Jueves 17 de diciembre de 2015
La estrategia para ocupar el sector centrista es una de las pretensiones más ambiciosas de los partidos políticos. Por Andrea Ceballos y Laia Marco.
La estrategia para ocupar el sector centrista, donde se esconde y se hospeda la mayoría y ante el que transige el voto blando, es una de las pretensiones más ambiciosas de los partidos políticos que postulan a unas elecciones. Una necesidad que crece especialmente si nos posicionamos ante unos comicios como los que acontecen el próximo 20 de diciembre en España: el bipartidismo pierde su hegemonía tradicional y se augura una fragmentación parlamentaria.
Ante el declive de los partidos tradicionales, que ven como se desangra su electorado -fundamentalmente por la ineficaz gestión de la crisis y los casos de corrupción- los emergentes llegan, recogiendo el descontento social y con paso fuerte, anunciando que han venido para quedarse.
Pero la diferencia entre los emergentes es más que notable y, el caso de Ciudadanos (C’s), como ‘el partido de la ciudadanía’, es especialmente valorable: crece de manera exponencial en los sondeos en contraste con las fluctuaciones, más acusadas, que presentan el resto de partidos.
Y es que, C’s, maneja la estrategia del centro y lo hace en el lugar, mesura y espacio adecuados frente al discurso belicista y la comunicación negativa asimilada por Podemos. En otras palabras, el partido de Rivera encuentra su sitio en el momento en el que la maquinaria bipartidista y los poderes fácticos comienzan a desarrollar el discurso del miedo ante la formación morada; un discurso en negativo que consigue calar o, cuanto menos, generar reticencias en gran parte de la población. C’s es consciente de ese poderoso vacío positivo que se genera en medio de la contienda y utiliza este momento para emplear una estrategia clara: la del centro, aderezada por el discurso moderado y revestida de cambios –o de recambios- frente a la de la ruptura con lo establecido. Ambas formaciones mantienen una estrategia acomodaticia, porque cualquier ataque desde las filas de los tradicionales legitima su postura y los alimenta, sin embargo, que la formación naranja aumente sus expectativas día tras días no es casualidad. Entremos un poco más en materia.
La estrategia y el relato del centro a través del cual C’s halla su lugar viene reforzado por los elementos clave de este: los arquetipos, las metáforas y el mito. La consecución de la recuperación del mito e integración de este en su relato constituye, pues, el éxito de la estrategia de C’s.
Los mitos, como uno de los elementos cuasi garantes del éxito discursivo del líder, son capaces de aglutinar y representar los valores fundamentales de los miembros de una comunidad. En la joven democracia española, por su tradición histórica, el bipartidismo ha heredado una idea antagónica de España y, con ello, se ha valido de un relato pero nunca de un mito inclusivo. Mientras la fuerza del PSOE venía dada por aspectos como el Bienestar Social, la consecución de derechos y la defensa de la cultura, la fuerza del PP se amparaba en elementos como la solvencia en la gestión de lo púbico, los valores neocapitalistas y liberales; en efecto, una idea antagónica de España. Si bien proceden de una tradición polarizada, el PP ha sabido apropiarse y encajar mejor, a lo largo de su trayectoria, los símbolos que representan a la nación y, por ende, una imagen, - ciertamente ficticia- de patriotismo. El PSOE, en cambio y a pesar de los intentos por relacionarse con la bandera patria, no ha corrido la misma suerte; no resulta verosímil.
En esta coyuntura en la que los tradicionales pierden la fuerza de sus relatos, Podemos ha sabido canalizar, a través del suyo, el descontento social. Sin embargo, no se puede pasar por alto un hecho revelador: C’s utiliza la estrategia más potente de todas, pues en el momento idóneo recupera el único mito de España capaz de aglutinar a todos los demócratas: La Transición Democrática española y su representante, Adolfo Suárez.
Se ha visto como los mitos han existido en América Latina: Simón Bolívar (Chavismo), Eva Perón (Kirchnerismo) y Ernesto Che Guevara (Correismo), entre otros o, en EEUU, los Founding Fathers (Republicanismo). Y, ¿cómo hacer, en España, para apelar a un mito, con tal historia a cuestas? Ya lo pretendió Aznar cuando confesó que “nos consideramos herederos de la tarea política que tú [Suárez] comenzaste en España” (José María Aznar, 2 de mayo de 2003, en el mitin de apoyo a Adolfo Suárez Illana, candidato del PP en Castilla-La Mancha). Sin embargo, todavía quedarían unos años más para que la urgencia del cambio social tocara su punto más álgido y cierto es que, desde la contundente derecha, resulta inverosímil situarse en ese relato de centro. Es por ello que, cualquier intento del PP por recuperar el mito en esta campaña (Rajoy señaló el pasado 4 de diciembre de 2015, en un acto de campaña, que quiere “reivindicar esa forma de hacer política [la de Suárez] porque este partido [PP] va a hacer una política basada en sus convicciones”) no hace más que ampliar el agujero de la red por el que se cuela la idea de que, quizá, es más apto para ocupar ese espectro quien todavía rehúsa el eje izquierda-derecha.
Es así como Albert Rivera se erige en héroe de su relato, amparado por el sujeto pasivo de Suárez. Para establecer una comparación clara, Adolfo Suárez es el Simón Bolivar que actuaba como sujeto tácito y reforzaba el relato de Chávez. Rivera realiza apelaciones tanto implícitas como explicitas a Suárez y a la Transición. Se presenta como otro gran hombre de Estado, capaz de situarse en el centro y gobernar desde la tranquilidad y la moderación y, para ello, apela a la consecución de acuerdos en las materias fundamentales y alude sin fisuras a la figura de Suárez. “Ya me gustaría parecerme en algo a él”, esgrime en ocasiones Rivera. Y, ¿cómo eludir evocar a Suárez en el imaginario colectivo, frente a tal sentencia? Lo decía George Lakoff: no pienses en un elefante. Y pensarás.
El relato propagandístico de Rivera, que trata de aglutinar a la mayoría, se sustenta, pues, ampliamente, sobre este mito y arquetipo. Y para que un relato tenga solidez, debe reflejarse sobre todos los aspectos del candidato y su formación. Rivera encarna, salvando las distancias históricas, hasta la estética, el vestuario y la puesta en escena del líder de la Transición como se aprecia en su cartel electoral para estas Elecciones Generales de España de 2015.
Y si la estela de Suárez halla reflejo en el ámbito estético de la comunicación de Rivera, no es menos cierto que de aquél impregna también sus discursos públicos. Nos hallamos en la actualidad en una etapa histórico política que no pocas voces han tildado de ‘segunda Transición’. La corrupción, el perpetuo enfrentamiento que desprovee de probabilidad todo consenso ante una sociedad para la que el hastío es ya una constante bien anclada, nos devuelve a esa época en la que hace falta un ‘tacto especial’ del mismo calibre que en la Transición Democrática Española teniendo en cuenta que “todo no se puede hacer de la noche a la mañana” (Suárez, 13 de junio de 1977, en su discurso final de campaña electoral de la UCD).
En ese discurso tan característico que Suárez dejó para la historia, se plasmó la idea de que no era tiempo de vender utopías, advirtiendo que “UCD constituye la vía media sin riesgos de improvisación o inexperiencia”. Y, en ello, Albert Rivera parece estar de acuerdo: “nuestro proyecto no es populista, ni promete cosas imposibles” (Albert Rivera, 17 de mayo de 2015, en el acto central de la campaña de Ciudadanos). Cerrar las heridas de dos bandos enfrentados históricamente y asumir el consenso que requiere el centro fue para Suárez una tarea clave, y lo recordaba así en su discurso cuando aseguraba que “España se debe construir con la colaboración de la derecha y la izquierda”, “que haya una síntesis de esas dos Españas de ingrato recuerdo”. Albert Rivera ve clara también esta necesidad de consenso y no es raro advertir sus apelaciones: “hay que enterrar las dos Españas”, cuando no que “la España de rojos y azules está enterrada” pues, asegura que no cree “en la lucha de clases”.
Pero ese consenso, esa unión de ambas partes, esa prudencia democrática en un momento transicional ciertamente delicado, requiere moderación. “El miedo no basta, hace falta un relato común de ilusión” (Albert Rivera, 15 de septiembre de 2015, en una entrevista concedida a El Mundo). Ya lo decía Suárez, cuando afirmaba en aquél discurso que España “necesita reformas económicas y sociales, reformas profundas, pero con moderación”. También Rivera se hace eco de esta necesidad, cuando sentencia que “los ciudadanos quieren gente valiente, reformista, que cuadre las cuentas (…) que haga las cosas de manera razonable”.
En tres palabras: ‘Pactos de Estado’. El consenso que Suárez buscaba sirviendo de nexo entre ambas partes parece ser el mismo al que Rivera apela cuando menciona la necesidad de elaborar ‘Pactos de Estado’. En sus propias palabras, se trata de “tener un país en la cabeza”, y superar los enfrentamientos del pasado a través de la moderación o la razón. Suárez, un político que encarnó el ‘sentido de Estado’ y Rivera, un político con la aparente intención de hacerlo.
El mito de Suárez parece tomar forma, por primera vez. Tras la primera Transición, el próximo 20 de diciembre se augura una segunda vuelta. Ahora bien, mantener un relato de centro puede ser todo un reto cuando las palabras deben trascender al terreno de la acción.
Unión, consenso, Estado, sentido común, moderación y prudencia; los marcos de La Transición son revividos en esta estrategia de centro. El devenir de España, será ya otro debate.