas giratorias”, y lo peor es que está calando como una aberración del sistema. Profundicemos: Cualquier político con reputación internacional (por ejemplo Trinidad Jiménez, que está de moda) puede ser un activo importante para una empresa con presencia internacional. Este desarrollo exterior conllevará empleo y más riqueza para España, pero al “podemita” esto le da igual con tal de avanzar en su batalla ideológica. Ya nos gustaría a muchos de los que nos dedicamos a la exportación contar con un “giratorio” en nuestras filas.
Un político retirado puede aportar su experiencia de gestión a la empresa y… ¿Porqué no? su agenda para facilitar la actividad empresarial Es lo que en cualquier sociedad moderna se llama el “networking”, y no es malo siempre que se realice con honestidad y sin caer en algo que todo el mundo entiende: la mala influencia o la ventaja abusiva. Para establecer los límites están las leyes y los jueces.
No nos equivoquemos; el sueño de Podemos es monopolizar el poder y para ello tienen que generar una nueva casta de políticos. Gentes que tengan un sueldo bajo y una dedicación total y exclusiva de por vida mediante el establecimiento de unas incompatibilidades inasumibles. Vamos hacia lo que más se ha denunciado, el político profesional que sólo se ha dedicado a la política a lo largo de toda su vida.
El empresario español está muy escaldado del relumbrón. Aquí es difícil que surjan modelos como Arnault, Branson o Gates. Mario Conde lo intentó y aquello acabó muy mal incluso cuando hubo un momento en que muchos jóvenes lo emulaban. La máxima del empresario de éxito en España es la discreción casi enfermiza a pesar de que ya casi no hay problemas de seguridad y la sempiterna envidia española no es ya un motor social, si es que fue algo más que un tópico en algún momento.
Un partido que defiende las clases medias debe apoyar y reconocer el éxito porque en él se fundamenta el ascenso social bien sea en los estudios, en la actividad profesional o en la empresa. El descenso en la escala social y la equiparación en la pobreza que pretenden los “podemitas” se consigue con una fiscalidad desproporcionada, ahuyentando a los ricos, dejando a las empresas inertes mediante fiscalidad y trabas, y al país sin ningún atractivo para los inversores. Al final, parafraseando a Trotsky, en el mundo de Podemos las clases altas serán los dirigentes políticos y, el resto, lo de siempre… proletariado. Por cierto, clases altas endogámicas donde el poder se reparte entre hermanos, hijos o sobrinos. En definitiva, un régimen aristocrático incluso con palacios, aunque bastante feos por cierto.
Necesitamos, al menos los que nos consideramos liberales, proclamar que el capitalismo, la economía de mercado es el mejor motor de desarrollo humano, debemos volver a reconocer el éxito individual y empresarial, a atraer inversiones, dejar la fiscalidad y la actividad del estado en el mínimo imprescindible y, por supuesto, defender esas “puertas giratorias” que buena riqueza crean. No cedamos ni un centímetro.