Los Lunes de El Imparcial

Furubayashi Takashi y Kobayashi Hideo: Últimas palabras de Yukio Mishima

ENTREVISTA

Domingo 20 de diciembre de 2015

Traducción de Carlos Rubio López de la Llave. Alianza. Madrid, 2015. 168 páginas. 13,50 €. Libro electrónico: 6,99 €

Por José Pazó



Mishima dejó muchas últimas palabras: las más conocidas, las que pronunció en el asalto al Cuartel General de las Fuerzas de Autodefensa japonesas en 1970. Fue este un discurso ante unos cien soldados, en el que proclamaba el vacío del alma japonesa por la prosperidad económica, y la necesidad de volver a los valores antiguos. Quedó inconcluso tras unos minutos, seguramente por el desinterés de su audiencia. Poco después, se suicidó mediante el ritual seppuku, y su cabeza fue cercenada por sus ayudantes Morita y Koga. Este Mishima es un misterio para el mundo y para los propios japoneses. Un hombre brillante, obviamente traumatizado por una infancia en la que fue un recluso de su abuela Natsuko, quien le transmitió un poso de amargura, orgullo y fragilidad que resultó un cóctel artístico pero claramente autodestructivo.

Sin embargo, Mishima dejó otras últimas palabras en la entrevista que le hizo el crítico literario Furubayashi Takashi pocos días antes de morir, y que forma el eje de este libro. Furubayashi era claramente un hombre inteligente, tendente a las ideas marxistas muy en boga entre los intelectuales japoneses de la época, y un crítico y lector que amaba tanto la escritura de Mishima como detestaba sus ideas políticas. La entrevista, sin embargo, quizá por ser dos japoneses, es un modelo de cortesía y elegancia intelectual. Es sincera y a la vez delicada, indirecta y muy reveladora del momento mental de Mishima, de la antesala a su acto de locura que removió conciencias hasta nuestros días.

En la entrevista, Mishima se muestra radical, descontento, cansado, siempre brillante por su tendencia a caminar por la cuerda floja de las ideas huidizas, por su gusto a forzar la diferenciación individual. Es, a los cuarenta y cinco años, un hombre en declive físico e intelectual temprano, que ha creado un grupo paramilitar, “La sociedad del escudo” y que ha perdido el Premio Nobel en tres ocasiones en las que su nombre ha sonado -al final el primer japonés en lograrlo fue Kawabata en 1968-. Desde un punto de vista ideológico, oscila entre un absolutismo idealizado de la institución imperial, y un relativismo desengañado sobre la belleza física, a la que ha antes sido un adepto entregado. A esto, se une un rechazo absoluto a la nueva, e impuesta por los americanos, democracia japonesa. Es un hombre frágil plagado de conflictos internos, pero siempre brillante en su expresión. Brillante como un fuego artificial, que asciende, silba, se deshace en mil colores y un estruendo, y cae convertido en caña.

Sus ideas sobre la posguerra japonesa son tan interesantes como raras para gran parte del mundo actual: ve la constitución como una humillación, el hombre moderno como un esclavo, el emperador como un recluso al que se le quitado el brillo legítimo, la bonanza económica como una condena, la literatura contemporánea como un producto al servicio de intereses espurios. Y se ve él mismo como alguien cansado y estéril, como un último grito en el vacío. Paradójicamente, su última novela se llamó El mar de la fertilidad, aunque el tema central es la reencarnación.

El libro recoge otra entrevista hecha por Kobayashi Hideo a Mishima siete años antes, en 1963. Esta entrevista, muy diferente, trata sobre la belleza y la obra central de Mishima sobre este tema, El pabellón de oro. En ella Mishima da vueltas alrededor de una idea que no llega a formular explícitamente, pero que le lleva al zen y a Valery: la insatisfacción de la belleza. Y es esta idea, de nuevo, una contradicción irresoluble: la pasión por la forma y la insatisfacción que esta depara.

Mishima, en este interesantísimo libro, se retrata como un hombre polimórfico, profundamente contradictorio pero irremediablemente magnético. Actual e imposible, temido y adorado. Solo un apunte más: vale la pena volver a ver la película de Paul Schrader sobre la vida de Mishima en cuatro capítulos. Porque Mishima, como la lluvia en Madrid, nunca es suficiente.