Opinión

Jubilar a Rajoy para salvar España

POR LIBRE

Joaquín Vila | Domingo 13 de diciembre de 2015

En los siglos que ya dura la campaña electoral, los candidatos del PSOE, Ciudadanos y Podemos han dedicado la mayor parte de sus peroratas a insultar con saña a Rajoy. Este ha sido su principal (o único) argumento, su propuesta política más destacada. Han convertido al presidente del Gobierno en el centro de atención del 20 D. Sin ir más lejos, en el insufrible debate a cuatro, logró erigirse en el protagonista sin despeinarse, repanchingado en la hamaca de Doñana. Jugada maestra.

Mientras a Soraya se le escapaba una sonrisa burlona al mirarlos de reojo, los candidatos de los tres partidos sudaban, se retorcían las manos presa de los nervios y patinaban en el plató repitiendo hasta el hartazgo sus insultos a Rajoy. Para disimular, entre ellos se daban pellizcos de monja, pero fruncían el ceño y elevaban la voz cuando disparaban contra el candidato ausente. Pedro Sánchez, encorsetado cual maniquí de Cortefiel, le atizaba con el invento federal; Albert Rivera, en pleno baile de san Vito, le arreaba con Bárcenas, y Pablo Iglesias, sudando a chorros hasta la coleta, escupía bilis. Y así ganó el debate Rajoy; sin bajarse del autobús, sin dejar de bambolearse en la hamaca.

Se supone que los electores tienen el derecho a conocer los planes de Gobierno de los partidos en liza. Los políticos, por naturaleza, son adversarios, en especial durante las campañas. Y ya a nadie se le oculta lo mal que cae Rajoy al personal en general y a Sánchez, Rivera e Iglesias, en particular. Ahora, a los aspirantes a entrar en La Moncloa les toca convencer a los españoles de que su partido es el mejor para gobernar España. Quizás, no se lo creen ni ellos.

Porque, ¿cuál es la fórmula del PSOE, Ciudadanos y Podemos para frenar el desafío secesionista catalán, por ejemplo? ¿O para mejorar la economía?

Pedro Sánchez lleva siglos intentando explicar su poción mágica del federalismo, pero no se aclara y está convencido de que solo con derogar la reforma laboral del Gobierno de Rajoy, España lideraría el G-8 por aclamación. Albert Rivera siempre ha acertado al encarar la rebelión independentista, pero sus propuestas económicas son un galimatías. Aunque él dice que viviríamos como los escandinavos. Quizás, helados. Y Pablo Iglesias cacarea lo del referéndum y cacarea lo de asaltar las cuentas corrientes de los ricos. Cacarea sin cesar y sin dejar de estar cabreado, atormentado. En resumen, que Sánchez, Rivera e Iglesias creen que para salvar España basta con jubilar a Rajoy. Y ya está.

Es verdad que el presidente del Gobierno ha estado melifluo ante el desafío catalán y que su parálisis política ha dado alas a los secesionistas. Pero el mayor responsable del origen de la tragedia se llama José Luis Rodríguez Zapatero que animó a Artur Mas a llegar hasta el final con el Estatuto; y en ello sigue; intentando llegar hasta el final. También es verdad, que Rajoy incumplió su principal promesa electoral al subir los impuestos, pero nuestra nación ha dado un brinco en la recuperación económica que nadie puede discutir. España se juega más que nunca su futuro. Pero los candidatos se dedican a jugar a la ruleta rusa.

El domingo termina la batalla electoral, que no los insultos. Rajoy ganará, pero sudará tinta para gobernar. Pedro Sánchez, él sí, se jubilará. Albert Rivera triunfará, pero su impaciencia por trincar poder puede hacerle derrapar. Y Pablo Iglesias ocupará un buen puñado de escaños en el Congreso para seguir berreando sus proclamas bolcheviques.

En este potaje, resulta arriesgado vaticinar lo que ocurrirá; una temeridad augurar el futuro de España. Pero si se cumplen los pronósticos, el PP (con o sin Rajoy) podría gobernar con la abstención y el estrecho marcaje de Ciudadanos. Y dentro de un año, porque el PP no aguantará los chantajes y porque Rivera se verá con fuerzas para alcanzar La Moncloa, se convocarán nuevas elecciones generales. Los candidatos tendrán que disparar sus balas contra el nuevo candidato del PP; que eso les da igual. Y a jugar de nuevo a la ruleta rusa.

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