Florentino Pérez y Rafael Benítez no quisieron perdérselo. El magnate que sobrevuela la sección con más periodicidad de la pretérita en los últimos tiempos y el técnico con aspecto de cabeza de turco ocuparon, mano a mano, sus escaños en el palco de un BarclayCard Center a rebosar de ojos atentos al siguiente capítulo de la deslumbrante deflagración en que el Real Madrid ha convertido este tramo de curso. La previa del partido de este jueves subrayaba, en riguroso cumplimiento de la atención estadística, la trascendencia del duelo. No obstante, si los capitalinos caían ante el Estrasburgo se complicarían la toma de oxígeno y alcanzarían tocar techo y suelo históricos en un mismo año, al convertirse en el único campeón de la Euroliga apeado en la primera fase de la siguiente edición del torneo. Así, con el paisaje presuntamente bañado de tensión, se desplegó un enfrentamiento que quedaba cercenado de participación para el lesionado Rudy Fernández.
El simbolismo del contexto resaltaba sobre los primeros suspiros. No en vano, el cuadro francés luchaba contra su estela -en sus asistencias a eventos de Euroliga nunca había ganado a domicilio, con un tenebroso 0-16- aleccionado por el técnico galo Vincent Collet -que todavía no pestañea al serle recordado el legendario rendimiento de Gasol en la batalla franco-española del pasado Eurobasket, en el que ejerció como seleccionador y sujeto pasivo-, en un intento por enmarañar el fluir madrileño a través de la imposición de obstáculos a la trama argumental por la vía del frondoso físico con que arribó a territorio español. También llegó con opciones, si bien remotas, de acceder a la siguiente fase -habrían de ganar por más de 28 para no atender a carambolas de terceros-. Aseguró Pablo Laso antes del envite que "somos conscientes que es uno de los grandes partidos del año y estoy seguro de que el equipo es consciente de la importancia de este partido”, y el devenir de los primeros minutos evidenciaron la certeza del diagnóstico con firmeza. Tras relativizar los primeros intercambios de aciertos salpicados por errores en el atino, todavía inmersos en el proceso de aterrizaje en la dinámica, no contemporizó el Madrid y las primeras fisuras tomaron forma en el electrónico a partir del quinto minuto (12-6).
El guión local buscaba maniatar los puntos potenciales anatómicos visitantes por el cauce del refresco de los automatismos de defensa, intensidad y vértigo que arrodillaron por rebose a Fenerbahce y Bayern de Munich en las jornadas previas. La distancia técnica entre ambos púgiles quedó desnuda sin contemplaciones. El bloque español consiguió cultivar el terreno y ritmo que les son propicios y recoger los frutos de la templanza estadística con prontitud, casi de forma natural. Un 11-0 de parcial, al galope del contragolpe gobernado por Sergio Rodríguez y la inteligencia de Gustavo Ayón -de nuevo reluciente en lo variopinto de su repertorio- manifestó la distancia entre los sistemas y terminó por disparar el resultado hasta brechas superiores a los 10 puntos. La concatenación de series abultadas (17-6 y 22-9) convertían en tangible las sensaciones de rutilante superioridad que había instigado la pulsión competitiva de un Madrid que, en un intervalo de tres minutos, había transformado la tensión por la urgencia de la victoria en el regusto exquisito de saberse dominador y jugar por el homenaje al juego, por enviar un mensaje a aspirantes y para relamerse en la excelencia de la ejecución del modelo que les aupó a la cima del baloncesto continental.
Concluyó el primer cuarto con un rotundo 29-15 completado por la asistencia de Ayón -elemento de ruptura central y distribuidor, con seis asistencias y dos robos- y el triple esquinado de Thompkins. Sin rastro de amenaza ofensiva –los verdugos del resbalón sufrido en la ida, el ex Dallas Mavericks Rodrigue Beaubois y Louis Campbell, permanecían con la producción congelada-, esbozó una reacción colectiva el Estrasburgo, que matizó un sonrojo que coqueteó con los 20 puntos de abertura en el tercer minuto del segundo periodo (33-15). La afinada rotación local auguraba un partido mutado en baño y masaje, con Llull desperezando acierto y preeminencia, y Taylor y Maciulis respondiendo en el rol complementario. Sin embargo, la relajación susurró fantasmas de pasado cercano y los franceses arrancaron un pedazo de tranquilidad merengue al acechar el recorte de la diferencia hasta los 10 puntos. Quemado el ecuador del segundo cuarto, las pérdidas madrileñas penalizaban el extraordinario arranque, quizá como argucia de gestión de esfuerzos comprobado el nivel del oponente en relación con las aptitudes propias. Pero Pablo Laso exigió, voz en grito, la recuperación de la inercia exuberante, sin concesiones a la autocomplacencia. La reacción nacional habría de esperar al tercer cuarto, ya que el descanso sobrevino con un, por otra parte descriptivo, 52-37.
Aceleró las revoluciones el Real Madrid y el Estrasburgo no pudo añadir matiz alguno en la conversación. El rebote, arma que atisba como diferencial el club merengue -que cerró con 35 y 29 defensivos-, permitía a los peones dibujar contragolpes continuos que encontraban opciones abiertas o penetraciones cómodas, con Doncic y Carroll saludando al respetable en pleno divertimento colectivo. Tan sólo concedería el sistema local 13 puntos en el tercer cuarto al visitante descontextualizado. La defensa zonal de Collet alimentó la fractura de su equilibrio, permitiendo a su virtuoso contrincante colocar un 71-49 a falta de dos minutos para el respiro anterior al inicio del cuarto final. El libreto madridista estaba siendo reproducido con afán integrista para desconcierto del conjunto galo, en el que sólo Beaubois asomaría con dignidad atacante -17 puntos, uno de los dos miembros de su vestuario en dobles dígitos- como tímido contrapeso a la bacanal asociativa -que batiría el récord europeo, con 36 asistencias-.
Con 75-50 alzó el telón el último cuarto. La querencia esteticista madrileña, visto el paisaje, tomó la escena hasta el desenlace de un partido vaciado de contenido por la seriedad del equipo local. Hubo espacio para la presentación en sociedad de Ndour, que dibujó esfuerzos anatómicos aplaudidos, y minutos para el fondo de armario. El Chapu Nocioni, sin embargo, no saltaría al parqué de una batalla desigual. La vertiente que convierte los partidos en el antiguo Palacio de los Deportes en una opción más de la oferta de espectáculos que conforman el menú capitalino parece haber recobrado su brío. Seis nombres cerraron el rodillo en dobles dígitos -Maciulis (10), Reyes (12), Rodríguez (14), Taylor (16), Thompkins (12) y Carroll (10)-, remarcando el cariz coral del esfuerzo que destaca, nuevamente, el estado de forma de Gustavo Ayón. Sin permiso para el paroxismo avanza de ronda un Real Madrid que debe, ahora, esperar a conocer su plaza definitiva en el grupo, condicionado al Estrella Roja – Bayern de este viernes. La victoria alemana colocaría a los vigentes campeones en la segunda plaza y el triunfo serbio fijaría el puesto de salida en el cuarto peldaño. Circunstancias éstas secundarias ante el jugo que traduce el transcurso de esta primera fase: el Madrid llega al top-16 en el punto de cocción y crecimiento ajustado a la pulsión competitiva. Sin presión y con una proclama que reclama respeto a través de los últimos tres partidos de monopolio. "Nuestra actitud defensiva ha sido clave para dominar el ritmo de juego y sólo en el segundo cuarto ellos han estado un poco más sueltos", sintetizó Laso para corroborar los síntomas apreciados. "Ofensivamente, aunque no en porcentaje de tiro, ha sido nuestro día más acertado, por movimiento de balón" prosiguió el preparador para ofrecer, antes de abandonar otro día más en la oficina, su visión de lo acontecido desde noviembre, casi un aviso: "Intentamos ser un equipo alegre, entre comillas, y la alegría llega por las victorias. El equipo ha mejorado, ha ido progresando y ha ido a mejor, siendo muy competitivo en el final del grupo. No sé si nos hemos liberado, pero estoy contento porque estamos donde queríamos estar".