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Piqué sigue sangrando la herida de España

SELECCIÓN ESPAÑOLA

EL IMPARCIAL | Jueves 17 de diciembre de 2015
El central refresca, otra vez, la latente división con Ramos. EL IMPARCIAL

Había atraído la atención de los medios de comunicación hasta Yokohama. La delegación desplazada de la institución que representa abonó y trató de implementar la dialéctica deportiva, pero un nuevo desliz repleto de espontaneidad -según el concurrente acólito- o la enésima argucia que le legitima como irreverente y rutilante antagonista del coloso madrileño –bajo el prisma del crítico riguroso- desenfocó la relevancia de esa suerte de baño y masaje nipón al que ha accedido el Fútbol Club Barcelona en este diciembre. El central estrella, Gerard Piqué, compareció ante los medios de comunicación sabedor del eco de su estela. Complacido por la repercusión que genera cada movimiento que acciona. Y reprodujo el esquema que esquiva la pacificación, con su habitual tono templado e indolente ante la dirección que toma la atmósfera que queda tras el paso, en ocasiones abrasivo, de sus opiniones más indigestas verbalizadas.

"Cada uno que interprete lo que quiera. Yo solo dije que no era un amigo, sino un conocido", precisó, escueto, ante la última salida de tono que actúa como alimento de su rol de jefe de la tribu culé y revierte en azufre para la susurrada división en las filas de la selección española, fractura ésta ya escenificada con cariz sistemático en la tribuna de los estadios nacionales. Se refería el defensor a sus declaraciones, tras abandonarse en el resbaladizo empate casero ante el Deportivo, en las que se hacía eco del insulto que enarboló la campaña furibunda que tilda a Álvaro Arbeloa de “cono”, desde que éste se posicionara del lado de Jose Mourinho en la batalla fratricida del vestuario merengue, cuando adoptó actitudes que usurpaban las atribuciones de capitán desatendidas por Iker Casillas. Había manifestado el lateral salmantino, en desuso esta temporada, que el 3 blaugrana padece cierta “obsesión” con el Real Madrid, el mantra conocido como madriditis, pero que tal circunstancia no iba a prevalecer fuera del césped ya que era su “amigo”. Sin embargo, Piqué decidió que la rivalidad trascendiera lo deportivo y entrara en el terreno personal. Y ahondó en su perspectiva al rechazar el escenario idóneo para apagar un fuego ya convertido en latente.

Sergio Ramos, otrora apostado en la trinchera frontal a la ocupada por Arbeloa en la volcánica convivencia de Chamartín, asumió este fin de semana la jerarquía y responsabilidad que no supo o quiso afrontar el capitán desterrado a Oporto, y ejerció de cortafuegos, como en otras ocasiones y bajo otros condicionantes, con su compañero de zaga nacional como némesis. “A Piqué lo único que le puedo decir como capitán es que tenga respeto por el Real Madrid y por los compañeros de profesión. Esas faltas de respeto son enemigas del buen ambiente. Hemos tenido en los últimos años buenos ejemplos como Puyol, Xavi, Raúl o Iker, de los que debemos aprender todos y evitar tonterías que son innecesarias”, sintetizó el andaluz, con rictus serio, después de saberse aposentado en el fondo del proyecto de Benítez tras caer en El Madrigal.

“A Piqué le admiro, es un compañero de la selección y todo lo que vaya fuera de ese contexto no es bueno”, suavizó el camero, a continuación. “Ha hecho lo que haría cualquier capitán a la hora de defender a un compañero y yo también le admiro muchísimo, y lo digo en serio”, apostilló Gerard -quizá rememorando la defensa que el 4 madridista efectuó cuando los pitos en partidos de España asomaban- en una comparecencia que, días después de la deflagración, lejos de elevar la perspectiva hacia el ámbito de la relativización que temple los ánimos que tienden a recuperar la desestabilización ante la perpetua figura silente y hierática de Del Bosque, sirvió para acolchar su papel referencial en la vertiente integrista del Barça y su distancia en la pretendida polarización. Esteban Granero, amigo -este sí- de Arbeloa que compite defendiendo la elástica de la Real Sociedad, reaccionó en Twitter ante la línea roja traspasada y publicó un post con la siguiente recomendación, acompañada de una imagen en la que el lateral mostraba los diez dedos de sus manos en alusión a las diez Copas de Europa madridistas: “Piqué, por favor, olvida ya los complejos y respeta a tus superiores”. “No me sorprende nada ya en este mundo. No voy a responderle. Estamos aquí para jugar el mundialito porque ganamos la Champions. Lo que no puedo hacer es controlar lo que dice todo el mundo”, subrayó el zaguero, casi en bostezo por aburrimiento, como ausente del contexto que él mismo cultivó.




Este capítulo refleja la tendencia adoptada por una de las piezas nucleares de la selección española. Una inercia que refresca la nociva tensión nacional desperezada durante la era Guardiola-Mourinho, pero que cuenta con una relación de fuerzas diferente. Piqué hace personalísima la batalla, ejerciendo, en buena lid -en el pretérito Clásico resuelto con 0-4 se sumaba al ataque para sellar la manita en primera persona- o por la vía ruda de enfant terrible maniqueo. En el último lustro, al tiempo que el efecto cercano al brillante monopolio de España se deshacía en los eventos internacionales, el defensor ha realizado equilibrios que extrapolan la tensión deportiva hacia el coqueteo con lo político, evidenciando nuevos matices de contradicción con Ramos -que ya enfatizó su disconformidad con esta deriva al sugerir a un periodista catalán, que cuestionaba a Piqué en tal lengua, si le valía una respuesta en andalú-. Inmerso en el paroxismo del triunfo, ha utilizado la construcción ideada en sectores del catalanismo de “Madrid”, no como club de fútbol, ni como ciudad o amalgama de particularidades sociales y sensibilidades políticas, sino como elemento centralizador de ahogo y patrocinador de agravios de pelaje histórico.

“¡Vamos chavales, vamos, a celebrarlo. Que se jodan los de Madrid. Que nos vean dar la vuelta”, proclamó, ante las cámaras, sobre la hierba del recinto de Tiflis que vio al Barça alzar la Supercopa de Europa en agosto. Piezas deslenguadas del camarín merengue filtraron, tras un Clásico que disparaba al Barcelona en Liga, en marzo de 2011, que la espontaneidad condujo al central a aseverar, voz en grito, “¡españolitos, ya os hemos ganado vuestra Liga, ahora os vamos a ganar la Copa de vuestro Rey!”. Más pausado, en el entretanto, aludió al apoyo de Bankia al Real Madrid como factor diferencial y definidor entre el “ellos” y el “nosotros” e hizo brotar susceptibilidades que le persiguen al mostrarse a favor de la consulta y asegurar su oposición a la independencia al tiempo que participaba activamente en la Diada y en el apoyo a Omnium Cultural, en su demanda por la implantación de una selección catalana que compita con toda potencialidad. Este collage no encontrará fácil cortapisa a la silbatina persecutoria que le acompaña extramuros de Can Barça.

El caso es que, aunque pareciera que la clasificación para la próxima Eurocopa, de titubeante trayecto, contaminó de paz el transcurrir de las jornadas a la espera del debut ante la República Checa -13 de junio-, la retórica impulsada desde el Camp Nou de manera recurrente y afianzada desde el remanso japonés, reabre la fricción en el seno de la estabilidad de la selección española. Porque, por si la química y el compromiso por defender la pulgada a la espalda del compañero no resultaran de necesario cumplimiento, el perfil de la pareja de centrales que, presumiblemente, representará a la triple campeona continental en Francia, grita la urgencia de entendimiento desde lo estrictamente futbolístico. Piqué, sobresaliente con el cuero, no deja de ejemplificar las aristas y oquedades de un zaguero de su morfología: de cintura dura, lento en lo relativo al tiempo de reacción en estático y endeble al espacio, necesitado de un acompañante veloz y astuto al corte. Y Ramos, por su parte, adolece de sustento en solitario, por arriba, por el césped, en la lectura de asociaciones rivales y en el mano a mano, con o sin balón, con metros a la espalda. Así, la dependencia emerge mutua como cúspide de la red de ayudas que ha de recuperar el cuerpo técnico con el fin de que el trabajo complemente los límites de la calidad, tras el abrupto acantilado brasileño. La ausencia de garantías en los nombres que empujan por sobresalir esboza un horizonte de obligado entendimiento. Pero, ¿hasta dónde llega la frontera temporal para manejarse en la marejada discursiva y mutar la piel a la concordia nacional, sin que ésta resulte impostada y condicione el rendimiento? ¿Sobrevendrá algún interlocutor, a sueldo de la Federación, que amalgame y distribuya mesura en la mencionada lógica inter-clubes de rencilla continua?

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