Opinión

Memorias de un ministro marroquí

Víctor Morales Lezcano | Jueves 05 de junio de 2008
Hace menos de un mes Abdellatif Filali presentaba un libro de su autoría titulado Le Maroc et le Monde Arabe (Paris, Scali, 2008).

Cuenta tenida que su autor fue primer ministro (1994-1998) y ministro de Asuntos Exteriores (1971-1972/ 1985-1999) del reino de Marruecos -amén de figura oficial de peso desde la mitad de los años 60 hasta finales de los 80-, la publicación de esta obra no puede, ni debe, pasar inadvertida entre nosotros.

No faltan razones para proponerlo aquí. Primero, por el cacareado principio de la vecindad que tanto determina las relaciones hispano-marroquíes. En segundo lugar, porque Abdellatif Filali acaba de romper una lanza apostando por la transmisión de recuerdos, trufados con alguna que otra reflexión breve al público lector. Y esta ruptura, créaseme, es novedosa en Marruecos, donde las élites políticas son notoriamente ágrafas. (Sólo en Túnez hay cierta proclividad a plasmar por escrito reminiscencias de los tiempos en que Burghiba era el presidente por antonomasia).

Finalmente, por si no bastara todo lo anterior, la obra ha de ser leída, debido al hecho de que Filali fue embajador de Hassan II en Madrid dos veces (1969-1971) y más tarde entre 1974-1978. Es decir, lo fue durante un lapsus de tiempo muy sobresaliente -y agitado- en las relaciones bilaterales de las dos naciones-puente euro-magrebíes.

A mi juicio, se trata de una contribución menor a la historia exterior de España y Marruecos en torno a cuatro ejes de rotación “clásicos”. Dos de ellos son territoriales: litigio por la transmisión del Sahara occidental entre 1973-1976 y contencioso histórico en torno a Ceuta y Melilla; los otros dos -abordados con detalle en las páginas del libro que se comenta- son la pesca en aguas “procelosas” y el flujo inmigratorio que de sur a norte viene surcando sea las aguas del estrecho de Gibraltar sea las que bañan las costas de Canarias.

En cualquiera de los escenarios, la plataforma territorial predilecta ha solido ser la mauritano-marroquí, y -en los dos o tres últimos años-, la de Senegal en lo concerniente al periplo de los cayucos que arriban a Canarias, cuando la bonanza del océano les alienta a hacer la travesía.

Se pueden compartir, o no, el relato y las apreciaciones fugaces que dispensa Filali a propósito de los cuatro pilares sobre los que reposa el malentendido histórico detectable al sur de Tarifa. Ahora bien, lo que sobresale en la primera parte de su relato es la recurrencia del tema hispano en la pluma del autor. Tanto, o más, incluso, que Francia; principalmente, porque como he apuntado en algunas de mis obras, es partir de 1956-1958 cuando España pasó a ocupar el puesto de bête noire que para Marruecos había sido Francia durante los últimos diez años del Protectorado. A partir del reinado de Mohamed V cambiarían las tornas.

No menos reveladoras son las páginas que el autor consagra a la vecina Argelia, país por el que Filali confiesa aprecio y respeto, pero por cuyo régimen y sucesivos gobiernos, a partir de 1962, no le arrancan ningún aplauso. En cambio, late en las páginas de la obra dedicadas a la milenaria Tunicia, algo más que aprecio (sin llegar nunca a la admiración beata) por los resultados que el burguibismo obtuvo en terrenos demostrativos como han sido la alfabetización y enseñanza, de un lado, y la promoción del status de la mujer, de otro.

El retrato de Hassan II que se desprende de los esbozos parciales que traza Filali, no es hagiográfico, ni tampoco reprobatorio. Prevalece en el ánimo del autor una voluntad de objetivación, sin que ello se consiga del todo. ¿Qué lector no advierte en Le Maroc et le Monde Arabe que está leyendo una obra escrita por un miembro electo -no nato- del Majzen marroquí? A la fecha de hoy, ya contamos con dos testimonios equilibrados tanto sobre la personalidad como sobre la trayectoria del monarca alauí que durante más años ha regido los destinos de nuestro vecino meridional. (El otro testimonio, a propósito, se debe a la pluma del sólido intelectual que es Abdallah Laroui). Habrá que esperar mientras tanto la aparición de una biografía cabal de Hassan II que sepa remontar el vuelo por cima de la apologética o de la inquina apriorísticas. El público lector de Marruecos necesita esa obra biográfica.

Last but not least, Filali hace un recorrido selectivo -y forzosamente superficial- del mundo árabe, del islam, de sus derivas salafíes y, en particular, del drama palestino que “colea” desde 1948. El equilibrio de los juicios y evaluaciones de que hace gala el autor, contrarrestan -sin embargo- la brevedad de los capítulos finales del libro, con Arafat, Nasser, Clinton y Barak, incluidos.

No proporciono al lector de este comentario más interioridades de la obra, prefaciada por Hubert Védrine, que fuera ministro de Asuntos Exteriores de la república francesa (1997-2002).

Y ahora, dos pinceladas personales. Recuerdo vagamente al embajador de Marruecos durante su segunda misión, en el Madrid de la transición, con su aire distante sin ser nunca despectivo; más tarde, cuando se constituyó el Comité Averroes para consolidar intereses y fortalecer allegamientos entre España y Marruecos, también le recuerdo con nitidez en el ministerio de Asuntos Exteriores, aunque trabajado ya por los años, el esfuerzo y la enfermedad.

Abdellatif Filali vive en los alrededores de París con su esposa Anne. Pienso yo que es muy probable que con frecuencia le sobrevengan recuerdos de su infancia, que transcurrió en la singular ciudad de Fez.

Cabe sospechar que su esperanza en una regeneración del mundo árabe palpite todavía con vigor en su percepción del tema.

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