Opinión

Aniversario de otras elecciones

TRIBUNA

Juan José Laborda | Viernes 18 de diciembre de 2015

Van a cumplirse 19 años del asesinato de Francisco Tomás y Valiente. Si traigo el recuerdo de su muerte a manos de un miserable, llamado Jon Bienzobas, cuyo alias dentro de la banda etarra era “Karaka”, es porque creo que la desaparición de Tomás y Valiente (14 de febrero de 1996) es un hito simbólico que marca el inicio de una mala época de la política española, y de la cual aún permanecemos enredados.

Dos son los factores que me inducen a señalar el carácter de encrucijada de la fecha de su muerte, encrucijada que, en mi opinión, deberemos desandar: primer factor, la pérdida de una de las inteligencias morales más notables que tuvimos; y segundo factor, el cobarde atentado (Bienzobas le disparó mientras Tomás y Valiente hablaba por teléfono con su colega y amigo, Elías Díaz, en su despacho universitario) se produjo en plena campaña electoral de 1996, cuyo resultado fue que José María Aznar sustituiría a Felipe González en el gobierno de España.

En estas breves líneas no puedo resumir su gran calado intelectual y su ejemplar comportamiento como hombre de Estado, pero sí quiero señalar que su desaparición coincidió con ese cambio del clima político de aquellos años, y a partir de entonces ya no pudimos contar con su penetrante inteligencia detectando las nuevas actitudes morales de la sociedad española. A veces nos ponemos huecos de satisfacción cuando afirmamos que la democracia derrotó a ETA, pero yo siento que el asesinato de Francisco Tomás y Valiente, como el de otros muchos, fue una perdida que nuestra democracia está padeciendo desde entonces, y muchos años después.

Cuando terminó su mandato como presidente del Tribunal Constitucional en 1992, Tomás y Valiente se sintió libre para expresar su pensamiento sobre la actualidad que él observaba como ciudadano independiente de cualquier compromiso partidario. Pero no se elevó a las alturas de los que desdeñan bajar a la arena de las controversias políticas. En sus artículos periodísticos, en sus conferencias, y en los libros que escribió sobre el presente que él vivía, se sirvió de sus conocimientos como historiador y como jurista para advertir críticamente de ciertos nuevos problemas que afectaban al Estado y a la convivencia en España.

Por encima de todo, su repudio de la violencia: “Cada vez que matan a un hombre en la calle (y esto no es una metáfora, como diría el cartero de Neruda), nos matan un poco a cada uno de nosotros.” Este párrafo consta en el artículo que se publicó cuando ya estaba muerto, y sus denuncias contra la barbarie etarra fueron la causa de su asesinato. Sus palabras resonaron y resuenan aunque ya no está con nosotros, pero sabemos que aún se siente el vacío que vino después de que su voz enmudeciera para siempre.

Era una voz crítica con todo lo que degradaba los valores básicos de una democracia como la nuestra. Así, en unos años que después se calificaron como “años de plomo”, Tomás y Valiente advertía de los riesgos de confundir al rival con el enemigo, pues entonces aparece el sectarismo, la demagogia, la crispación ocupa el lugar lógico del debate político, y en suma, la sociedad no alcanza a ver cuáles son los verdaderos problemas y las tareas necesarias para solucionarlos en el futuro.

Tomás y Valiente fue asesinado el 14 de febrero de 1996. Un poco antes, el 20 de enero, ETA secuestra a Ortega Lara. El 28 de enero, Jordi Pujol interviene en la campaña electoral para decir que “los socialistas y los populares son una pandilla de majaderos”. El 6 de febrero, Fernando Múgica, un carismático dirigente socialista vasco, hermano del antiguo ministro de Justicia, Enrique Múgica, cae criminalmente abatido por pistoleros etarras. El juez Garzón interroga, el día 9 de febrero, a Perote, un agente secreto que acusaba al Gobierno de Felipe González con unos documentos que después se supo que los había robado. El 12 de febrero, José María Aznar se niega a debatir con Felipe González porque exige que Julio Anguita, el líder de IU, esté también en el debate. Cuando se convocó una manifestación contra ETA por el asesinato de Tomás y Valiente, Aznar declara que será contra ETA y también contra el Gobierno de Felipe González. El 29 de febrero, el Tribunal Supremo procede contra el juez Estevill, un miembro del Consejo del Poder Judicial que sería condenado después por graves delitos profesionales. El 3 de marzo fueron las elecciones, y José María Aznar formaría después un Gobierno en minoría, apoyado por los nacionalistas vascos y catalanes.

En su libro póstumo “A orillas del Estado”, Tomás y Valiente escribió: “Se ha hecho con frecuencia un uso excesivo de la libertad de expresión, algunos jueces han desentonado, demasiados políticos se han enriquecido vilmente cediendo a las tentaciones de poder y éxito inmediatos, todo eso y más ha sucedido, pero pese a esos y otros males, las instituciones responden y el sistema actúa.

Diez y nueve años después leemos esos párrafos y pensamos que esos males permanecen, incluso son más graves. Con Tomás y Valiente supimos que nuestra Constitución funciona, siempre y cuando se utilice el consenso, y que nos propongamos influir en la política de la Unión Europea.