Opinión

¿Literatura clientelar?

TRIBUNA

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 11 de diciembre de 2015

En una linajuda urbe de la Penibética –joya de España en todas las dimensiones: históricas, artísticas, literarias- durante una cena en un restaurante “americanizado”, uno de los comensales de mayor experiencia política afirma sin celajes: “Sin el respaldo del “Aparato” no se puede llevar a cabo en la España actual ninguna tarea de entidad…”. El silencio asentivo de sus colocutores es ominoso. En el estadio de la todavía joven democracia hispana de la excelencia y transparencia como motes generacionales, tal declaración es tan difícil de aceptarse sin sonrojo colectivo como de refutar con solidez. El devenir cuotidiano de los asistentes a dicha comida -todos mujeres y hombres de letras, escritores artistas, catedráticos…- está asaltado por noticias trasmisoras de un premio nacional o autonómico otorgado sustancialmente merced al validato de un partido o de una organización de amplios y poderosos tentáculos, a la vez que por informaciones que confirman la preterición o el marginamiento de las redes clientelares de las fuerzas políticas y económicas de autores y obras de auténtica valía, cuya edición enriquecería a la sociedad al elevar su peso moral y su densidad cultural.

Mostrar demasiado asombro frente a tal hecho equivaldría a descubrir excesiva candidez e ignorancia cara a un comportamiento de arraigadas raíces cronológicas y que, muy presumiblemente, sólo quizá podrá modificarse cuando la humanidad traslade su habitáculo a Marte. Pero reconocerlo y aceptarlo sin encocoramiento alguno, con la impasibilidad y resignación que despiertan las grandes catástrofes naturales semeja no ser de recibo en una comunidad como la española del presente, atravesada y remecida por todos los raviones de la igualdad y la probidad ética en individuos e instituciones.

Jurados, críticos, instituciones consagradas al mecenazgo cultural (-muy contadas en nuestro país)-, medios de comunicaciones social podrían hacer, ante el espectáculo dominante, un sobreesfuerzo de responsabilidad para depurar los criterios de “excelencia” conforme a los que deben darse las distinciones referidas. Probablemente, la pesarosa rodera por la que transcurre hodierno aspecto tan esencial de la vida intelectual y científica española sólo quepa atajarla con la guerra a muerte de la intromisión de factores ajenos a la materia, muy en particular, de los políticos o ideológicos, más nocivos incluso que los derivados del lápiz rojo de los antiguos censores de la dictadura.

Un factor muy olvidado en las latitudes peninsulares –y también, hélas, en las insulares…- a la hora de la reflexión sobre el tema de estas líneas, el papel de los editores merece una particular mención. Son ellos principales protagonistas de una vida cultural –en su fundamental dimensión bibliográfica y publicística- vigorosa y auténtica. Como es lógico, la empatía con su noble oficio no puede materializarse a través de subvenciones u otra suerte de ayudas crediticias, habida cuenta de la nunca descartable injerencia en su trabajo del lado de entidades y personas interesadas en mediatizarlo. Una mayor comprensión y simpatía hacia aquel por parte de autores y público tal fuera suficiente en no pocos escasos para que los editores arrostraran más riesgos que los habituales –y numerosos- en el desempeño de sus insustituibles menesteres y usufructuaran una mayor libertad en el momento de la elección de asuntos y lletraferits, con mirada imantada por la calidad de textos y plumas.

En medio de borrascas electorales y graves desafío a la continuidad nacional, el asunto referido no es, desde luego, baladí.

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