Según las encuestas electorales, aproximadamente, el 70% de los consultados no quiere que Rajoy continúe como presidente en los próximos cuatro años. Le achacan ser responsable de tramas de corrupción, recortes en derechos sociales, debilidad ante los separatistas, abandono del programa electoral… Los sondeos dicen también que el líder del Partido Popular es el candidato que más votos obtendrá y que aún permanecen en la indecisión casi un 40% de electores. Ya se verá si el PP logra gobernar y si, de lograrlo, su acción política es o no estable. En un régimen parlamentario lo que decisivamente determina su viabilidad y éxito es la estabilidad gubernamental. Y ésta es una condición necesaria para hacer políticas constructivas y reformadoras que han de apoyarse, por supuesto, en los recursos magníficos de energía, esfuerzo y tenacidad de los ciudadanos cuando les mueve una ambición nacional en convivencia cívica sin irritación ni odio.
Por ahora, la jugosidad de los debates no ha sido la esperada. Ni estamos viendo florecer, como alto exponente del pensamiento político, un manojo de espléndidas soluciones, ni estamos ante candidato alguno que ponga remedios con perspectivas más amplias a problemas realmente inquietantes como la educación o la demografía, que trasladan las consecuencias a varias generaciones. Ninguna política grande puede construirse hoy en España si no está apoyada en los sólidos cimientos educativo y demográfico. Los partidos de nuevo cuño proponen dar pasos muy de prisa en terrenos más bien abruptos. Pero los momentos y el contorno están para ir despacio, sin precipitaciones y con mucha calma. No hay que quemar etapas. Hay que cubrirlas todas a su debido tiempo y con el ritmo firme y acompasado de quienes se saben seguros.
No siempre lo que uno desea es lo que realmente necesita. Esta discordancia acarrea decepciones y fracasos. Lo deseable suele ser más pasional y no coincide con lo necesario, que resulta con frecuencia más racional. Y es que la emoción o el sentimiento se sobreponen muchas veces a la reflexión o a la sensatez y acaban por oscurecerlas. Nunca fueron las meras cifras económicas los hechos en que más pusieron los españoles su atención y su pasión. Como enseña la historia de nuestro país, para bien o para mal, más hacen sentimientos en caliente que frías cifras. Las próximas elecciones anuncian ser muy emocionantes. No sólo porque casi nada es seguro y casi todo está en juego. También porque el voto emocional se impondrá sobre el racional. Son muchos españoles los que desean con el corazón que Rajoy no vuelva a la Moncloa. Sin embargo, quizás para el bolsillo de gran parte de ellos, para la economía de todos y para el aspecto más social de las condiciones de vida parece necesario que España prosiga por la senda estable y de crecimiento iniciada por el gobierno de los populares. Todo indica, por dentro y por fuera de nuestras fronteras, que la distancia que hay entre el próspero equilibrio y la ruina devastadora es la misma que va de la concordia al conflicto.