Hiperión. Madrid, 2015. 136 páginas. 12 €
Por Inmaculada Lergo Martín
Una colección “de asombros” es la mejor manera de definir esta Orquesta de desaparecidos de Francisco de Irazoki (Navarra, 1954). Asombros que son un gozo, un estupor, un desgarro; asombros hechos de culpas, de serenidades, de la observación de los otros y de sí mismo; que son, en definitiva, esas palabras volanderas -que el autor cuenta que buscaba bajo la claraboya grande y vieja que podía tocar con las manos en la pequeña habitación donde se instaló en París- que ha podido atrapar para definirse.
Una mirada hacia el “suelo celeste”, hacia hormigas, guijarros y hojarasca, hacia los pies de los segadores, hacia su madre, que no tuvo zapatos antes de ser adulta, hacia su padre, que “nunca participaba de la pequeñez humana de escucharse solo a sí mismo”, hacia los secretos que pueden decirnos las pequeñas cosas como una tabla arañada y rota del suelo o una teja que se cae, hacia la hermana, portadora de “intuiciones antiguas”, hacia sus amigos, hacia lo que le rodea, hacia su propio interior… en ese afán tan humano, tan de todos, de desentrañar el sentido de la vida. Un misterio que únicamente al final, cuando ya no estamos a tiempo de poder comunicarlo, vemos con nitidez. Es como una gota agua -escribe Irazoki- que contiene en su interior palabras que vemos pero no podemos leer, una gota que primero se nos muestra inalcanzable, “en la cima de los grandes árboles, pendiente de una hoja invisible”, que pasa después al alerón del tejado, a la tapia, a los arbustos cercanos, a la hierba… cuando ya somos ancianos: “Los viejos no caminan con lentitud por culpa de la carga del tiempo; sólo intentan no pisar la gota de agua caída al suelo de los últimos caminos que recorren. Hasta que los pies cansados rompen esa pequeña bolsa líquida. De ella salen libres las palabras indescifrables suyo significado, por fin esclarecido, nadie puede transmitir”.
Desde los años 80, Irazoki no se ha detenido en su labor creadora, ni ha dejado de mostrarnos facetas y tonos diversos. Orquesta de desaparecidos es su segundo libro de poemas en prosa. Los deliciosos textos, de una intimidad que lastima, del anterior, Los hombres intermitentes (Hiperión 2006) se hacen metáfora que sobrepasa sus propios límites. Porque la poesía, dice el autor en una exacta definición que comparto plenamente, “no es una delicadeza decorativa, sino una intensidad de la mirada que despierta a la conciencia”. Por eso, su intimidad también incluye su pensamiento social, alimentado este por el venturoso azar de no haber crecido en una abundancia estéril (“si nacieron en familias humildes, la naturaleza los compensó con mentes veloces”); rico en libertades (“El libro y la risa eran los cuchillos con que queríamos partir unas semillas de cárcel llamadas identidades”) y pluralidades (“quien ama un idioma ama todos los idiomas”); desprendido de adoctrinamientos (“Muchos jóvenes empezaron a consumir el ácido lisérgico de la patria”) y purismos raciales (“Ya no juzgaremos desde la superioridad irrisoria y nadie se lastimará con la alambrada de las leyendas. […] Un fuerte viento mental va arrancando los jardines, postigos, vigas y escaleras de todas las patrias”). Quizá porque la música, que no tiene colores ni fronteras políticas ni sociales, ha sido tan importante en su vida -periodista musical, colabora en El musiquero y en Disco Express- y, como no podía ser de otro modo, está muy presente hasta el punto de definirse a sí mismo como una “pequeña casa sonora”, y de dar título al libro con esa “orquesta de desaparecidos”, cuyas “muertes o su desamor se han convertido en música”; una orquesta que lo conforma y que, finalmente, acabado el concierto, se disolverá con él mismo en el paisaje.