Tusquets. Barcelona, 2015. 336 páginas. 19 €. Libro electrónico: 12,34 €
Por Rafael Fuentes
Da la impresión de que la literatura costumbrista fue un sarampión en la infancia de la novela moderna, una fórmula trasnochada, un pintoresco recurso rancio y anacrónico que nos traslada a los albores decimonónicos, con los venerables Mesonero Romanos, Cecilia Bölh de Faber o el padre Coloma, o quizá con algún rebrote extemporáneo en la novela escrita bajo el franquismo, como canto del cisne de una receta ya exhausta y superada. Pero no. Esa aparente superación de la anticuada narración costumbrista es solo una ilusión óptica. Resulta que el costumbrismo se resiste a morir y rebrota vigoroso en pleno siglo XXI. Una prueba inequívoca de ello la encontramos en Los besos en el pan, última novela dada a la imprenta por Almudena Grandes.
La excusa para revivirlo está en realizar un supuesto retrato popular de los efectos de la gestión que el Gobierno de centro derecha ha llevado a cabo de la crisis económica. No es la primera vez que esto se hace, incluso desde una perspectiva de izquierdas. Baste recordar la aproximación a la quiebra económica realizada por Rafael Chirbes, con una visión poliédrica y una belleza verbal donde se han desenvuelto voces dispares de jóvenes novelistas como Marta Sanz, Isaac Rosa o Juan Soto Ivars, entre otros muchos. Los besos del pan, de Almudena Grandes, se orienta en una dirección diametralmente opuesta. Estamos a años luz de esa exigencia ideológica y estética de Chirbes. El propósito es ahora simplificador, como sucede en cualquier costumbrismo.Nos encontramos aquí con una sucesión de “cuadros de costumbres” hilvanados de manera artificiosa para que el volumen adquiera la apariencia de una novela. La multitud de figuras que pululan pasando de un cuadro costumbrista a otro no alcanzan propiamente el nivel de “personaje”, sino que con más exactitud son “tipos”, a los que conocemos por algún rasgo superficial o una somera anécdota que por lo general flota en la trivialidad.
Sabemos, por ejemplo, que a un ingeniero le han bajado el sueldo, pero que el desconsuelo de su esposa es sobradamente compensado por una noche de sexo memorable. O que a la inspectora Raquel la desean los agentes de policía bajo su mando, pero a ella le da mucha vergüenza desnudarse porque la cesárea le dejó una cicatriz. O que Toni encontró trabajo porque aprendió a hacer multiplicaciones con decimales o que a la abuela Adela se le dan fantástico los ciberjuegos. Después de esta sucesión de abrumadoras revelaciones sobre el alma humana estamos, al parecer, en inmejorables condiciones para comprender la verdad sobre la crisis económica de nuestro país.
Decir que las moralejas que se extraen de cada anécdota costumbrista son maniqueas, es decir poco. La cuestión, en esencia, es que el pueblo es muy solidario entre sí, y debe sufrir las consecuencias de viles y despiadados derechistas que hacen el mal desde el Partido Popular. De muestra un botón. Se nos informa en la página 184: “Lo que ha pasado es que esa guarra, cerda, asquerosa, ha puesto en ridículo a José delante de media España. No, si qué se podía esperar de esa pija, facha de mierda, votante del PP, que lleva bragas rosas con el borde de florecitas.” ¿Se habrá enterado el lector que la votante del PP es una “pija” y una “facha de mierda”? ¿Será usted quizá duro de oído y no ha captado el sutil mensaje? Por si acaso, lea cuatro páginas más adelante, en la 188: “se ha portado como una cerda, guarra, asquerosa, pija de mierda.” ¿Ha quedado claro, o se lo repetimos?
Idéntica sutileza se emplea para hablar de fondos buitre, del imaginario desmantelamiento de la sanidad pública, los supuestos funcionarios despedidos y las masas de niños hambrientos ocultos hasta en las mejores familias. Es decir, toda esa secuencia de conocidas leyendas urbanas que la izquierda populista ha puesto en circulación en los últimos tiempos para acceder al poder. De juzgado de guardia la última anécdota del libro donde los musulmanes Fátima y Ahmed pasan lógica y legítimamente a colaborar con el Estado Islámico porque se les ha desahuciado y ninguna ONG se ocupa de ellos. Se puede afirmar que Almudena Grandes ha dado carta de naturaleza a un sesgo novedoso del anticuado costumbrismo, al que sería posible denominar como: “costumbrismo populista”.
Mal asunto que la novela se sume y refuerce las simplificaciones políticas. Desde Cervantes, la novela ha sido el mejor antídoto contra los mundos esquematizados por la ideología política. Un retorno a la diversidad y complejidad de lo real, a sus paradojas e ironías, irreductibles a una fórmula simplista. Pero a fin de cuentas este simplificador “costumbrismo populista” de Los besos en el pan representa una operación mercantil bien dirigida. Hay un nicho de potenciales lectores que comulga con gusto con estos simplismos. Estamos en la fecha idónea: navidades y unas elecciones generales que exacerben los ánimos. Si usted añora el costumbrismo, se recrea con las leyendas urbanas del populismo y quiere contribuir a esta maniobra comercial, compre el libro.